29. «No se puede negar, que assí la metáphora como la alegoría, usadas con oportunidad y con moderacion, dan mucha gala al estilo, le ennoblecen y le elevan; pero, quien podrá tolerar una oracion ó un libro entero escrito todo él en este estilo? Solo el gusto góthico, que estragó todas las ciencias y las artes, pudo hallar gracia en esta frialdad, y solamente aquellos, que llamaban el hierro[5] de Ciceron á la divina eloquencia de este hombre incomparable, podian reputar por oro su asquerosíssima basura.»
30. «Donde hay cosa mas ridícula que la alegoría, con que Enodio alaba la descripcion que hizo del mar un amigo suyo en cierta obra? Dum salum quæris verbis in statione compositis, et incerta liquentis elementi placida oratione describis; dum sermonum cymbam inter loquelæ scopulos Rector diligens frenas et cursum artificem fabricatus trutinator expendis; pelagus oculis meis, quod aquarum simulabas eloquiis, demonstrasti. Quiere decir: Quando intentas pintar el salobre charco con palabras escogidas á mano, como flores; quando pretendes descrivir con plácida oracion assí las inconstancias como los inquietos rumbos del líquido elemento; quando goviernas diestro Piloto la navecilla de las voces entre los escollos de la facundia y con mano maestra de artífice perito examinas, balancéas y equilibras el peso de las expressiones, no representaste á mis ojos el piélago de aguas, que dissimulabas, sino el oceano de eloquencia, que no pretendias.»
«Solo puede competir con esta insulsez la carta, que un Estudiante escrivió á su Padre para darle á entender lo mucho que havia aprovechado en la rhetórica, y sobre todo lo bien que sabia seguir una alegoría. La carta decia assí»:
31. «Orígen y Señor mio: Derivándose de Vm., como de su manancial inagotable, este corto arroyuelo de mi vida, que hoy serpentéa líquido por estos dilatados campos de Villagarcía, es de mi obligacion poner en noticia de Vm., como ya es muy delgado el hilo de su corriente, porque los rayos de el sol, que nos abrasó en Carnestolendas, elevaron hácia arriba tantos vapores, que apénas le han dexado caudal para humedecer la hierva. Por tanto, si Vm. no quiere que el arroyuelo se seque, socórrale con raudales, ya sea por arcaduces de lino (las alforjas), ya por conductos de pieles embetunadas (botas ó pellejos). A mi Señora elucubradora (la madre que le dió á luz), que esta su menor antorcha se pone á la obediencia de sus rayos. B. l. m. de Vm. su phénix Varon (era el único hijo con dos hermanas), el Precursor sin hiel (llamábase Juan Palomo). Habria hombros en la naturaleza, que pudiessen con un libro ó con un sermon en este estilo? y á los de Atlante, que pudieron con el Cielo, no les brumaria una cosa tan pesada?»
32. Hasta aquí el papel de Apuntamientos, con que tropezó Fray Gerundio, que leyó de verbo ad verbum, sin perder sýlaba ni coma; y apénas acabó de leerle, quando se quedó suspenso por un rato: cerró los ojos, sentó el codo derecho sobre el brazo de la silla, reclinó la cabeza sobre la mano, teniendo en la izquierda el papel que havia leído. Estuvo un buen espacio de tiempo pensativo, y al cabo levántase con ímpetu de la silla, coge el papel entre las dos manos, hácele dos mil pedazos, arrójale con indignacion por la ventana, y, dando dos paséos por la celda, acompañados de media dozena de patadas, exclamó diciendo: «Válgate el Diantre por papel y por el grandíssimo impertinente que te fabricó; que me haveis rebuelto los sesos! Es impossible que el Autor no fuesse el hombre mas prolixo y el mas indigesto, que ha nacido de mugeres. Pues qué, para hablar uno como Dios le ayudare, ha menester tantas ceremonias? Y, si este Autorcillo avinagrado tiene por viciosos todos los estilos que acaba de nombrar, donde hallará uno que no sea pecador? A el magnífico le llama hinchado; á el culto, remedador ó caco-qué sé yo? á el figurado, frio; á el tierno, florido y delicioso, pueril; á el vehemente, parenthyrso ó paren-Diablo; al arreglado, escolástico; al rumboso, poético; y al alusivo, metaphórico ó alegórico: pues, en qué estilo hemos de hablar y escrivir? Váyase, vuelvo á decir, con quatrocientas mil pipas de Dem... (y díxolo redondo, porque no era escrupuloso), que yo escriviré y hablaré en el que me diere la gana; y, pues el que he usado hasta aquí ha merecido tantos aplausos, aténgome á él, y no á lo que dice este Apuntador descontentadizo y malhablado.»
33. Con efecto, en un santiamen dispuso el sermon, sin apartarse un punto de su estilo estrambótico, ni desamparar sus queridas frases estraphalarias. Para fecundar bien la imaginacion ó la fantasía en ellas, leyó un par de sermones de su riquíssimo thesoro el Florilegio sacro, y aún para mayor abundamiento volvió á recorrer cierto sermon impresso de otro Autor, que le havian prestado en una oracion para que le leyesse, y á él le cayó tan en gracia, pareciéndole un milagro de eloquencia, que no paró hasta que su dueño le hizo entera y absoluta donacion de él inter vivos, transfiriéndole su dominio y omnímoda propriedad.
