23. Mucho sintió este accidente el Maestro Prudencio, porque ya era preciso, que á lo ménos aquella tarde estuviessen juntos el Predicador y Fray Gerundio, y temia, que aquel echasse á perder lo que juzgaba havia adelantado por la mañana. Viendo que ya no tenia otro remedio, propuso en su ánimo no dexarlos ni un instante solos; y, quando estaba trazando el modo de tenerlos entretenidos, el mal Dimoño, que no duerme, dispuso, que en aquel instante viniesse á visitarle el Arcipreste del Partido, que era Cura de un Lugar poco distante de la Granja, y, despues de hechos los primeros cumplidos, dixo, que, con licencia de aquellos Padres, trahia algunos casos que consultar en secreto con su Reverendíssima.
CAPITULO II.
Sálense á passear Fray Blas y Fray Gerundio, y de las ridículas reglas para predicar, que le dió aquel con todos sus cinco sentidos.
Ellos, que no deseaban otra cosa, sin aguardar á mas razones, toman los báculos y los sombreros, y sálense solos al campo, bien resueltos á no volver á la Granja hasta muy entrada la noche. Quiso ante todas cosas el Predicador mayor leer luego á su querido Sabatino el Sermon, que havia de predicar á Santa Orosia, y le llevaba en el pecho, entre el coletillo y la saya del hábito, assegurándole, que era de los Sermones mas á su gusto, que havia compuesto hasta entónces. Pero Fray Gerundio le dixo, que para leer el Sermon ya habria tiempo, y que en aquella tarde tenia mil cosas que decirle, las quales no querria, que se le olvidassen: especialmente que, como la ocasion es calva, era menester cogerla por los cabellos, pues acaso no pillarian otra semejante en mucho tiempo. Espetóle toda la conversacion, que havia tenido por la mañana con el Padre Maestro, lo que le havia dicho acerca de las Facultades, en que debia estar, por lo ménos, medianamente instruído todo buen Orador; la necessaria lectura de los Santos Padres, y, á falta de esta, el modo de suplirla con la leccion atenta de buenos y escogidos Sermonarios; los que determinadamente le havia señalado que eran los de Santo Thomas de Villanueva, Fray Luis de Granada, y el Padre Vieyra; y finalmente las reglas, que, á peticion suya, havia ofrecido darle para predicar bien todo género de Sermones.
2. «Y á tí, qué te pareció de todo lo que te dixo esse Santo viejo?» le preguntó Fray Blas. — «Qué quiere Vm. que me pareciesse? le respondió Fr. Gerundio, que todos los viejos saben á la pez, y que en fin los viejos no dicen mas que vejeces.» — «Ahora bien, le replicó Fray Blas, escusemos de razones, porque contra experiencia no hay razon, y, para que veas quan sin ella habla esse Santo hombre, oye un argumento sencillo, pero convincente. Yo no he estudiado ninguna de essas Facultades, que te dixo eran tan necessarias para ser uno buen Predicador. Yo no he leído de los Santos Padres mas que lo que encuentro de ellos en las lecciones del Breviario, y en los Sermones sueltos, que se me vienen á las manos, ó en los Sermonarios, de que uso. Yo no sé, que haya visto, ni aun por el pergamino, los Sermones de Santo Thomas de Villanueva; por lo que toca á los de Fray Luis de Granada, lléveme el Diablo, si en mi vida he leído ni siquiera un renglon; y solo de Vieyra he leído algunos Sermones, porque me gustan mucho sus agudezas. Siendo esto assí, te pregunto ahora: parécete en Dios y en tu conciencia, que predico yo decentemente?» — «Qué llama decentemente? replicó con viveza Fray Gerundio, yo en mi vida he oído, ni espero oír á otro Predicador semejante.» — «Luego, para predicar bien (concluyó Fray Blas), no es menester nada de esso, que te quiso encajar el antaño de Fray Prudencio.»
3. — «El argumento no tiene respuesta, dixo el candidíssimo Fray Gerundio; y assí desde ahora le doy á Vm. palabra de no hacer caso de todo quanto me diga. Mi Guia, mi Ayo, mi Maestro, y, como dicen, mi Padrino de Púlpito ha de ser Vm.; sus consejos han de ser mis oráculos, sus lecciones mis preceptos, y no me apartaré un punto de lo que Vm. me enseñare. Assí pues, ya que la tarde es larga y la ocasion no puede ser mas á pedir de boca, deme Vm. algunas reglas claras, breves, y perceptibles, de manera que yo las pueda conservar en la memoria, para componer bien todo género de Sermones; porque, aunque muchas veces hemos hablado, ya de este, ya de aquel punto tocante á la materia, pero nunca le hemos tratado seguidamente y, como dicen, por principios.» — «Soy contento, respondió el Predicador, y óyeme con atencion, sin interrumpirme.»
