En que se trata de lo que verá el curioso Lector, si le leyere.
Pues con estos batidores, muñidores, y panegyristas viérades volverse la tortilla á favor de Fr. Gerundio, de manera que toda la Comunidad, á excepcion de algunos pocos hombres sesudos y Religiosos de quatro suelas, se echó sobre el Provincial, para que, supuesta su aversion al estudio Escolástico y su inclinacion al Púlpito, le diesse Dimisorias para ordenarse, y le nombrasse por Predicador Sabatino. Aun assí y todo, costó mucho trabajo doblar la entereza del Reverendíssimo Provincial; pero al fin acabó de rendirle el Socio de su Reverendíssima, que le sabia mejor que otros las escotaduras, bien que no se rindió del todo, hasta que uno de los Padres mas graves y mas maduros del Convento, que queria mucho á Fray Gerundio, pero que contaba mas de lo justo sobre su docilidad, salió por fiador de que se emendaria en el modo de predicar, tomando de su quenta instruírle muy de propósito, en que á lo ménos predicasse con juicio. Pareciéndole al Prelado, que de esta manera asseguraba su conciencia, y debaxo de estas condiciones, consintió en que se ordenasse de Sacerdote, y le hizo Predicador Sabatino de aquel mismo Convento, con aplauso universal.
2. El que lo celebró mas que todos fué el Padre Fray Blas, Predicador mayor de la Casa y el Oráculo en materia de predicar de nuestro Fray Gerundio; porque, aggregado ya á su gremio, y hecho en cierta manera subalterno y dependiente suyo, le tenia como á su mandar, para hacerle enteramente á su mano, y se proponia sacar en él un discípulo, que eternizasse la fama del Maestro, como el tiempo lo acreditó.
3. Receloso de esto aquel Padre grave, que havia salido por fiador de su emienda y se havia ofrecido al Provincial á instruírle, ántes que le acabasse de pervertir el Padre Fray Blas, con el pretexto de ir á recrearse algunos dias á cierta Granja del Convento, le llevó en su compañía, y de propósito se detuvo en la Casa de Campo un mes cumplido, para tener mas tiempo de insinuarle con destreza sus instrucciones, esperando que se le pegarian, por quanto no tenia al lado al Predicador mayor, que era el que principalmente embarazaba prendiesse en él la semilla de la buena doctrina, que le daban; porque con sus disparatadas lecciones, y mucho mas con sus exemplos, todo lo echaba á perder. Llamábase el Maestro Prudencio este Padre grave, y le quadraba bien el nombre, porque era hombre prudente, sabio, mas que regularmente erudito, de genio muy apacible, aunque demasiadamente bondadoso, y por esso fácil á persuadirse á qualquiera cosa, y tambien á ser engañado.
4. La primera tarde, pues, que salieron los dos á passearse por entre una frondosa arboleda, dixo el Maestro Prudencio á Fray Gerundio con llaneza y con cariño: «Con que en fin, amigo Fray Gerundio, ya eres Sacerdote del Altíssimo, y Predicador Sabatino del Convento?» — «Sí, Padre Maestro, respondió Fray Gerundio, gracias á Dios, á la intercession de V. Paternidad, y á la de otras buenas almas.» — «Ya sabes, continuó el Maestro Prudencio, que salí por fiador con nuestro Padre Provincial, de que cumplirias con tu obligacion y de que no nos sonrojarias.» — «De esso pierda cuydado V. Paternidad, respondió Fray Gerundio, que espero en Dios desempeñarle á satisfaccion, y que no se arrepienta de la fianza.» — «Pero, hombre, como ha de ser esso, le replicó el Padre Maestro, si no has estudiado palabra de Philosophía, ni de Theología, ni de Santos Padres, ni de Rhetórica, ni de Eloquencia, y, en fin, de ninguna otra Facultad? y un perfecto Orador, dice Ciceron, nada debe ignorar, porque se le han de ofrecer mil ocasiones de hablar de todo.»
