Corta el hilo y la cólera al Magistral un Huésped no esperado, pieza muy divertida, que á tal punto se apeó en casa de Anton Zotes.

1. Al tercer del zeloso y encendido Magistral, quiso Dios y la buena fortuna del bendito Fray Gerundio, (el qual estaba ya tamañito, viendo al Tio que lo tomaba en un tono tan alto y tan desengañado,) que entró por la puerta del corral y se apeó en el zaguan de la casa, con mucho estrépito de caballos, relinchos, lacayo, ayuda de cámara y acompañamiento, un huésped repentino, que ni se esperaba ni podia pensarse en él. Era cierto caballerete jóven, asaz bien apuesto, de bastante desembarazo, vecino de una ciudad no distante de Campazas, que havia estado en la Corte largo tiempo en seguimiento de un pleito de entidad, para el qual le havia favorecido el Magistral (aunque no le conocia,) con varias cartas de recomendacion que le havian servido mucho; y, noticioso por una casualidad de que su protector se hallaba en aquel lugar, torció el camino real, y á costa de un corto rodéo, le pareció razon, y aún obligacion precisa, ir á dar las gracias á quien tanto le havia favorecido.

2. Llamábase Don Cárlos[22] el sugeto de nuestra Historia, y, como por una parte no era del todo lerdo, y por otra havia estado tan despacio en Madrid, frequentando tocadores, calentando sitiales, assistiendo al patio de los Consejos, dexándose ver en los arrabales del Palacio, y no dexando de tener introduccion en algunas covachuelas, se le havia pegado furiosamente el aire de la gran moda. Hacia la cortesía á la francesa, hablaba el español del mismo modo, afectando los rodéos, los francesismos, y hasta el mismo tono, dialecto ó retintin con que le hablan los de aquella nacion. Se le havian hecho familiares sus frases, sus locuciones y sus modos de explicarse, ya por haverlas oído frequentemente en las conversaciones de la Corte, ya por haverlas observado aún en los sermones de aquellos famosos Predicadores, que á la sazon daban la ley y con razon eran mas celebrados en ella, ya por haverlas bebido en los mismos libros franceses, que construía ó entendia medianamente, y ya tambien por haverlas aprendido en las obras de los malos Traductores, de que por nuestros pecados hay tanta epidemia en estos desgraciados tiempos; en fin, nuestro Don Cárlos parecia un Monsieur hecho y derecho y, por lo que tocaba á él, de buena gana trocaria por un Monsieur todos los Dones y Turuleques del mundo; tanto que hasta los dones del Espíritu Santo le sonarian mejor, y acaso los solicitaria con mayor empeño, si se llamaran monsieures.

3. Luego que se apeó y fué recivido de Anton Zotes con aquel agasajo y cariño, que llevaba de suyo su natural bondad, le preguntó Don Cárlos si estaba en aquel village y en aquella casa Monsieur el Theologal de Leon. — «Sí, Señoria,» le respondió el Tio Anton, dándole desde luego el tratamiento que á su parecer correspondia á un hombre que trahia lacayo y repostero; porque, aunque no entendió lo que significaba Monsieur ni Theologal, pero bien conoció que sin duda aquel extrangero preguntaba por su primo. — «Monsieur el Theologal, añadió Don Cárlos, es uno de mis mayores amigos, y, aunque no he tenido el honor de conocerlo, estoy reconocido á su gran bondad hasta el excesso. Suplico á vuestra Merced, que se tome la pena de conducirme ante todas cosas á su cámara, retrete ó apartamiento.»

4. El bonazo del Tio Anton, que jamas havia oído hablar aquella gerigonza, como entendió cosa de cámara y retrete, qué pensó? Que á aquel pobre Cavallero se le ofrecia alguna urgencia natural de las que dan pocas treguas, y queria desembarazarse de ella ántes de ver al Magistral; y assí con grandíssimo candor le conduxo á un quarto estrecho y obscuro, cuya puerta falsa daba á la alcoba donde dormia su primo, y le dixo en voz sumisa: «Entre ahí su Usía, y á man derecha hallará lo que tiene de menester; porque ahí está la cámara de mi primo el Canónigo.» Avergonzóse un poco Don Cárlos; pero, como era mozo de despejo, volvió luego en sí y dixo al Tio Anton: «Bien se conoce que el huésped es un gruesso burgés y un miserable paisano; por ahora no he menester estos utensilios: lo que digo es que me conduzga al quarto ó á la sala del Señor Magistral.» — «Ah! esso es otra cosa, respondió el boníssimo de Anton; si su Usía se huviera expricado ansina desde luego, ya le huviera entrado en ella sin arrudéos.»

