14. «Sabes de donde nace este disparatado modo de discurrir, y essas proposiciones, parte heréticas, parte absurdas y parte malsonantes, que echas á borbotones? Pues, no es otro el principio sino el lastimoso desprecio que hiciste de la dialéctica, de la philosophía y de la theología, persuadido neciamente á que no las havias menester para ser gran Predicador. Ya estoy informado de lo que trabajaron tus Prelados y otros hombres sabios y zelosos por desvanecerte este grossero error de la cabeza, y tambien lo estoy de que todo fué inútilmente. No presumo tanto de mis fuerzas, que me lisongée de poder conseguir lo que ellos no lograron, y mas quando, separado ya de los estudios, parece fuera de sazon la doctrina que voy á darte. No obstante, por no quedar con esse remordimiento y porque puede ser te haga mas fuerza lo que te dice un Tio tuyo, que te ama de corazon y que está ó debe estar tan práctico en la materia como yo, (porque al fin no tengo otro oficio en mi Santa Iglesia,) te expondré con toda la brevedad y con toda la claridad que me sea possible, no ya mi dictámen particular, sino el universal de todos quantos enseñan á formar un perfecto Orador, pues, si fuere tan feliz que te hagan fuerza mis razones, aunque hayas dexado de ser discípulo de los Lectores en el aula, puedes serlo de los libros en la celda.»

15. «Ciceron dice, que es impossible haya perfecto Orador sin que sea perfecto dialéctico, añadiendo que sin dialéctica conoció á muchos loquaces, á muchos habladores, pero á ningun eloquente: disertos se vidisse multos, eloquentem omnino neminem; y él mismo afirma de sí que, si es que llegó á ser Orador, no aprendió este oficio en las escuelas de los Rhetóricos, sino en las Academias ó Universidades de los Philósophos: fateor me Oratorem, si modo sim aut quicumque sim, non ex Rhetorum officinis, sed ex Academiæ spatiis extitisse. Demósthenes, Quintiliano, Longino y todos los demas Maestros de la Oratoria convienen en el mismo principio: la razon de él salta á los ojos; porque, siendo todo el fin del Orador convencer, persuadir y mover, no puede convencer sin discurrir bien, y no puede discurrir bien si ignora el arte de hacerlo con acierto; aquel que enseña á discernir lo brillante de lo sólido, lo real de lo aparente, lo superficial de lo profundo, lo probable de lo cierto, y el sophisma de la demonstracion. Tal es la verdadera dialéctica.»

16. «Otra hay, no solo inútil, sino perniciosa á todo buen Orador; pero mucho mas al Orador christiano y evangélico. Esta es aquella dialéctica, eterna disputadora de todo, quisquillosa, bachillera, sophística y cavilosa, como la llama Quintiliano: dialectica cavillatrix;[20] aquella que hace gala de sutilizar, de refinar, de methaphysiquear sobre todos los assuntos; aquella que se evapora en sutilezas, se exhala en pensamientos volátiles, y se quiebra ó se confunde en su misma delicadeza; aquella que se complace en representar lo falso como verdadero, en dar cuerpo á la sombra, y realidad á la apariencia; aquella que hace profession de vender oropel por oro, sophismas por evidencias, y trampantojos por demonstraciones; aquella, en fin, que desquartiza, que hace gigote el objeto que toma entre manos, en lugar de dividirle para aclararle ó para comprenderle. Esta dialéctica no solo es indigna de un Orador, sino de un hombre de bien, porque solo puede conducir para alucinar, mas no para encontrar la verdad, ni mucho ménos para persuadirla.»

17. «La dialéctica no solo conveniente, sino absolutamente necessaria á todo buen Orador, es aquella sútil á la verdad, pero viva y penetrante, que discierne con seguridad lo verdadero de lo falso, distinguiendo con precision y con exactitud lo que es proprio del assunto y lo que es forastero á él; aquella que reconoce con toda claridad las partes que constituyen el todo, y sabe distribuirlas, ordenarlas y disponerlas con la union, órden y méthodo que deben observar entre sí; aquella que divide con destreza la materia, pero sin hacerla añicos, ni desmenuzarla en partes tan delicadas que apénas las percibe la vista mas perspicaz; aquella que va siempre derecha á su objeto y á su fin, sin perderle jamas de vista, ni divertirse á episodios ó digressiones extrañas, que hacen olvidar el objeto principal, cansando la atencion hasta llenarla de fastidio; aquella que da al discurso una justa libertad, sin violentarle ni oprimirle, y, desviando de las expressiones todo sentido equívoco ú obscuro, las dexa imprimir en el entendimiento una idéa clara, limpia y precisa de lo que quieren decir; aquella que dispone con tan bello órden y con tanta naturalidad todas las proposiciones del discurso, que parezcan como nacidas unas de otras, y, subiendo insensiblemente á los primeros principios, deduce de ellos unas consequencias necessarias, naturales y evidentes; aquella que descarta siempre toda prueba que no sea concluyente é invencible; aquella, en fin, que sabe unir todo el discurso como en un solo punto, para que haga mas viva y mas pronta impression en el ánimo de el que le oye, porque de una sola ojeada le entiende, le comprende, le penetra.»

18. «Esta es la dialéctica necessaria á todo buen Orador; esta es aquella ciencia de los Philósophos, sin la qual, dice Ciceron, es impossible que un hombre sea verdaderamente eloquente; porque sin ella, como ha de discernir en las cosas el género de la especie? como ha de acertar á explicarlas ni á definirlas? como ha de distinguir lo falso de lo verdadero? como ha de inferir las consequencias legítimas, evitar las contradicciones, cautelarse contra los equívocos y desembarazarse de las ambigüedades? Como es possible que sin ella sepa hablar con peso y con penetracion de las obligaciones de la vida civil, de la virtud, de las costumbres, etc.?»

