29. Fray Gerundio no se paró en esso, y es sumamente verosímil que ni siquiera tuviera noticia de ello. Dando por indisputable la opinion vulgar, (que acaso tendria él por artículo de fé,) de que el buen Ladron se havia llamado Dimas, tomó por assunto que el buen Ladron havia sido el Dí-ménos de todos los Ladrones, y el Dí-mas de todos los Santos. Probólo ingeniosamente, assegurando que, miéntras el mal Ladron estaba vomitando blasfemias contra Jesu-Christo, el bueno le procuraba contener, diciéndole: Dí-ménos, Dí-ménos. Y quando, despues que expiró el Salvador, los mismos que le havian crucificado se volvian á Jerusalem, hiriéndose los pechos y aclamándole por verdadero Hijo de Dios, el buen Ladron animaba á cada uno de ellos, diciéndole: Dí-mas, Dí-mas. Miéntras el mal Ladron juraba y perjuraba contra el Escrivano que le havia hecho la causa, tratándole de tan ladron y tan homicida como él, procuraba sossegarle el buen Ladron, diciéndole: Dí-ménos, Dí-ménos. Quando Longinos abrió los ojos del cuerpo y del alma, y confessó al Salvador á quien havia abierto el costado, el buen Ladron le alentaba con estas palabras: Dí-mas, Dí-mas.
30. Exornó despues este delicadíssimo pensamiento con un passo rhetórico, sin duda alguna ingenioso, enérgico y oportuno. Hacinó una buena porcion de elogios, que hacen del buen Ladron assí los Santos Padres como los sagrados Expositores, y esto le costó poco trabajo, porque en solos Silveira y Baeza encontró una decente provision para llenar muchos sermones. Hizo una especie de apóstrophe, hablando con cada uno de aquellos Autores como si los tuviera presentes, y preguntaba, verbi-gracia, á San Agustin: «Ea, qué dices del buen Ladron, Sol Africano, Phénix único de la Arabia feliz? Dum patitur, credit. — Dí-mas. — Non ante crucem Domini sectator, sed in cruce confessor. — Dí-mas. — Inter martyres computatur, qui suo sanguine baptizatur.» — «Y tú, purpurado Bethlemítico, Máximo entre los quatro Maestros generales de la universal Iglesia, Gerónimo divino! qué dices de nuestro Dímas? — Latro credit in cruce et statim meretur audire: Hodie mecum eris in Paradiso. — Dí-mas. — Latro crucem mutat Paradiso et facit homicidii pœnam martyrium. — Dí-mas. Pero qué mas ha de decir? Diga esto mismo con poética elegancia la mitrada Musa de Viena (ya sabe el docto que hablo de Avito, Obispo Vienense):
Sicque reus, scelerum dum digna piacula pendit,
Martyrium de morte rapit.»
CAPITULO IV Y ULTIMO.
Interrúmpese la obra por el mas extraño sucesso que acaeció al Autor, y de que quizá no se encontrará exemplar en los annales.
1. Aquí llegaba dichosamente la pluma, volando con gustosa rapidez por la region de la Historia, en alas, á nuestro modo de entender, de la verdad mas acendrada; aquí corria la narracion sin tropiezo por el dilatado campo de la vida de nuestro Héroe, faltando por lo ménos la mitad para llegar al término de su espaciosa carrera; aquí comenzábamos (por decirlo assí) á tender las velas de nuestra navegacion, desviándonos de la tierra para engolfarnos en el mar alto de las mas famosas proezas pulpitables de nuestro nunca bastantemente aplaudido Fray Gerundio; aquí, aquí era donde lográbamos los documentos mas copiosos, las mas preciosas memorias, y los instrumentos no solo mas abundantes, sino tambien (á nuestro parecer) los mas puntuales, los mas exactos y los mas fidedignos, para divertir, entretener, embelesar y (en quanto nos fuesse possible) instruir sin especial trabajo nuestro á los Lectores, quando el sucesso mas extraño, el acaecimiento mas singular, y el mas exótico, triste, melanchólico, funesto y cypresino accidente, que podia caber en la humana imaginacion, nos obligó á cortar los vuelos á la pluma, á parar el cavallo en medio de la carrera, á echar las áncoras al principio de la navegacion, y, en una palabra, ó á levantar la mano de la tabla, arrinconándola para siempre, ó por lo ménos á suspender el pincel hasta ver lo que producen las nuevas diligencias que estamos haciendo, en cumplimiento de nuestro empeño y de nuestra obligacion.
2. Bien conocemos, que estarán ya nuestros amados Lectores con una ansiosa impaciencia por saber el triste fatal sucesso, que ocasionó esta desgracia. Tengan por Dios un poco de flema y déxennos respirar, haciéndose cargo de que no somos de bronce. La memoria solo nos conturba, los ojos se arrasan, la voz se corta, el pecho se cierra, la garganta se añuda, y hasta la pluma misma parece que no quiere dar tinta. Ya hemos tomado un poco de huelgo: allá va pues lo que nos sucedió.
3. En varias partes de esta, que nos parecia fidelíssima Historia, hemos advertido, que para formarla fuimos recogiendo una prodigiosa multitud de manuscritos, documentos, memorias, instrumentos que creíamos originales, papeles, cartas, inscripciones, medallas, y en fin todo aquello que juzgábamos conducente para conseguir las mas puntuales noticias históricas, genealógicas, geográficas, críticas y exóticas, las quales sirviessen de verdaderos materiales á nuestra obra, sin dexarnos á nosotros mas trabajo que la diligencia de recogerlas y el esmero de ordenarlas, dándolas digeridas en aquel estilo que considerássemos mas proprio de una Historia de este charácter. Quantos archivos revolvimos! Quantos becerros, tumbos, chronicones, libros de Cofradía, notas de espolios monásticos y otros documentos de este jaez registramos, lo dexamos á la consideracion del Lector erudito y discreto, el qual solo podrá dar su justa estimacion á este trabajo tan deslucido como necessario.