2. Aunque la leccioncilla del Padre Predicador mayor no era de aquellas, que mas se conforman con el Evangelio ni aún con el Catechismo, le cayó muy en gracia al docilíssimo Fray Gerundio, y la tomó tan de memoria, que jamas se le olvidó. Llegaron á casa, donde encontraron ya refrescando á toda la patrulla. Era el refresco limonada de vino y bizcochos, que es el regular en las fiestas recias de Cámpos; y se havian agregado á los huéspedes de casa muchos Curas del contorno, que havian concurrido á la funcion, y tambien no pocos labradores de los mas pestorejudos, todos con el motivo de dar la enhorabuena á Fray Gerundio, á sus padres y á toda la parentela.
3. Fueron graciosas las expressiones con que se explicaron algunos, especialmente de aquellos que se preciaban mas de tener voto en esto de sermones. Uno que havia servido todas las Mayordomías de su lugar, y estaba persuadido á que ninguno le echaba el pié adelante en la eleccion de los mejores Oradores, dixo con voz ponderativa: «El Padre Fray Gerundio ha perdicado un sermon que, miéntras Campazas sea Campazas, no habrá quien le desquite.» Otro, que havia sido muchos años Procurador de la tierra, y era hombre de cabeza abultada y muy maciza, pareciéndole que el otro havia andado corto, añadió como para corregirle: «Sí, andáos ahora á Campazas! En Leon he uído yo á los mayores páxaros de España, pero otro Fray Gerundio... Y no digo mas, porque toda comparanza es udiosa.» Al hermano Bartholo se le hacian ya limonada las palabras, y, no pudiéndolas contener, prorumpió en el despropósito de que en todos los dias de su vida havia oído ni esperaba oir sermon mas mathemático. Voz cuyo significado no entendia, pero siempre le havia parecido que significaba alguna cosa grande é inaudita. Allá se fué el elogio del Sacristan de Benafarces, que se halló en la funcion, no se sabe por qué casualidad, y era tenido entre los que le conocian por uno de los hombres mas cultos de los que á la sazon gorgoritaban Parce-mihis. Este pidió silencio, teniendo en la mano un vaso de limonada que rebosaba por el borde, y, estando todos callados y suspensos, dixo con voz gutural, recalcada y circunspecta: «Señores, vamos haciendo justicia; que el sermon desde el principio hasta el postre, desde la cruz hasta la fecha, y desde el thema hasta el quam mihi, fué una pura construccion de Philosophía.» Quedaron todos mirándose los unos á los otros, y, aunque ninguno entendió lo que el Sacristan quiso decir, fué general la opinion de que tampoco se podia decir mas.
4. A todo esto havia estado muy atento, pero igualmente callado un buen Clérigo, de estos que llaman de missa y olla, que con su Capellanía y un decente patrimonio lo passaba quieta y pacíficamente en su lugar, mejor que un Arcediano. Era á la verdad de pocas letras, pues solo tenia las precisas para entender el Breviario y el Missal á media rienda; pero por su buena razon, por su genio apacible y bondadoso, y porque era limosnero y amigo de hacer bien, le estimaban mucho en su pueblo. Apénas moria alguno en él que no le dexasse por su principal testamentario, y él admitia sin repugnancia estos encargos, assí por tener alguna cosa en que emplear loablemente el tiempo, como por haver hecho concepto que, si cumplia fiel, legal y puntualmente con este piadoso y caritativo oficio, podia hacer mucho bien á los difuntos y ser muy útil á los vivos.
5. Havia fallecido pocos dias ántes el Escrivano de su lugar, que era ya viudo, y no solo le havia nombrado por su testamentario, sino tambien por tutor y curador de sus hijos, con la expression de que no se le tomassen cuentas ó se passasse por las que él quisiesse dar; todo en crédito de la confianza que hacia de su pureza, exactitud y legalidad. Dexaba encargado en el testamento, que se le hiciessen honras y cabo de año con sermon, segun costumbre, y señalaba doscientos reales de limosna para el Orador que se las predicasse, «en atencion, decia él, al trabajo que ha de tener qualquiera pobre Predicador en hallar de qué alabarme; porque, si no quiere mentir, se ha de ver bien apurado.»