34. Este sermon se intitulaba: Triumpho amoroso, Sacro Hymenéo, Epithalamio festivo, mirífico Desposorio, que con el Cordero Eucharístico celebró en su profession solemne la Madre Sor... etc., compuesto por el R. P. Fr... etc. El título solo de la pieza le encantó, y le arrebató las potencias y sentidos. Reparó, que la dedicatoria y aprobaciones ocupaban tanto como el sermon; porque en materia de hojas estaban tantas á tantas, y de contado esto le hizo formar un concepto superior del mérito de la obra, pues á cada palabra de ella correspondia otra en elogio suyo. Comenzó á leerla, y juzgó que no se havia engañado en su concepto, porque quedó como extático de admiracion y de assombro al encontrarse con las primeras cláusulas de la salutacion, que decian assí ni mas ni ménos:
35. «O el amor está de bodas, ó yo no entiendo al amor. Qué invencion! Qué sacro enigma! Dulce divino Cupido! Sol de Justicia amoroso! Qué labyrintho de luces dissimula en gloria tanta esse disfraz de mysterios!» — Es cierto, que el estilo no le pareció tan elevado como el de el Florilegio, porque en realidad las voces son regulares y de estas que se usan en tierra de Christianos; pero, qué importa? si en cambio aquella perfecta cadencia de verso lýrico es un dulcíssimo encanto? Sobre todo aquel arranque: O el amor está de bodas, ó yo no entiendo al amor, le pareció á nuestro sabatino que no havia oro para pagarle, y él por lo ménos daria alguno, porque se le ofreciesse alguna cosa parecida, para dar principio á su sermon. No dexó de ofrecérsele que la tal entradilla: O el amor está de bodas, ó yo no entiendo al amor, parecia un poco mas retozona de lo que á Religiosos conviene, y que acaso algun bufon del auditorio diria (allá para su coleto): «Cuerno en el Frayle, y qué respingon que sale! Cierto que perderia mucho la Iglesia de Dios en que su Paternidad no entendiesse ni de bodas ni de amor! ántes creo que nada ganará, si entiende mucho S. Rma. de la materia.» Digo, que todo esto le passó por el pensamiento á Fray Gerundio, pero lo despreció con una noble libertad de espíritu, por dos importantíssimas razones. La primera porque, si los Predicadores huvieran de hacer caso de truhanes y bellacos, ahorcarian el oficio, pues apénas podrian decir cosa, que no la torciessen y la maliciassen. La segunda porque, si no dissonó aquel arranque en un Predicador de profession mucho mas austero y de hábito mucho mas penitente que el suyo, con la circunstancia de estar cubierto de canas y cargado de años y empléos en la Religion, mucho ménos dissonaria en él por las razones contrarias.
36. Desembarazado tan felizmente de este reparillo y persuadido á que no era possible abrir el sermon con cláusula mas ayrosa, comenzó á batallar en su imaginacion con una multitud de cláusulas, que de tropel se le ofrecieron, todas parecidas á ella, sin saber qual havia de elegir, porque cada una le parecia la mejor. Asseguró despues á un confidente, por cuya deposicion lo supimos, (pues sin algo de esto ó sin que él lo dexasse anotado en alguna parte, como era possible que llegasse hasta nosotros la noticia de lo que le havia passado por el pensamiento?) asseguró (vuelvo á decir) á un confidente suyo, que entre las cláusulas semejantes á la primera del Epithalamio festivo, que á borbotones se le vinieron al pensamiento, las que mas le dieron que hacer, porque le agradaron mas, fueron las siguientes.
37. O hay Sacramento en Campazas, ó no hay en la Iglesia fé. Esta le pareció una invencion milagrosa para captar desde luego una suspension extática. O Jesu-Christo está allí, ó yo no sé donde estoy. Tambien juzgó, que este principio estaba lleno de una exquisita novedad. O aquel es cuerpo de Christo, ó no hay en los naypes ley. Mucho le agradó este ofrecimiento, porque, sobre ser el mas popular de todos, aquello de cotejar la existencia de Christo en el Sacramento con la ley de los naypes, se le figuró una valentía de ingenio jamás oída ni vista. En esta última tenia razon, y, como no fuesse una blasphemia heretical, vamos claros que era un pensamiento singularíssimo. O aquel no es vino ni es pan, ó soy un borracho yo. Aún esta cláusula le agradaba mas que todas, si no fuera por la palabra borracho, que le pareció demasiadamente llana; y, aunque ya se le ofreció, que ebrio y beodo significaban lo mismo con alguna mayor decencia, pero, sobre que no ajustaba tan bien el pié del verso, creyó, que en quitando la palabra borracho se le quitaba á la cláusula toda la gracia.