21. «Pero, al fin no se puede dudar, que los dichos, sentencias y apophtegmas, assí de los antiguos como de los modernos, usados con discernimiento y con moderacion, son un preciosíssimo adorno de todo género de eloquencia, tanto oratoria como histórica. Thucídides mereció la suprema estimacion de todos los siglos por el juício, oportunidad y bello gusto con que se valió de ellos. Hesiodo, aunque muy distante de Homero, assí en la gravedad del estilo como en la magestad del assunto, ha logrado los mayores aplausos por la singular eleccion que tuvo en las sentencias con que adorna sus dos poemas heróicos: Las Obras y los Dias y la Theogonía ó generacion de los Dioses, bien que algunos críticos le notan, no sin razon, que las sentencias son mas frequentes de lo que fuera justo. En fin, Quintiliano encarga mucho al Orador que se aproveche de esta fuente, pero con tres precauciones: la primera, que las sentencias sean muy escogidas; la segunda, que sean raras; y la tercera, que sean correspondientes á la edad, al carácter y demas circunstancias del Orador. Si son triviales, se oyen con desprecio; si muy frequentes, cansan la atencion y aún empalagan; si no se acomodan á los connotados del Orador, mueven á risa. Yo añadiria otra quarta calidad, y es que las sentencias sean tambien proporcionadas al theatro y al auditorio. En una aldéa ó pueblo pequeño seria risible aquella sentencia ó apophtegma tan justamente celebrada, que se atribuye á Afro Domicio: princeps qui vult omnia scire, necesse habet multa ignoscere: el Príncipe que quiere saberlo todo, tiene necessidad de perdonar mucho. Qué Príncipe se podria aprovechar de esta advertencia en un pueblo reducido? En un auditorio rústico y grossero seria impertinente aquel discreto dicho de Plutarco: sero molunt Deorum molæ, sed bene comminuunt: las ruedas de los Dioses tardan en moler, pero hacen buena harina. Quantos havría en el auditorio que entendiessen la metáphora? Vamos á la octava fuente.»

22. — «Essa es para mí la mas seca, dixo Fray Gerundio, no sin chiste; porque mi Autor dice que la octava fuente son las leyes, y confiesso que de leyes ni entiendo ni he estudiado palabra.» — «Yo tampoco las he estudiado, continuó el Colegial, por no ser essa mi profession; pero no es menester hacer la de Legista para saber algunas leyes, especialmente de las antiguas y primitivas, que se instituyeron en el mundo para el gobierno de los hombres, las quales sirven de un bello adorno á qualquiera oracion sagrada, singularmente moral ó doctrinal. Es cierto, que nunca las leyes de los hombres pueden añadir peso ni autoridad á la ley santa de Dios; pero no es dudable, que encuentra el entendimiento no sé qué particular satisfaccion y consuelo en ver tan conforme la ley divina con las leyes humanas, pronunciadas por unos Legisladores que no tuvieron noticia del verdadero Dios.»

23. «Yo me acuerdo de algunas que, por lo que toca á lo directivo, son muy conformes á muchos preceptos del Decálogo, aunque sean erradas y gentílicas en lo que suponen de doctrinal. Vayan algunos exemplares. El primer mandamiento es amar á Dios sobre todas las cosas. Confórmase con él la ley de Numa Pompilio: Deos patrios colunto, externas superstitiones aut fabulas ne admiscento. Segundo no jurar su santo nombre en vano. Es muy conforme á él la ley de los Egypcios: perjuri capite mulctentur. Quarto: honrar Padre y Madre; lo mismo mandaba aquella ley de que hace mencion Heródoto (lib. 1): magistratibus parento; y la otra de los Lacedemonios, citada por Platon en su República: majorum imperio libenter omnes parati assuefiant. Sexto: no fornicar; son muchas las leyes que prohibian esto mismo. La que trahe Josepho (lib. 11. cap. 6.): adulterii et lecti genialis injurias vindicanto; la de Numa: pellex aram Junonis ne tangito; y la célebre de los Athenienses, que prohibia predicar ó hablar en público á todo hombre deshonesto: si quis pudicitiam prostituerit aut expatrarit, huic interdicito jus apud populum concionandi. Séptimo: no hurtar; á esto aludia aquella ley de los Egypcios: singulis annis apud Provinciarum Præsides omnes unde vivant demonstranto. Si quis secus faxit aut unde legitime vivat non demonstrarit, capitale esto

24. «El uso assí de estas leyes antiguas como de otras mas modernas, patricias y municipales, con tal que sea sobrio, prudente y oportuno, tiene su gracia y tambien su eficacia en qualquiera sagrada oracion. Pero hacer estudio de componer un sermon como un alegato de los que se usan solo en nuestra España, embutido en textos, leyes, decretos, cánones y constituciones del derecho civil y del canónico, parecido al que yo oí á cierto Cathedrático, sobre ser una grandíssima impertinencia, es ostentacion pueril para acreditarse de erudito y sabio en facultad forastera. Hola! esta censura ó esta reflexion no es mia, pues ya he protestado, que ni mi profession ni mis años me permiten excursiones á países tan sagrados: refiero lo que por entónces se dixo entre hombres que tenian voto. Solo en unas circunstancias, añadió uno de los circunstantes, puede ser del intento cargar algo mas la mano en la cita de leyes nacionales, y es quando se predica á un auditorio compuesto por la mayor parte de gente de Curia, como en los sermones al Consejo, á las Chancillerías, á las Audiencias, etc. Si se toca entónces el punto de regalos, gratificaciones y derechos de Ministros inferiores, como Abogados, Relatores, Procuradores, Escrivanos, etc., no será fuera de propósito referir las leyes municipales que hablan en esto, y explicar con claridad hasta que punto son obligatorias en conciencia, segun la inteligencia comun de los Theólogos. Pero, dexando esto á un lado, deséo saber qual es la nona fuente de la invencion, que prescribe el Autor por donde vuestra Reverendíssima estudió.»