6. Con efecto debia de ser assí, porque era pública voz y fama, que el tal Escrivano havia sido hombre no muy demasiadamente escrupuloso. Quando entró en el pueblo, (pues fué el primer Escrivano que entró en él,) no havia pleito ninguno, ni aún memoria de que le huviesse havido jamas desde su primera fundacion; pero al año, y no cabal, de su residencia ya todo el lugar se ardia en pleitos, y, quando murió, dexó pendientes treinta y seis, aunque no passaba la poblacion de doscientos vecinos: encendia á unos, azuzaba á otros, y los enzarzaba á todos. Si dos partes contrarias le consultaban sobre una misma dependencia, á cada una en particular respondia, afectando una modestia socarrona, que él no era Abogado ni entendia los puntos de derecho, ni le tocaba dar parecer; pero, por lo que le havia enseñado la experiencia en tantos años de exercicio y en tantos pleitos como havian passado ante él, era corriente su justicia, temeraria la pretension del contrario, y que á buen librar le condenarian en costas, concluyendo con que, si esto no salia assí, havia de quemar el oficio; que esto se lo decia á él solo en confianza, encargándole mucho el secreto. Despues que á uno y otro los havia metido tanto aguijon, añadia con grande remilgamiento que, aunque era cierto todo lo dicho, para qué queria pleito? que era mejor componerse, porque, aunque ninguno se interessaba mas que él en que cada qual siguiesse su justicia, (pues al fin no comia de otra cosa ni tenia otros mayorazgos,) pero que amaba mas la paz del pueblo que todos los interesses del mundo. Con este artificio, despues de haver irritado á las dos partes, él echaba el cuerpo fuera y cobraba crédito de hombre desinteressado.
7. En haviendo qualquiera quimerilla en el pueblo, por ligera que fuesse, especialmente si havia sido cosa de paliza con algun rasguño ú efusion de sangre, al punto buscaba los Alcaldes y se estrechaba con ellos, y en tono de amistad y de confianza los persuadia á que levantassen un auto de oficio y que tratassen de cubrirse, intimidándolos con que hoy ó mañana vendria una residencia, y no faltaria alguno que los quisiesse mal y los acusasse de omissos ó de parciales, y á buen librar caeria sobre sus costillas una multa que los levantasse tanta roncha. Despues de hecho el auto de oficio, arrestados los de la riña y borrajado mucho papel en declaraciones, cargos y descargos, quando ya no tenia pretexto para chupar mas á las dos partes, solicitaba él mismo por debaxo de cuerda que se compusiessen; y, cargando bien la mano en las costas á unos y á otros, porque á ninguno se las perdonaba, á un mismo tiempo llenaba el bolsillo y era aplaudido entre los innocentes con el glorioso renombre de pacificador.
8. Era muy franco en dar testimonios aún de aquello que no havia visto, y, para quitar el escrúpulo á los que podian reparar en esta mala fé, los decia con una bondad que encantaba, que un hombre de bien se havia de fiar de otro hombre de bien mas que de sí mismo; que debia de dar mas crédito á los ojos agenos que á los suyos proprios, porque estos podian alucinarle y engañarle, pero de los otros no era razon ni buena crianza ni aún conciencia presumirlo; y finalmente, que esto mismo se estaba palpando á cada passo en el uso de los anteojos, con los quales ve uno mas y mejor que con sus proprios ojos; de donde inferia que, assí como puede un Escrivano dar fé válida, lícita y legalmente de aquello que ve con anteojos, siendo assí que no son sus ojos los anteojos, assí ni mas ni ménos puede y debe darla de lo que ve con los ojos de un hombre honrado, quando este le assegura, que lo ha visto y que passó la cosa ni mas ni ménos como él se la cuenta; y á la réplica que le podian hacer, que él no sabia si era ó no hombre honrado el que le pedia el testimonio, ya él salia al encuentro diciendo, que mil veces havia oído á los Abogados ser principio de derecho que «ninguno se debe presumir malo, hasta que se pruebe que lo es, y que en caso de duda siempre se debe presumir lo mejor.»
