28. — «No es nada lo del ojo, y llevábale en la mano, le replicó el Oficial. Ahí es un grano de anis las Fabulillas con que V. Paternidad nos ha regalado para compungirnos. La de Saturno vale un millon; la de Bacco se debe engastar en oro; lo de Júpiter Amon y Pasqual Carnero, con aquel retoquecillo del Cordero Pasqual, no hay preciosidades con que compararlo; y en fin, todo aquel passage de los Penitentes Americanos con enaguas, ramales, y pelotillas; los Dioses en cuyo obsequio hacian las penitencias, con sus pelos y señales; el motivo de ellas, y hasta la oportunidad de los meses en que las hacian, todo es un conjunto de divinidades; y V. Paternidad, aunque tan mocito, puede ser Predicador en Gefe, ó á lo ménos mandar un destacamento de Predicadores, que, si son como V. Paternidad, pueden acometer en sus mismas trincheras á la melancolía, y no solo desalojarla de su campo, sino desterrarla del mundo.» Y sin decir mas, ni dar tiempo á Fray Gerundio á que replicasse, le hizo una reverencia y se salió de la Sacristía.
CAPITULO VI.
Donde se refiere la variedad de los juicios humanos, y se confirma con el exemplo de nuestro famoso Predicador Sabatino, que no hay fatuidad, que no tenga sus protectores.
Assí se despidió el bellacon del Capitan del bueno de Fray Gerundio, haviendo echado un jarro de agua á todas las complacencias, con que se hallaba el Santo Varon por los vítores y aplausos de la Iglesia, y dexándole triste, desconsolado, y pensativo. Pero, como en esta vida ni los gustos ni los disgustos son muy duraderos, el que le causó la satyrilla viva y desenfadada del señor Oficial, le duró poco; porque apénas subió de la Sacristía á la Celda, quando se le entró en ella toda la mosquetería del Convento, es decir la gazapina de Colegiales, Choristas, Legos, y gente moza. Como este, por lo comun, es uno de los vulgos mas atolondrados del mundo, y por lo mismo uno de los mas perjudiciales, no es ponderable el porrazo, que dió á casi todos la tal Plática; porque, no distinguiendo de colores, y governándose solo por el boato y por el sonsonete, á los mas les pareció un milagro del ingenio.
2. Entraron, pues, de tropel en la Celda de Fray Gerundio, con tal zambra, gresca, y algazara, que parecia venirse á tierra el Convento; y, como todos havian sido sus Condiscípulos, siendo, con corta diferencia, de una misma edad, aunque él era ya Sacerdote y Predicador, no acertaban á mirarle con respeto, con que dexaron correr las expressiones de su gozo con toda la libertad de una familiaríssima llaneza. Unos le abrazaban, otros le vitoreaban; estos le hablaban por un lado, aquellos por el otro; algunos le tiraban por el Hábito y por las mangas, para que les contextasse, y no faltaron otros, que le levantaban en el ayre, aclamándole ya por el mayor Predicador, que tenia la Orden; tanto que uno, que era segundo Vicario de Choro, exclamó con voz gruesa y corpulenta: Hasta ahora creía yo, que en el mundo no havia otro Fray Blas; pero bien puede aprender otro oficio, porque todo quanto predica, aunque tan exquisito, tan conceptuoso, y tan raro, es bazofia respecto de lo que hoy hemos oído á Fray Gerundio. A un Lego anciano, sencillo, y bondadoso, que havia sido refitolero mas de quarenta años, y le estaba mirando de hito en hito, se le caían las lágrimas de puro gozo y ternura. El despensero le dixo, que tenia á su disposicion todo el vino de la Despensa, porque á quien tanto honraba el Santo Hábito, era razon que todo se le franqueasse; el Cocinero se le ofreció muy de veras á su servicio; y hasta el Procurador, que no suele ser gente muy bizarra, le regaló desde luego in voce con dos barriles de sardinas escavechadas, y esto sin perjuicio de regalarle con otros dos de otras, quando las tuviesse, en prendas de su amor y complacencia.
3. Déxase á la consideracion del pio y curioso Lector quanta seria la de nuestro Fray Gerundio al oírse alabar con tantas aclamaciones, por quanto no era hombre insensible á sus aplausos, ni tampoco era de parecer, como el otro Orador afilosophado, que el grito de la muchedumbre inducia fuertes sospechas de grandes desaciertos.
4. Pero ves aquí, que, quando la gente del chilindron estaba en lo mejor de su trisca, y el bendito Fray Gerundio mas engolfado en sus glorias, entraron en su celda el Prelado, el Maestro Fray Prudencio, y los demas Padres graves á darle la que llaman la acenoria, esto es, la enhorabuena de la funcion, como loablemente se estila en todas las Religiones. Al punto cessó la algazara de los mozos, y cada qual se compuso lo mejor que pudo, metiendo las manos debaxo del Escapulario, y arrimándose hácia las paredes con los ojos baxos y con reverente silencio. El Prelado se contentó con decirle, que descansasse, y haviéndose detenido un breve rato, sin hablar mas palabra, se retiró luego: de los demas Maestros, unos solo hicieron el ademan de baxar un poco la cabeza, murmullando entre dientes una especie de enhorabuena estrujada, que no se entendia; otros se la dieron con palabras claras, pero tan equívocas, que algun malicioso podia interpretarlas con poca benignidad, como el que le dixo: Fray Gerundio, cosa grande! por el término no la he oído mayor, ni espero oírla igual, sino que sea á tí. Dos ó tres de ellos, que eran algo encogidos, y un si es no es taciturnos, solamente le dixeron: Dios te lo pague, Fray Gerundio, que lo has trabajado mucho; y el bueno del Fraylecito quedó muy solazado, pareciéndole que era lo mismo trabajarlo mucho, que trabajarlo bien.
5. A todo esto callaba el Maestro Prudencio, sin hacer mas que mirarle de quando en quando con unos ojos entre compasivos y severos; mas, luego que se retiraron los otros Padres Maestros, viendo que los Colegiales amagaban hacer lo mismo, los dixo: «Esténse quietos, que ahora tengo yo que platicar á nuestro Padre platicante, y mi plática tambien puede ser provechosa para ellos.» Sentóse en una silla, hizo á Fray Gerundio, que se sentasse en otra, y, volviéndose hácia él, le habló de esta manera:
6. «Fray Gerundio, has perdido el juicio? Estabas en él quando compusiste una sarta de tanto disparate, y quando tuviste valor para predicarla? Es esto lo que me ofreciste al despedirte de mí en la Granja, diciéndome, que perdiesse cuidado, que por esta vez pensabas, que havias de acertar á darme gusto? Pues qué? piensas que podia yo gustar del mayor texido de locuras y de despropósitos, que he oído en los dias de mi vida, sino que le exceda ó le compita la desatinada Salutacion del Sermon de Santa Ana. Y esto en una funcion de suyo tan seria, tan tierna, tan dolorosa, en que todo debiera respirar compuncion, lágrimas, gemidos, y penitencia! Estoy por decir, que, quando no se huviera cometido otro pecado que el de tu Plática, él solo merecia que nos castigasse Dios con el terrible azote de la sequedad y de la esterilidad, que padecemos. Pero no me atrevo á decir tanto, porque conozco, que no pecas de malicia, sino de ignorancia ó de innocencia.»