25. — «Sacræ litteræ, respondió Fray Gerundio como un reguilete: la Sagrada Escritura; y añadió luego: En este punto no tiene vuestra Merced que detenerse, porque sé lo que basta para bandearme; he tomado mi partido, y no mudaré de rumbo por mas que me prediquen.» — «No tiene Usendíssima que prevenirmelo, replicó Don Casimiro; pues sé bien, que este punto no es de mi incumbencia, y no se me ha olvidado lo que leí pocos dias ha en cierto Autor de mi profession; hablando de la Sagrada Escritura dice: quod ad ejus usum attinet, Theologorum est proprius: hæc eorum hæreditas, hic campus, hoc stadium; por lo que mira al uso de la Sagrada Escritura, esse toca á los Theólogos, essa es su herencia, essa su legítima, esse es su proprio y particular terreno. Por señas de que, en confirmacion de lo que poco ha íbamos hablando, se lastima mucho en el mismo lugar de que los Predicadores se metan á Legistas, y los Legistas á Predicadores, aquellos citando leyes, y estos glosando textos: contra inverso ordine, jurisperitos, neglectis iis quæ ad se attinent, Sacra Biblia sæpius quam leges in ore habere. No excluye absolutamente, que unos tomen algo de otros por la recíproca union y buena correspondencia que hay entre las facultades; sola abomina el excesso, el prurito y la ostentacion de que se sabe de todo.»

26. «No obstante, ya me permitirá Usendíssima que, sin mezclarme en lo directo de esta fuente, que en realidad excede los límites de mis estudios, haga una reflexion acerca de ella, que parece no estar fuera de mi jurisdiccion. Es cierto que la Sagrada Escritura mereció tanto concepto aún á los Philósophos gentiles, que Emilio de Apaméa (ó Amilio, como le llama Proclo), al leer la primera cláusula del Evangelio de San Juan: in principio erat Verbum, quedó assombrado de que un Bárbaro (assí llama al Evangelista) huviesse philosophado con tanto acierto. Tambien sabemos, que Dionysio Longino, haciendo el paralelo entre Moyses y Homero, calificó al Legislador de los Judíos por un hombre nada vulgar; pues no podia serlo el que tenia tan alta idéa de Dios, como lo acredita aquel rasgo suyo en la historia de la creacion: dixit Deus: fiat lux, et facta est lux; fiat terra, et facta est, proponiéndole por modelo de un pensamiento verdaderamente sublime. Aunque la segunda parte: fiat terra, et facta est, la añadió Longino de cosecha propria, pues no se halla en la Escritura, en que el Autor, como gentil, estaba poco versado. No es ménos cierto, que en la Sagrada Escritura se encuentra no solo todo lo que se halla en los libros profanos y no profanos, sino que se halla en aquella lo que en estos no se encuentra. Pienso, si no me engaño, que ha de ser observacion de San Agustin, y que la leí en un libro de eloquencia: et cum ibi quisque invenerit omnia, quæ utiliter alibi didicit, multo abundantius ibi inveniet ea, quæ nusquam omnino alibi, sed in illarum tantummodo Scripturarum mirabili altitudine et mirabili humilitate discuntur. Siendo esto assí, me parecia, á mi grossero modo de entender, que la Sagrada Escritura debiera ser la única ó por lo ménos la primera fuente de la invencion, respecto de todo Orador sagrado. Pues, por qué razon Usendíssima ó su Autor no solo no la señalan por la única, no solo no la dan el primer lugar, sino que la ponen á la cola, y harto será que no sea la última?»

27. Hallóse embarazado Fray Gerundio con esta pregunta que no esperaba; pero salió á su socorro su fino amigo Fray Blas, diciendo con grande satisfaccion: «Esso es claro: porque la Escritura es fuente comun de que todos beben, está á mano de qualquiera para hartarse de ella, quando le diere la gana. Un Predicador que quiera acreditarse no ha de beber del pilon, sino que sea para enjuagarse: sýmbolos, emblemas, geroglýphicos, historias, sentencias, versos, fábulas, esta ha de ser su comidilla; y á lo mas mas, allá hácia lo último, un poco de Escritura, á modo de mondadientes. Esto es lo que quiere decir poner la Escritura por la postrera fuente de la invencion, y está bien puesta, á pagar de mi dinero.»

28. En medio de los pocos años del Colegial y que, assí por su edad como por su genio, todavía no estaba muy maduro ni era de los que mas se morian por sermones de Christo en mano, no se puede ponderar quanto le irritó una proposicion tan absurda, tan loca y tan escandalosa; sin embargo, considerándose huesped y que no era razon dar una mala noche á aquella buena gente, dissimuló su indignacion lo mejor que pudo, y se contentó con decir á Fray Blas: «Si no me hiciera cargo de que vuestra Paternidad habla de chanza, zumbándose de aquellos Predicadores que, si no con las palabras, á lo ménos con las obras parece que lo sienten assí, delataria essa proposicion al Santo Tribunal.» Iba á responderle Fray Blas algo colérico, quando oportunamente y al mejor tiempo del mundo entraron á poner la mesa, porque ya era hora de cenar.


CAPITULO V.