9. Quedábanse atónitos los pobres páparos al oírle esta doctrina, que les parecia á ellos mas clara que la luz del mismo dia; y el símil de los anteojos, aunque tan disparatado, los ataba de piés y manos. Para acabarlos de aturrullar y convencer enteramente, añadia otro símil, en el qual los dexaba como embobados y lelos. «Está un Escrivano, decia, actuando con un Señor Alcalde ó con qualquiera otro Juez; firma este, y despues mas abaxo el Escrivano: ante mí, Fulano de Tal. Quantas veces sucede, que el Juez al tiempo de firmar no está delante del Escrivano, sino á un lado ó á las espaldas, porque el Alcalde verbi-gracia se está passeando en la sala? Y quien dirá por esso, que el Escrivano es falsario, porque autorizó ó legalizó la firma del Juez, diciendo que havia sido ante él? Pues, si esta no es falsedad, por qué lo ha de ser dar un testimonio de lo que no se vió ni se oyó, en la buena fé de que trata verdad el que me assegura, que lo ha visto y oído? A los de mi oficio, que tropiezan en estos melindres y delicadezas, se les puede decir que tienen escrúpulos de Mari-Gargajo.»[27]
10. En virtud de esta misma docilidad, no solo era bizarríssimo en dar testimonios de lo que jamas havia visto, sino que con su bondadoso corazon no se podia negar á darlos muchas veces contrarios á lo que havia palpado, sin detenerse mucho en dar dos testimonios opuestos á las dos partes contrarias, porque decia que era enemiguíssimo de desconsolar á nadie. Y, aunque esto le ocasionó mas de una vez algunos embarazos enfadosos en los Tribunales superiores, al cabo de ninguno salió tan mal como se podia temer, porque tenia maña para todo. Solo era muy detenido en franquear los testimonios, quando sospechaba que podian perjudicar á alguna parte predilecta suya; bien entendido que su predileccion nunca se fundaba sino en un honrado reconocimiento á expressiones prácticas, no de las mas ordinarias. Quando se hallaba en este caso, decia con grande compostura, que no podia dar testimonio alguno, sin que se lo mandasse la Señora Justicia; y, quando le reconvenian con que estaba obligado á hacerlo en virtud de su mismo oficio, por quanto todo fiel Christiano tenia derecho á que le diesse testimonio de lo que havia visto ú oído, él respondia con mucho fruncimiento, que esto era ignorar las nuevas pragmáticas-sanciones que havian salido sobre el oficio de Escrivano, y los pobres patanes, al oir el nombre de pragmática-sancion, quedaban tamañitos, pareciéndoles que debia ser alguna excomunicacion del Padre Santo de Roma, para que los Escrivanos no se metiessen en cumplir con su obligacion sin licencia de los Alcaldes.
11. Este havia sido el exemplaríssimo Escrivano que havia dexado por su principal testamentario al Licenciado Flechilla, (que assí se llamaba el Clérigo de quien íbamos hablando, habrá como dos hojas,) dando órden en su testamento para que se le predicasse su sermon de honras, corriente, como era uso y costumbre en aquella tierra. Pues el tal Clérigo, yendo dias y viniendo dias, luego que oyó á Fray Gerundio el sermon del Sacramento, quedó verdaderamente espantado y dixo allá dentro de su corazon: «No se me escapará este páxaro, y assí predicará otro las Honras del Escrivano de mi lugar como yo soy Arzobispo.» En efecto, despues de haver oído con el mas profundo silencio la variedad de expressiones, con que todos daban la enhorabuena á nuestro Fray Gerundio, se levantó pausada y boniticamente de su assiento, encaminóse hácia donde aquel estaba, dióle un estrecho abrazo y, assomándosele las lágrimas de puro gozo, le dixo con bondadosíssima ternura: «Padrecito mio, obras son amores, que no buenas razones: yo tengo la incumbencia de encargar un sermon de honras al difunto Escrivano de mi lugar, que vale doscientos reales, y, si valiera doscientos mil, con otros doscientos mil amores le pondria yo á la disposicion de Vuesa Paternidad. El tal Escrivano, que Dios haya, ciertamente no fué hombre canonizable; pero por lo mismo los assuntos dificultosos se hicieron para ingenios peregrinos. El de su Reverencia lo es, ó tengo yo de quemar á mi Lárraga y al Piscator de Salamanca, que es toda mi librería.»