4. «Primera regla: eleccion de Libros. Todo buen Predicador ha de tener en la Celda, ó á lo ménos en la Librería del Convento, los Libros siguientes: Biblia, Concordancias, Polianthéa, ó el Theatrum vitæ humanæ de Beyerlink, Theatro de los Dioses, los Fastos de Másculo, ó el Kalendario Ethnico de Mafejan, la Mythología de Natal Cómite, Aulo Gelio, el Mundo Symbólico de Picinelo; y sobre todo, los Poetas Virgilio, Ovidio, Marcial, Catulo, y Horacio; de Sermonarios no ha menester mas, que el Florilegio Sacro, cuyo Autor ya sabes quien es, porque en esse solo tiene una India.»
5. «Segunda regla.» — «Tenga Vm., le interrumpió Fr. Gerundio; y no será bueno añadir algun Expositor ó Santo Padre?» — «No seas simple, le respondió Fray Blas, para nada son menester. Quando quieras apoyar algun concepto ó pensamientillo tuyo con autoridad de algun Santo Padre, dí que assí lo dixo el Aguila de los Doctores, assí la Boca de Oro, assí el Panal de Milan, assí el Oráculo de Seleucia, y pon en boca de San Agustin, de San Juan Chrysóstomo, de San Ambrosio, ó de San Basilio, lo que te pareciere: lo primero, porque ninguno ha de ir á cotejar la cita; y lo segundo, porque, aunque á los Santos Padres no los huviesse passado por el pensamiento decir lo que tú dices, pudo passarlos. Por lo que toca á los Expositores, no hagas caso de ellos, y expon tú la Escritura como te diere la gana, ó como te viniere mas á quento; porque tanta autoridad tienes tú como ellos para interpretarla. Que Cornelio diga esto, que diga lo otro Barradas, que Maldonado piense assí, ni que el Abulense discurra asá, á tí qué te importa? Cada qual tiene sus dos deditos de frente, como el Señor le ha deparado. Y en fin, porque me hago cargo de que para parecer hombre leído y escriturario es menester citar á muchos Expositores, no te quito, que los cites quando te diere la gana, ántes te aconsejo, que los cites á puñados; pero para citarlos no es necessario leerlos, y haz con ellos lo que te dixe que hiciesses con los Santos Padres. Prohíjales lo que quisieres, teniendo gran cuydado de que el Latin no salga con solecismos; por mí la quenta, si te lo conocieren en la cara. Un solo Expositor te aconsejo, que tengas siempre á la mano: este es el Silveyra, porque es cosa admirable para un apuro; y, si se te antojare probar, que la noche es dia, y que lo blanco es negro, harto será, que no encuentres en él con que apoyarlo.»
6. «Tercera regla. El título ó assunto del Sermon sea siempre de chiste, ó por lo retumbante, ó por lo cómico, ó por lo facultativo, ó por algun retruecanillo. Pondréte algunos exemplares, para que me entiendas mejor. Triunfo amoroso, Sacro Hymenéo, Epithalamio festivo, etc. Sermon que se predicó á la Profession de cierta Religiosa; por señas, que en el primer punto la hizo el Predicador Ciervo, y en el segundo Leon, dos animales, que se registran en el Escudo de su familia. Estos son títulos, estos son assuntos, y esta es inventiva! Si en el blason de la señorita huviera un Hypogrifo, ni mas ni ménos le huviera acomodado el Predicador á su Profession Religiosa, porque los hombres de ingenio son los verdaderos Chýmicos, que de todo sacan preciosidades. Oye otros tres admirables títulos, por términos contrarios. Parentacion dolorosa, Oracion fúnebre, Epicedio triste, en las Exequias de otra Religiosa de grande esfera; y, aunque el Orador no tomó assunto determinado, sino historiar poeticamente la vida de su Excelentíssima Heroína, lo hizo tan conforme á las reglas del arte, que en la frase jamas se apartó de él, en la cadencia apénas la pierde de vista, y tal vez le sigue exactamente hasta en la misma asonancia. Escucha, por Dios, como da principio al cuerpo de la Oracion, y pásmate, si no te quieres calificar de tronco. A Dios, Celeste Choro; á Dios, Lirios Seráficos; á Dios, amadas Hijas; á Dios, Cisnes sagrados. Qué la falta á esta cláusula para ser una perfecta redondilla de romance ordinario, sino haver hecho esdrújulo el último pié del postrer verso, como lo pudo hacer fácilmente el Reverendíssimo Orador, diciendo: á Dios, Cisnes extáticos? En verdad que nada le costaria, como nada le costó la otra perfectíssima redondilla de romance, que se sigue pocos renglones mas abaxo. Querida Esposa, á qué aguardas? Bella muger, á qué esperas? Sal de essa caduca vida, y ven á lograr la eterna.»