5. Metióle en la sala donde estaba el Magistral con los demas que diximos en el capítulo antecedente, y entró en ella al mismo tiempo que llegaba al tercer de su fogosa repassata, como lo dexó notado el manuscrito antiguo que se guarda en el archivo de los Zotes y tuvimos presente para sacar estas individualidades y menudencias de todos los lances sucedidos en esta ocasion en Campazas. Luego que vió el Magistral delante de sí á un Cavallero de tanto respeto, se levantó de la silla apresuradamente, y, quando le iba á hablar con la debida urbanidad, Don Cárlos le atajó diciéndole: «Señor Magistral, no se dé vuestra Merced la pena de incomodarse; yo me he tomado la libertad de entrar en esta casa á la francesa: esta es la gran moda, porque las maneras libres de esta nacion han desterrado de la nuestra aquellos aires de servidumbre y de esclavitudinage que, constriñéndonos la libertad, no nos hacian honor. Yo soy furiosamente francés, aunque nacido en el seno del Reino de Leon. Yo tengo el honor de venir á presentar á vuestra Merced mis respetos y mis agradecimientos. Yo soy Don Cárlos Osorio, á quien vuestra Merced tuvo la bondad de favorecer tanto con sus cartas de recomendacion, que seria yo el mas ingrato de todos los hombres, si no publicara altamente que á ellas es á quien debo la dicha de haver tenido la felicidad de haver ganado mi processo. Yo, Monsieur,...»

6. El Magistral, hombre ramplon, Castellano macizo, Leonés de quatro suelas, y que, aunque estaba mas que medianamente versado en la lengua francesa, haciéndola toda la justicia que se merece, era muy amante de la suya propria, bien persuadido á que maldita la cosa necessita las agenas, teniendo dentro de sí misma quanto ha menester para la copia, para la propriedad, para la hermosura y para la elegancia: el Magistral, vuelvo á decir, se empalagó mucho desde el primer período, y desde luego le huviera atajado con desprecio, á no contenerle el respeto debido al nacimiento de Don Cárlos y la urbanidad con que era razon tratar á un hombre, que venia á buscarle por puro reconocimiento. No obstante resolvió divertirse un poco á su costa con el mayor dissimulo que pudiesse, procurando templar la burla sin descomponer la atencion, y assí le dixo: «Yo, Señor Don Cárlos, no soy Monsieur ni nunca lo he sido, venerando de tal manera á los que lo son, que, sin envidiarles este tratamiento, por desconocido en España, me contento con el que tuvieron mis padres y mis abuelos, y mas quando no he menester ser Monsieur para ser muy servidor de vuestra Merced con todas veras.»

7. — «Essos, Señor Magistral, son prejuícios de la educacion, y hace lástima que un hombre de las luces de vuestra Merced se acomode á los sentimientos del baxo pueblo. Hoy los entendimientos de primer órden se han desnudado dichosamente de essas preocupaciones, y hallan mas gracia en un Monsieur que en un Don ó en un Señor, que en las naciones cultivadas se aplica á un marchante ó á qualquiera gruesso burgés; y no me negará vuestra Merced que un Monsieur le Margne, un Monsieur Boona suena mejor que un Don Fulano Mañer ó un Don Citano Noboa

8. — «Como esso de sonar mejor, replicó el Magistral, es cosa respectiva á los oídos, y ha havido hombre á quien sonaba mejor el relincho de un cavallo que la cíthara de Orpheo, no me empeñaré en negarlo ni en concederlo; solo asseguro á vuestra Merced, que á mí, como buen Español, nada me suena tan bien como lo que está recivido en nuestra lengua, y esto con ser assí que no soy del todo peregrino en las extrangeras.»

9. — «Ha! Señor Magistral, y qué domage es que un hombre de las luces de vuestra Merced se halle tan prevenido de los prejuícios nacionales!»