Undique ad hanc docti, quo doceantur, eunt.
Que traduxo assí un Poeta Castellano:
Aquella por oír un Sabio
Su Corte y su Patria dexa;
Los Sabios dexan las suyas,
Solo por oír á esta.
Pero assí el Papa como la Reyna desistieron de su empeño, por no mortificar al religiosíssimo y zelosíssimo Padre, que, haviéndose dedicado con voto al Apostólico cultivo de los Negros bozales del Brasil, y haciéndose intolerables los aplausos, que le tributaba la Europa, suplicó rendidamente á la Cabeza de la Iglesia y á aquella Sabia Princesa, le permitiessen restituirse á donde le llamaba su espíritu y el de la divina vocacion.»
19. «Assí lo hizo, sin que tampoco fuessen capaces de detenerle en Lisboa las instancias del Rey de Portugal, que quiso fixarle en ella, para tener el consuelo de oírle como Maestro desde el Púlpito y obedecerle como Padre en el Confessionario, fiándole la direccion de su Real conciencia: mas el gran Vieyra, firme en su Apostólica vocacion y superior á todas las fugaces honras, con que le brindaba el mundo, enamorado de sus portentosos talentos, renovó en la Corte del Rey Don Pedro el exemplo, que ciento y treinta años ántes havia dado San Francisco Xavier en la del Rey Don Juan; pues supo representar con tanta eficacia á aquel Monarca, quanto mas y quanto mejor le serviria en el Brasil que en Lisboa, que el Príncipe se dexó persuadir. Nada de esto ignoran los Jesuítas Italianos: pues, quienes pudieron ser aquellos muchos Jesuítas Romanos, á quienes oyó el Barbadiño, que el Padre Vieyra era hombre estimado en Portugal, pero no en Roma? Harto será, que, quando le pareció oír esto, no tuviesse arromadizados los oídos, ó á lo ménos atronados con el sonido de la Tuba magna, de cuyos estruendosos ecos da muestras de gustar mucho en varias partes del Méthodo, pero con mas especialidad en su furiosa Respuesta á las reflexiones de Fray Arsenio de la Piedad.»
20. «Y de passo puedes notar la injusticia, y aun la temeridad, con que el Barbadiño atribuye esta, que él llama falta de artificio rhetórico, y de eloquencia que persuada, al deseo, que el Padre Antonio Vieyra muestra, en casi todos sus Sermones, de agradar al público. Un hombre, que con tanta modestia y con tanto empeño huía los aplausos de la primera Corte del mundo y las honras, con que esta y la de Portugal á competencia le brindaban, por ir á emplear sus raros talentos entre los zafios y tostados Negros del Brasil; qué caso haria de agradar al Público en sus Sermones, sino que fuesse de aquel racional agrado, que debe pretender todo Orador, para que le oygan con gusto, y abra el camino al provecho? porque al fin, aquel agrado y aquel aplauso, que consisten en las obras mas que en las palabras, no es impropio, ántes es muy digno de qualquiera Orador Christiano. San Chrysóstomo, que ciertamente no solicitaba en sus Sermones el aura popular del auditorio, no solo no hacia ascos de este agrado, sino que le pretendia: Plausum illum desidero, quem non dicta, sed facta conficiant.»
21. «No obstante lo dicho, yo convengo de buena gana con el señor Arcediano de Ebora (pues ya sabemos todos que lo es, por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, el llamado Barbadiño), en que no casi todos, sino muchos de los Sermones Panegýricos, y aun tal qual de los Morales del Padre Vieyra, están llenos de pensamientos mas brillantes que sólidos, mas ingeniosos que verdaderos, como tambien de lugares de la Escritura, y de exposiciones trahidas ó aplicadas con mayor agudeza que solidez; y consiguientemente, que sus pruebas deslumbran, pero no persuaden, deleytan, mas no convencen. Tampoco me opondré del todo á lo que añade el Barbadiño, de que tal vez fué aquel, que con su exemplo dió materia á tantas sutilezas, que son las que destruyen la eloquencia: con tal, que no quiera significar por estas palabras, como parece lo da á entender, que el Padre Vieyra fué el que introduxo en el mundo este mal exemplo, siendo el primer inventor de estas sutilezas, que no hacen merced á la Escritura, y hacen añicos la eloquencia.»