25. Como quiera que el Templo fuesse, ancho ó estrecho, largo ó breve, esso no era de cuenta de nuestro Predicador, porque ni á él le tocaba hacerle mas capaz, ni la estrechez de la Iglesia podia perjudicar un punto la magnificencia del sermon, siendo ya cosa acreditada repetidas veces por la misma experiencia, que en la Iglesia mas sumptuosa de la Christiandad se puede predicar un sermon malo, y en una desdichada ermita ó humilladero rural se puede predicar un excelente sermon. Lo que hace á nuestro intento y á la immortal gloria de nuestro Fray Gerundio, es que la Iglesia de Campazas, tal qual Dios se la deparó, estaba toda de bote en bote y que, aunque cayesse (por comparacion) de las mismas nubes un alfiler, lo que es al pavimento no podia llegar, porque ó se quedaria en el tejado de la misma Iglesia, como es lo mas natural, ó, caso de meterse por alguna rendija, boqueron ó gotera, tropezaria en las cabezas del auditorio, y allí ó en el vestido pararia sin duda, hasta que la Iglesia se fuesse desocupando.

26. Pero ya es tiempo de que volvamos á nuestro Fray Gerundio, que le tenemos incomodado y puesto de rodillas por mas tiempo del que se acostumbra, no sin grande impaciencia suya por tanta detencion, especialmente quando estaba reventando, assí por salir de su cuidado como por desplegar las velas del discurso, navegando viento en popa por el mar de su mayor lucimiento.

27. Levantóse pues con bizarríssimo denuedo, volvió á hacerse cargo de todo el auditorio con grave y magestuoso despejo, tremoló successivamente sus dos pañuelos, primero el de color, con que se sonó en seco, y despues el blanco, que passó por la cara ad pompam et ostentationem; entonó su Alabado con voz gutural y hueca; persignóse espurriendo bien la mano derecha y teniendo con la izquierda la parte anterior de lo que se llama muceta en la capilla; propuso el texto sumisa, pero sonoramente, y dió principio á su sermon de esta manera. Pero, salvo el mejor y mas acertado parecer de nuestros lectores, á nosotros nos parecia mas conveniente hacer capítulo aparte, porque el presente harto será que no sea ya muy prolixo.


CAPITULO IV.

Expónense á la admiracion algunas cláusulas del Sermon de Fray Gerundio.

1. Duró por mucho tiempo en nuestra indecision la grave duda de si copiaríamos á la letra todo el sermon de nuestro famoso Predicador, ó nos contentaríamos con escoger algunas cláusulas entre aquellas, que á nuestra limitada comprehension se representaban como las mas sobresalientes, para que el discreto lector por la parte viniesse en cabal conocimiento del todo; no de otra manera que una sola uña bien dibujada en el lienzo da á conocer la magestuosa ferocidad del Monarcha coronado de la selva, y una sola linea, que corrió al desgaire por el campo de la tabla, hace presente á los ojos penetrantes la diestra mano, que dió milagroso impulso á la delicadeza del pincel.

2. Por una parte nos hacia lastimosa compassion, y aún en cierto modo nos parecia especie de usurpacion injusta y hurto literario, defraudar al público aún de la mas mínima palabra que se huviesse desprendido de la boca de nuestro divino Orador, siendo cierto que hasta las que se salian de ella á escusas de su advertencia merecian engastarse en diamantes, para que compitiesse su duracion con la permanencia de los siglos. Por otra se nos representaba que, como no todos los lectores son tan inteligentes, ni tan pacíficos, ni de tan buena condicion como nosotros los quisiéramos, qué sabíamos si quizá nos depararia nuestra mala suerte algunos de ellos tan cetrinos, tan indigestos y de gusto tan estragado, que diessen al Diantre nuestra Historia, viendo interrumpido el hilo de la narracion con prolixos trassuntos de los partos intelectuales de nuestro Heroe? Y acaso no faltaria alguno tan atrevido, que nos echasse á los hocicos que, aún quando los referidos partos fuessen tan preciosos como á nosotros nos los figuraba nuestra passion, era impertinencia empedrar de ellos la Historia, por quanto al Historiador toca hacer fiel relacion de los hechos y proezas de su Heroe, pero no una impertinente coleccion de sus obras; porque de otra manera, si los que escrivieron las vidas de los quatro santos Doctores de la Iglesia y de tantos Escritores venerables, emprehendiessen insertar en ellas todas las producciones de sus plumas, no dexarian de hacerse un si es no es molestos y pesados.

3. Confessamos de buena fé que esta última razon nos hizo un poquito de fuerza, y assí, dexando al cuidado de otra mas feliz pluma que la nuestra el empeño y la gloria de enriquecer al orbe literario con una coleccion de los incomparables sermones de nuestro Fray Gerundio, ilustrándolos con glosas, notas y escolios, (en cuyo glorioso afan tenemos entendido, que trabaja una Academia de ingenios del primer órden,) nosotros nos contentaremos con extractar tales quales rasgos de aquellos, que salieren al encuentro de la narracion y nos parecieren necessarios para facilitar á los lectores la mejor inteligencia de los hechos. Fué pues la primera cláusula del sermon, que predicó en Campazas Fray Gerundio, la que se sigue:

4.[13] «Si es verdad lo que dice el Espíritu Santo por boca de Jesu-Christo, — ay, infelice de mí! — que voy á precipitarme, — ó es preciso confundirme. — El Oráculo pronuncia que ninguno fué en su patria — Predicador ni Propheta: — Nemo Propheta in Patria sua: — pues, como atrevido yo — presumí este dia ser — Predicador en la mia? — Pero tenéos, Señores, — que tambien para mi aliento — leo en las Sagradas Letras — que no á todos hace fuerza — la verdad del Evangelio: — Non omnes obediunt Evangelio: — y qué sabemos si es esta — alguna de aquellas muchas — que, como siente el Philósopho, — se dicen solo ad terrorem