5. — «Ciceron, Padre Maestro, dixo Fray Gerundio, hablaba de aquellos Oradores profanos y Gentiles, que trataban en cosas muy distintas, que nuestros Predicadores.» — «Pues de qué trataban, le preguntó el Padre Maestro?» — «Yo no lo sé, respondió Fray Gerundio, porque no he visto cosa alguna de aquellos Oradores, mas que unas pocas de oraciones del mismo Ciceron, que nos hacia construir el Dómine Zancas-largas; y essas parece que todas se reducian, ó á defender á un acusado, ó á acusar á un reo, ó á excitar los ánimos del Pueblo y de la República á alguna resolucion ó empressa, que fuesse útil para todos; y tambien me acuerdo haver construído una ú otra, que parecia elogio de algun Ciudadano, que havia hecho servicios importantes á la República, ó acciones gloriosas que podian ceder en esplendor y mayor lustre de toda ella.»
6. — «Con efecto, de esso trataban los Oradores Gentiles, replicó el Padre Maestro, y á esso se reducia el fin y la materia de todas sus oraciones, á mejorar las costumbres. Y para esso solo se valian de tres medios, de defender la virtud injustamente acusada y perseguida, de acusar al vicio iniquamente abrigado y defendido, y de elogiar á los virtuosos, proponiéndolos al Pueblo por dechado, y exhortándole á la imitacion. Pues, ves aquí, amigo Fray Gerundio, como por tu misma confession, aunque sin reparar en ello, el mismo fin debe ser el de un Orador Christiano en sus Sermones, que era en sus Oraciones el de un Orador Gentil; y los mismos deben ser los medios. El fin es mejorar las costumbres, y los medios son enamorar de la virtud, representando su hermosura y conveniencias, (y esto se llama defenderlas); ó infundir horror al vicio, pintando con viveza su deformidad y las desdichas aun temporales, que arrastra, (y esto se llama acusarle); ó finalmente elogiar á los Santos y á los hombres virtuosos, proponiéndolos por modelo al Pueblo Christiano, y exhortándole á la imitacion de sus exemplos. De manera que la famosa division de nuestros Sermones en panegýricos y en morales está reducida á esto; y á esto tambien se reducia la division de las Oraciones profanas: con que, si Ciceron pedia en el Orador profano tanto fondo de doctrina, que nada debia ignorar, porque se le havian de ofrecer mil ocasiones de tratar de todo, lo mismo se debe pedir del Orador Christiano. Y consiguientemente, sabiendo yo, que tú eres un pobre ignorante, discurre si me dará cuydado mi fianza.»
7. — «No tiene que dársele á V. Paternidad, replicó Fray Gerundio: lo primero, porque andan por allí muchíssimos, que no saben mas que yo, y son unos espanta-pueblos en essos Púlpitos de Christo; y lo segundo, porque Ciceron no es algun Evangelista ni Padre de la Iglesia, y assí importa un pito, que él pida tanta sabiduría en el Orador.» — «No es Padre de la Iglesia ni Evangelista, respondió el Maestro Prudencio; pero es y se llama con mucha razon el Príncipe de los Oradores, y, como tal, pocos supieron mejor que él lo que es menester saber para persuadir á los hombres á que sean mejores, que es el fin de todo Orador, como ya llevamos dicho.» — «Y para saber persuadir á los hombres á que sean mejores, preguntó Fray Gerundio, es menester saberlo todo?»