19. «A vista de esto, qué quieres que diga de tí y de otros Predicadores ó, por mejor decir, de otros cómicos, representantes, charlatanes y habladores, tan ignorantes como tú, que hacen un sumo desprecio del estudio de la philosophía, (comprendida en el nombre de la dialéctica,) teniendo por tiempo perdido el que se empléa en aprenderla, por juzgarla absolutamente inútil para la oratoria, y que como tal debe abandonarse á las cavilaciones y á las disputas de la escuela? Cabezas desahuciadas, entendimientos infelices, ingenios atolondrados, que presumen caminar seguros sin luz en medio de las tinieblas, no advirtiendo que por precision han de dar tantos tropiezos como passos, faltándoles aquella arte á quien el mayor Orador del mundo llamó la máxima entre todas las artes, porque ella es la luz que dissipa la confusion y la obscuridad de todas las demas: Hic (Servius) attulit hanc artem omnium maximam, quasi lumen ad ea, quæ ab aliis confuse dicebantur. — Dialecticam mihi videris dicere. — Recte, inquam, intelligis.»

20. «Pero, si la dialéctica es de una indispensable necessidad para la oratoria christiana, no lo es ménos la sagrada theología. Y si no, dime, qué cosa es ser Theólogo? Es ser un hombre, cuya profession le enseña á hablar bien y con propriedad de Dios y de sus atributos, exponiendo las verdades de la Religion, explicando sus mysterios, y distinguiendo las verdades reveladas de las opinables, con bastante instruccion para combatir los errores, discernir la naturaleza de las virtudes, y penetrar assí la naturaleza como la diferencia de los vicios; es ser un hombre muy versado en la Sagrada Escritura y en la inteligencia de su verdadero y legítimo sentido, para sacar de aquel fondo inagotable pruebas eficaces y vigorosas que confirmen lo que dice; un hombre noticioso de la antigüedad, informado de la Historia eclesiástica, bien instruído en Padres y en Concilios. Esto es ser Theólogo. Y ser Predicador, que será? Es ser todo esto y algo mas; porque es poseer todas essas noticias y, sobre ellas, destreza para usarlas, eloquencia para persuadirlas y talento para representarlas. De donde se infiere concluyentemente, que puede uno ser gran Theólogo sin ser gran Predicador, pero es impossible que sea gran Predicador sin ser gran Theólogo.»

21. «Y si á esto se añade la grande diferencia de theatros en que uno y otro han de exercer su profession, y la suma distancia de el modo con que entrambos la exercitan, es preciso quedes convencido de que el Predicador ha de ser mas Theólogo que el Theólogo mismo. Y si no, dime: en qué theatro ó en qué auditorio tiene que enseñar el Theólogo las verdades de la Religion? En una aula reducida y á un puñado de discípulos, por lo comun despejados, jóvenes, instruídos ya en otras facultades, libres de toda preocupacion, y no solo sin embarazo, pero con positiva disposicion para abrazar las verdades en que se les quiere imbuir, oyendo á sus Maestros como oráculos. Y qual es el theatro y el auditorio del Predicador? O un templo muy capaz, ó tal vez las plazas y los campos cubiertos de una immensa multitud, que se compone de todo género de gentes, de niños, de viejos, de hombres, de mugeres, de sabios, de ignorantes, de rudos, de ingeniosos, de dóciles, de duros, y en fin, por lo general preocupados casi todos contra lo que el Predicador los intenta persuadir. Para qual de los auditorios se necessitará mas caudal de sabiduría y mas abundancia de doctrina?»

22. «Junta á esto el diversíssimo modo con que deben enseñar el Predicador y el Theólogo: á este le basta hacerlo de una manera abstrahida, seca y poco inteligible, ó inteligible solo á unos entendimientos cultivados y hechos ya á comprehender otras verdades sútiles, delicadas y metaphýsicas, inaccessibles á los mas, y accessibles para pocos. Pero el Predicador debe enseñar de un modo claro, perspicaz, inteligible á todo el mundo, proporcionado á las idéas comunes, de manera que igualmente le comprehenda el plebeyo que el noble, el rústico que el cultivado, el rudo que el capaz, el ignorante que el sabio; proponiéndolo de suerte que al incrédulo le convenza, al dissoluto le aterre, al obstinado le ablande, y, en fin, á todos los persuada y los mueva. Para esto, claro está que es indispensablemente necessario que el Predicador tenga en cierto modo un conocimiento casi intuitivo de las verdades y de los mysterios de la Religion, esto es, que los comprehenda todo quanto es possible comprehenderlos en esta vida; que en fuerza de su profunda meditacion los domine y sea dueño absoluto de manejarlos á su voluntad, para proponerlos de mil formas, figuras y maneras. Y qué Predicador sabrá hacer esto, si no es mas Theólogo que el Theólogo mismo? Y quien merecerá el nombre de Predicador, si no sabe hacerlo?»

23. «Mereceránle aquellos Predicadores que, quando tienen que predicar de algun mysterio, como del Sacramento, de la Trinidad, de la venida del Espíritu Santo, su mayor cuidado es huir de él, por no engolfarse en aquel abysmo, dexar el mysterio á un lado, y contentarse con proponer algun punto moral, unas veces deducido naturalmente de la meditacion del mismo mysterio, pero las mas arrastrado y como trahido por fuerza? Bueno es lo primero, mas no basta, ni cumple con su obligacion el Predicador, el qual debe al auditorio la explicacion de nuestros mysterios, no atada ni seca ni descarnada, ni mucho ménos que sepa á escuela y á cartapacio; sino libre, jugosa, llena de fuego, con aquella buena disposicion que pide el púlpito y la oratoria.»