21. «Pero, qué importa ni qué nos empece este puñado de gente melancólica y descontentadiza, quando tenemos á nuestro favor la mayor, la mas sana y la mas discreta parte de nuestra península, desde oriente á poniente y desde el septentrion á mediodía? Nuestras son todas quantas Cofradías levantan varas ó enarbolan estandartes en el continente español, desde los Pirinéos hasta la embocadura de el Tajo, y desde Finisterre hasta las Algeziras. Nuestros son todos los Mayordomos de estos ilustres cuerpos, que se exhalan por buscarnos y se empobrecen por enriquecernos. Nuestros son los formidables gremios de Zapateros, Curtidores, Sastres, Barraganeros, Mercaderes, Escrivanos, Procuradores, y hasta en el respetable gremio de los Abogados no nos faltan innumerables parciales. Nuestra es la muchedumbre de las Ciudades, el Concejo de las Villas, el total de las Aldéas, la mosquetería de las Universidades, la juventud de los Claustros, y aún en la misma ancianidad podemos contar amigos, auxiliares y defensores.»
22. «Dígalo, si no, aquel famoso campeon y aquel valiente Paladin, que á los sesenta y mas años de su edad, y á los veinte y mas de Predicador veterano, exercitados muchos de ellos en el mayor theatro de España, salió tan denodadamente á nuestra defensa. Havia predicado á la moderna en una de las funciones mas famosas de la Corte cierto Orador, Cathedrático á la sazon en una célebre Universidad, y, aunque no de muchos años, estaba reputado por gran Theólogo, por insigne Predicador, por ingenio conocido y, en fin, por hombre verdaderamente sabio, mas que regularmente instruído en las divinas y en las humanas letras (quédese esta opinion en su lugar, que yo no soy amigo de quitar á nadie la buena ó mala que Dios le deparare). En fin, él predicó un sermon que logró exquisito aplauso de todos los anti-veteranos: assunto grave, pruebas macizas, mucho de esto que se llama eloquencia, pocos textos, citas por alambique, reflexiones morales en abundancia, Escritura desleída, Evangelio, y á ello nada de chistes, y lo mismo de circunstancias. Imprimióse la oracion, y aprobóla con grandes campanillas cierto Clérigo de autoridad,[25] que ha dado la gente en la manía de que es el Gallo de Predicadores y que como tal puede y debe cantar en toda España, como si dixéramos en su propio muladar. Mas hay hombres de tan mal gusto, que no dudan decir que este Gallo, respecto de nuestra oratoria evangélica, á la qual suponian sepultada en una obscuríssima noche, es el precursor del dia, el despertador del sol, el que derrite las densas tinieblas que se havian apoderado de nuestro polo pulpital, el que dissipa las patrullas de los Predicadores arlequines, saltimbanquis, ligeros y matachines, que divertian á la gente en vez de instruírla, y empeoraban las costumbres en lugar de enmendarlas; aplícanle sin mas ni mas aquel par de estrophas de cierto hymno:
A nocte noctem segregans
Præco diei jam sonat
Jubarque solis evocat.
Hoc excitatus Lucifer
Solvit polum caligine:
Hoc omnis errorum cohors
Viam nocendi deserit.»
23. «Y qué te parece? que se contentan con esto? No paran aquí: passan adelante, y no dudan aplicarle otro buen trozo del mismo hymno, queriéndonos persuadir que le viene como de molde. Empéñanse en decir, que este Gallo hace abrir los ojos á los amodorrados, mete tanto aguijon á los soñolientos, confunde y convence á los pertinaces, y, en fin, que á fuerza de cantar él en el púlpito como se debe, hay esperanza de que haga cantar á todos los demas Predicadores como es razon: