Hoc de Cæsareis mihi vindemia cellis

Misit, Iulæo quæ sibi monte placet.

Al tercero con este requiebro:

Hæc Fundana tulit felix autumnus opimi,

Expressit mulsum Consul, et ipse bibit.

9. En fin, á ningun trago dexó sin su dedicatoria latina; y consta por buenos papeles, que en solo aquella cena brindó veinte veces, y esto sin perjuicio de la cabeza, que la tenia á prueba de jarro, por haverse criado en Campazas con la mejor leche del Páramo y de Cámpos. No se puede ponderar lo aturdido, que estaba el bueno del Predicador al oír chorrear tanto latinorio á su amigo y queridito; pues, aunque lo mas de ello se le passaba por alto, y allá se iba por el ánima mas sola, con todo esso se le caía la baba, viéndole lucir tan á taco tendido, protestando, que, si bien siempre havia hecho alto concepto de su ingenio, nunca creyó, que llegasse á tanto, por no haver concurrido con él en otra funcion semejante. No sabia como diantres havia podido meter en la cabeza tanta multitud de versos, y sobre todo se assombraba de aquella oportunidad, con que los aplicaba; siendo assí, que el desdichado Fray Gerundio no esperaba mas oportunidad para encajar sus versos, que la de oír ó ver alguna cosa, de la qual se hiciesse mencion, en los que tenia hacinados en su burral memoria, usando de la erudicion profana puramente por la assonancia, ni mas ni ménos como havia usado de la Sagrada en la chistosa Salutacion, que havia predicado en el Refectorio. Pero, como el buen Fray Blas tampoco entendia de otras propiedades para el uso y para la aplicacion de sus textos, no distinguia de colores, y lo que le sonaba le sonaba, confirmándose en el dictámen de que mozo como aquel no le havia pillado la Orden en dos Siglos.

10. Creció su admiracion, quando, sirviéndose á la mesa una cazuela de liebre guisada, oyó á Fr. Gerundio prorrumpir en esta definitiva sentencia:

Inter aves turdus, si quid, me judice, certet;

Inter quadrupedes, gloria prima lepus.

No entendió el Predicador mas que á media-rienda y assí en bosquejo lo que queria decir, aunque ya le dió al corazon, poco mas ó ménos, qual seria el pensamiento, quando notó, que diciendo y haciendo se echaba Fray Gerundio en su plato casi la mitad de la cazuela. Pero el Padre Maestro, que comprehendió muy bien toda el alma del concepto, dixo con su apacibilidad acostumbrada: «Hombre, esso de que, en tu dictámen, entre las aves no hay plato mas regalado que el tordo, ni entre los animales que la liebre, prueba bien, que el mismo gusto tienes en el paladar que en el entendimiento, y que el mismo voto puedes dar acerca de una mesa que acerca de un Sermon. Yo siempre oí, que el tordo era extraordinario de Frayle, y la liebre plato de Cofradía.» — «Y quien le ha dicho á V. Paternidad, replicó Fray Gerundio, que en las Cofradías no sirven muy buenos platos, y que á los Frayles no les dan extraordinarios muy delicados?» — «Substanciales sí, respondió el Maestro Prudencio, pero delicados no.»