8. — «Sí, respondió el Maestro Prudencio, en sentir de Ciceron; ménos algunas curiosidades de Astrología, de Mathemáticas, y de Phýsica, que sirven mas para la diversion que para el aprovechamiento, el Orador debe saber, ó á lo ménos estar mas que medianamente tinturado en todas aquellas facultades, que dicen relacion á las costumbres y á las inclinaciones del hombre. Para combatir unas passiones, y excitar otras, debe estar instruído en la naturaleza de todas, y esto no puede ser sin estar bien informado de su composicion; ve aquí la necessidad de la Philosophía. Para definir, proponer, dividir, probar, y discernir entre sofismas y razones, entre paralogismos y discursos sólidos, es menester la Lógica ó la Dialéctica. Sin un grande conocimiento de las Leyes divinas y humanas, no es fácil distinguir, qué acciones de los hombres son conformes á ellas ó disformes; quales se han de aplaudir, quales se han de condenar: y esto ya ves, que no se puede saber sin tener muy profunda noticia de la Theología Moral, mas que mediana del Derecho Canónico, y una tintura por lo ménos del Derecho Civil. Como las passiones humanas nunca se conocen mejor que por los hechos, y como sola la historia es la que nos da noticia de los passados, conocerá muy mal á los hombres el Orador, que no estuviesse muy versado en la Historia antigua y moderna, Sagrada, Eclesiástica, y Profana.» — «Y quien creerá que hasta la Poesía es muy necessaria al Orador?» — «Pues, lo dicho dicho: ninguno será buen Orador, si no tiene algo y aun mucho de Poeta. No hablo de aquella Poesía, que facilita el modo de hacer versos, esto es, de hablar ó de escribir en determinado número y medida, que esto es cosa muy accidental á la Poesía verdadera: hablo del alma, de la substancia, del espíritu de la misma Poesía, que consiste en la elevacion de los pensamientos, en lo figurado de las expressiones, en la invencion, idéa, y novedad de los discursos; porque, sin esto, como se pueden pintar con viveza los caractéres? como se pueden mover y remover con eficacia los afectos? como se pueden proponer las verdades mas triviales con novedad y con agrado? Y ves aquí por qué dice Ciceron (estas son sus formales palabras), que el Orador debe posseer la sutileza del Lógico, la ciencia del Philósopho, casi la diccion del Poeta, y hasta los movimientos y las acciones del perfecto Actor ó Representante; y has de estar en la inteligencia de que el nombre de Philósopho en la antigüedad no significaba un hombre precisamente versado en aquella ciencia, que ahora llamamos Philosophía; significaba un hombre lleno, un hombre verdaderamente sabio en todas las facultades. El Orador, que no está versado en ellas, aunque tenga buenos talentos, á la legua se le conoce: anda arañando aquí y allí noticias triviales, conceptillos communes para llenar su Sermon, que al cabo sale un descarnado esqueleto, mostrando bien, como dice cierto Ilustríssimo Prelado, que no habla porque está lleno de verdades, sino que anda buscando verdades, porque tiene precision de hablar.»
9. — «Esso seria bueno, replicó Fray Gerundio, si los Predicadores huviessen de predicar de repente; pero, en no admitiendo Sermones sino es con dos ó con tres meses de término, está todo remediado, porque en este tiempo se pueden tomar de las Bibliothecas y de las Polyanthéas quantas especies se quieran de todas las facultades, no solo para llenar, sino para atestar un discurso.» — «Assí saldrá él, respondió el Maestro Prudencio, y no havrá hombre entendido, que no lo conozca. A las mugeres, al populacho, y á aquellos semi-sabidillos, que solamente lo son por lectura de socorro, puede ser que les parezca cosa grande; pero los que tienen buenas narices, al punto perciben el fárrago, la inconexion, el hacinamiento, y la indigestion de las especies, que ninguno tiene peor sabidas, que el mismo que las ostenta con tanto aparato. No hizo mas que trasladarlas del libro al papel, del papel á la memoria, de la memoria á los labios; y, si se las tocan dos dias despues, le cogen tan de repente, como si jamas las huviera decorado. Predicadores jornaleros, que solo trabajan lo que basta para salir del dia. Quien no gasta muchos años en prepararse de antemano, nunca se preparará bien de repente; y al contrario, presto se dispondrá bien para un Sermon particular, el que anticipadamente se halla ya prevenido para todos.»