13. «Sobre la zurra, que le da todo un Colegio de Padres Aprobantes del tercer tomo, tambien he oído variedad de opiniones. Convienen todos en que la correccion fraterna está discreta, bien parlada, y con mucha sal, sin que la falte su granito de pimienta; pero, como los Autores de ella son de la misma estameña que el Autor del Theatro, algunos desearan que esta comission se la huvieran encargado á otro de diferente paño, en quien caeria mejor. Dicen, que esto de salir á la defensa de uno de su ropa, solo porque no se le alaba, no suena bien: otra cosa seria, si positivamente se le huviera injuriado sin razon, que entónces á ningunos tocaba mas immediatamente sacar la cara por él, que á los de Casa. Pero este reparo me parece poco justo, y aun poco reflexionado; porque aquellos Padres Maestros no impugnan directamente al Censor, porque no alaba al Autor del Theatro, sino porque censura á los que le alaban á él, y á todos los demas Autores; con que no tanto es defensa del Autor como de los Censores, y en esta todo el mundo tiene derecho á meterse, con especialidad aquellos, á quienes se les ha encomendado este oficio.»
14. «Algunos maliciosos aun se adelantan á mas: paréceles á ellos, que ven una gran diferencia de estilo en lo restante de la Aprobacion, y en el párrafo en que se censura al Censor de los Censores: con esta aprehension se les figura por otra parte, que el estilo de este párrafo es muy parecido al nobilíssimo, perspicuo, y elegante, que gasta el Autor del Theatro. Y qué quieren inferir de aquí? Lo que se está cayendo de su peso, que este parrafillo le dictó el mismo Autor, pues se hallaba dentro de casa; y, sin explicarse mas, hacen un gesto, y tuercen el hocico. Pero esta me parece demasiada temeridad y sobrada delicadeza. Conocer en pocos renglones añadidos á otros muchos la diversidad de estilo, es para pocos ó para ninguno, sin exponerse á juzgar erradamente, salvo que aquella sea tan visible, que luego salte á los ojos; pues claro está, que, si en un Sermon del Padre Vieyra se mezclaran solos quatro renglones del Autor del Florilegio, un topo veria al instante la diferencia, y aun la disonancia; mas no estamos en el caso. El estilo de los Aprobantes no es tan dessemejante del Autor del Theatro, que diste infinito de él. Fuera de que á los buenos Escritores nunca los puede faltar un buen estilo, dice Quintiliano: Bonos nunquam honestus sermo deficiet; y, assí como no es impossible, sino muy regular, que uno dé en el mismo pensamiento que otro, assí tampoco lo es, que le explique de una misma manera. Mas supongamos, que el párrafo en question sea del mismo Autor del Theatro: quid inde? No veo en ella cosa, que me disuene, porque en él nada se le elogia, y ántes se me representa un rasgo de su moderacion y de su prudencia. Finjamos por un poco (y es una cosa bien natural), que los Reverendíssimos Aprobantes huviessen dexado correr la pluma en este punto con algun mayor calor y libertad de lo que pedia la materia. Demos por supuesto, (y no es ménos natural que lo primero,) que confiassen al Autor su censura, para que la viesse ántes que se estampasse. Como la leyó á sangre fria, notó que estaba un poco acalorada, y tomó de su quenta templarla, dictando un párrafo, en que se dice lo que basta, y en realidad á ninguno saca sangre. Esto es lo que yo concibo que pudo ser; pero, si fué otra cosa, todo ello importa un bledo.»
15. «En lo que no convengo, ni convendré jamas, es en que las Censuras de los libros, especialmente las que se hacen de oficio, esto es, por comission de Tribunal legítimo, se conviertan en Panegýricos; y perdónenme los Reverendíssimos Censores del Censor de todos ellos, que no me hace fuerza la razon, con que intentan defender la práctica contraria. Dicen, que el Panegýrico, que se introduce en la Censura, siendo el mérito del Autor sobresaliente, es deuda; siendo mediano, urbanidad; y, solo siendo ninguno, será adulacion. Yo diria, con licencia de sus Reverendíssimas, que el Panegýrico que se introduce en la Censura, aunque el Autor le merezca, siempre es impertinente; y, si no le merece, no solo es una adulacion indigna, sino una mentira, un engaño sumamente perjudicial al progresso de las Ciencias, al honor de toda la Nacion, y á la utilidad comun. Al Censor solamente le mandan, que diga sencillamente su parecer sobre el mérito de la obra, aprobándola ó desaprobándola, sin que se detenga en alabar al Autor, sino que sea indirectamente por aquel elogio, que necessariamente le resulta, de que se apruebe su produccion; con que, pararse muy de propósito á hacer un gran Panegýrico del Autor, aunque sea el de mayor mérito, sin dexar epítheto que no le aplique, renombre con que no le proclame, ni erudicion que no ostente el Aprobante para exornar su encomio, no solo no es deuda, sino una obra muy de supererogacion.»
16. «Ya se entiende, que hablo solamente de aquellos largos panegýricos, que de propósito se introducen en las Censuras, adornados de todo género de erudicion, los quales son los que únicamente se pueden llamar Panegýricos. Y de estos digo, que, aunque los Autores los tengan muy merecidos, son fuera del assunto en las Aprobaciones, digámoslo assí, judiciales; y en este sentido, á mi ver, habló tambien el Censor de los Censores. Pero aquellos elogios, que resultan del breve y sencillo juicio, que se forma del mérito de la obra, como de su utilidad, de su inventiva, de su solidez, de su buen estilo, etc., estos, assí como no merecen el nombre de panegýricos, assí tampoco deben condenarse en los Censores, ántes apénas pueden cumplir con su oficio, sin que digan algo de esto; y en este sentido convengo tambien, en que los elogios pueden ser deuda, y pueden ser urbanidad.»
17. «Pero, quien ha de tener paciencia para sufrir otros diferentes rumbos, que siguen los Aprobantes? Todos, ó casi todos, son panegyristas, y de estos ya he dicho bastante. Algunos añaden á este oficio el de Glossadores, ó Addicionadores de la obra que aprueban; otros se meten á Apologistas del assunto, especialmente si este es de materia crítica, ó de algun punto contencioso: quando la obra es apologética, las Aprobaciones por lo comun se reducen á una apología de la misma apología, y aprobacion bien larga he visto yo, que, sin tocar en la substancia de la obra hasta el último párrafo, gasta el Aprobante muchas hojas en alabar la Patria del Autor, la nobleza de su orígen, las glorias de su Religion, y de todo esto infiere, que el libro es una cosa grande, y que no puede contener ápice ni punto, que se oponga á los dogmas de la Fé ni á la mas severa disciplina. Digo, y vuelvo á decir, que todas estas me parecen unas grandíssimas impertinencias, dignas de ser desterradas de nuestra Nacion, como lo están de casi todas las demas del mundo, cuyos Censores se ciñen precisamente á lo que se les manda, diciendo en breves y graves palabras su dictámen, y dexando á los Lectores, que hagan de la Obra y del Autor todos los panegýricos, que se les antojaren.»
18. Muy enfrascado estaba el Maestro Prudencio en la conversacion, quando advirtió que Fray Gerundio se havia quedado dormido en la silla como un cepo, y que el Predicador bostezaba mucho, cayéndosele los párpados, de manera que cada instante necessitaba apuntalarlos. Hízose cargo de la razon, y dispertando á Fray Gerundio, no sin mucha dificultad, se fueron todos á la cama, quedando despedido el Predicador Fray Blas desde la noche, porque pensaba madrugar mucho el dia siguiente, para marchar á Jacarilla, en compañía de su Mayordomo el Tio Bastian, que para entónces ya le suponian perfectamente convalecido del accidente, que le havia acometido de sobre-comida ó sobre-bebida.
CAPITULO V.
Estrena Fray Gerundio el oficio de Predicador Sabatino con una Plática de Disciplinantes.
Aún no bien havia amanecido el dia siguiente, quando llegó un Mozo del Convento con una Carta del Prelado, en que mandaba á Fray Gerundio, que quanto ántes se retirasse, porque le hacia saber, que la Villa havia votado una Procession de Rogativa por el agua, de que estaban necessitados los campos, en la qual havia determinado salir la Cofradía de la Cruz, y que era menester disponerse para predicar la Plática de Disciplinantes. Mucho se holgó nuestro Predicador Sabatino con esta noticia, por quanto estaba ya rebentando por darse á conocer en el público, y se le hacian siglos los dias, que tardaba una funcion. Pero fué tan desgraciado, que, media hora ántes que llegasse el Propio, havia partido para Jacarilla su grande amigo Fray Blas, y esto no dexó de contristarle algun tanto, porque le podia dar alguna idéa, ó algunas reglas propias de su buen gusto, para disponer aquella especie de funcion, de la qual nunca havian tratado en particular: y, siendo la primera, le importaba mucho salir de ella con el mayor lucimiento. Ya se le ofreció consultar el punto con el Maestro Prudencio, pero dixo allá para consigo: «Este viejo me dirá alguna de las que acostumbra; aconsejaráme, que encaje á los Cofrades un trozo de mision, que diga, como las calamidades públicas siempre son castigo de los pecados públicos y secretos, que lo confirme con exemplos de la Sagrada Escritura y de la Historia profana, de los quales me contará un rimero de ellos, porque el viejo sabe mas que Merlin; prevendráme, que despues me dexe naturalmente caer sobre la necessidad de aplacar á la Divina Justicia por medio de la penitencia, porque no hay otro; y por fin y postre querrá, que los espete, que de este único medio se valió el mismo Jesu-Christo, derramando toda su Sangre por nuestros pecados, para satisfacer á su Eterno Padre y aplacar la justa indignacion contra todo el linage humano; y, al llegar aquí, querrá que me afervorice y que los exhorte á despedazar primero su corazon, y despues sus espaldas, no con espíritu de vanidad, sino con espíritu de compuncion. Esta retahila me encajará el Padre Maestro, como si la oyera, y me querrá persuadir, que á esto, y no á otra cosa, se debe reducir este género de Pláticas; pero á otro perro con esse huesso. Cierto, que quedaria yo bien lucido, en la primera funcion en que me estreno de puertas á fuera, con predicar como pudiera un carcuezo, y con decir lo que diria qualquiera vieja. Yo me guardaré de preguntarle nada á su Paternidad, y compondré mi Plática como Dios me diere á entender, sin ayuda de vecinos.»