7. — «No m’ arma mucho essa doctrina, replicó el Familiar, salbante que quisiesse decir esse Esentíssimo Padre, que tanto ahinco debe poner un Perdicador en convertir á los de Caramanchel como en convertir á los de Madrid, y que ansina debe expricarse en conformidá que le entiendan los unos como que le entiendan los otros; porque, fuera de esso, irse un Perdicador á Caramanchel, y lo mismo me da á la Cisterniga, (que esta es una comparanza,) con daca si eran froles ó no eran froles, en vertú de que pueden encurrir algunas presonas de la Zuidá, esso no es mas que humo, satisfaccion y laus te dé Christe

8. «Pero, dexando una cosa por otra, no saberiamos qué vertudes del Escrivano vas á perdicar?» — «No he menester predicar sus virtudes para predicar á sus honras,» respondió Fray Gerundio. — «Como no? replicó el Familiar; pues, quando se perdica de los defuntos, no es endisponsable que se diga aquello en que fueron güenos, para que enmiten sus exempros los vivos?» — «No Señor, respondió Fray Gerundio, nada de esso es necessario, que, si lo fuera, solo se predicarian honras de aquellos sugetos que huviessen sido muy virtuosos, havidos y tenidos por tales de todos los que los trataron; y assí vemos, que en algunas partes se predican de todos los que tienen con que pagarlas, á roso y velloso, sin que para esso sea preciso hacerles primero la informacion de moribus et vita, como se dice.»

9. — «Es impussibremente que yo no tenga el entendimiento espatarrado, ó que tú no me quieras meter los dedos por los ojos, replicó el Familiar; pues dime, sobrino, el Perdicador no ha de alabar á su defunto? es craro. Si le alaba, no le ha de alabar de alguna vertú? no, sino que vaya á alabarle de sus defeutos y fraquezas. Demos que no tuviesse el defunto vertú nenguna: pues, qué ha de decir d’ él el probe Flayre?»

10. — «Lo primero, respondió Fray Gerundio, se puede predicar un sermon de honras que pasme, sin tomar en boca al difunto por quien se hace la funcion; y, para que vuestra Merced lo vea claramente, yo le explicaré el como. Entrase ponderando ante todas cosas, qué antigua fué la costumbre de hacer honras y funerales por los difuntos. Aquí se va discurriendo por los Hebréos, por los Babylonios, por los Persas, por los Medos, por los Griegos, por los Romanos, por los Egypcios, por los Caldéos, y en fin por todas las naciones del mundo: despues se examinan muy por menor los varios modos que tenian de celebrarlas, segun los genios, usos y costumbres de los países, ya con sacrificios, ya con hogueras, ya con pyrámides, ya con obeliscos, ya con ofrendas, ya con enramadas, ya con convites, y en algunas partes hasta con danzas y fiestas. A esto se sigue el averiguar quando, en qué tiempo, con qué motivo y en qué nacion se dió principio á las oraciones ó panegýricos fúnebres por los difuntos, y se explayan las velas de la eloquencia sobre los Epicedios, sobre los Epitaphios, sobre las Endechas, sobre los Cenotaphios y sobre las Nenias, extendiéndose tambien la erudicion, si se quiere, ó á las tablillas ó á las inscripciones, que se guardaban sobre los sarcóphagos. Bien repiqueteado todo esto, se busca despues en alguno de los muchos calendarios que hay de los antiguos, qué fiesta, funcion, sacrificio ó cosa semejante celebraban en el dia que está determinado para predicar las honras, y siempre se encontrará alguna cosa que por aquí ó por allí, de esta ó de aquella manera, venga clavada al intento. Aplícanse finalmente todas estas importantíssimas noticias al assunto de la funcion con la mayor propiedad: las hogueras, á las luces, hachas y blandones; las pyrámides y los obeliscos, al túmulo; los sacrificios, á las missas; las ofrendas, á las que se hacen comunmente; los convites, á los que hay casi en todas partes; los Epicedios, Nenias, etc., al sermon ú oracion fúnebre; y, demostrando de esta manera el Predicador que la piedad de los presentes no debe nada á la piedad de los passados, y que las honras que hacen á los difuntos los modernos son parecidas en todo á las que hacian á los mismos difuntos los antiguos: hétele vuestra Merced como, sin tomar en boca al sugeto por quien se hacen, puede acabar honradamente con su requiescat in pace, que sea seguido de muchos vítores y aclamaciones.»

11. — «Mira, dixo el Familiar, yo no te puedo negar que eres un pozo de cencia, porque ahí has enjurjado tantas cosas que me tienen aturrullados estos cascos; porque, ya se ve, saber tú, como parece que sabes en la uña, todo lo que hicieron los Gabylonios, los Miedos, los Presas, los Enjundios, y essos otros que nombraste ahí á manera de Caldos; havérsete quedado en la memoria todos essos nombres enrebesados de embolismo, parrales, cienpedios, niñerías, cieno de zafios, y el último vocablo en que dixiste no sé qué de las escrituras de los Estrófagos: digo en mi ánima jurada, que saber tú todos estos argamandijos en los pocos años que tienes, esso sin cencia confusa no puede ser, y loado sea el Señor de quien es todo lo güeno; pero tambien te digo una cosa: tanto viene todo esso para perdicar un sermon de honras, como ahora llueven pepinos, y, si no, vaya un asemejamiento.»

12. «Yo soy estaño Alcalde de Fregenal; junto mañana el Concejo para saber si se han de guardar ó no se han de guardar los plaos. Escomienzo por decir, que esto d’ aver Concejos en las Repúblicas es cosa muy añeja, porque los Gabylonios, los Presas, los Calderos y los Mamalucos los usaban allá desde el tiempo que habraban los animales. Passo dempues á esprayarme sobre las diferentes usanzas q’ havia para esto de juntarse el Concejo, y digo, por enxempro, que en unas partes andaba el Menistro de josticia de puerta en puerta, tocando un cencerro; que en otras era incumbencia del porquerizo ir sonando por las calles el mismo cuerno, con que juntaba los cerdos; qu’ allá tocaba al muñidor pregonar el Concejo por las calles; qu’ acá se enseñaba á rebuznar á un burro desde niño con tales y con tales señas, y q’ este burro, en estando ya bien endustriado, y en teniendo, como dicen, uso de razon, se le entregaba al fiel de fechos, con la carga y con la obrigacion de que los dias de Concejo havia de ir rebuznando por todo el puebro, para que viniesse á noticia de los vecinos y nenguno pudiesse alegar escusa ni ignorancia. D’ aquí me meto á expricar la importancia de los Concejos y la grande entauridá q’ han tenido siempre, no solo en toda Uropa, sino en toda España. Digo por fin y por postre, que todos los Consejos, si se les ofrece hacer informacion de nobreza ó de hidalguía, han de venir á probar su alcurnia de los Concejos, y q’ assí como los primeros son en sobre las Udencias y en sobre las Chancellerías, pues vemos que de las sentencias d’ estas s’ apela á aquellos, ansina tambien, si estubiera el mundo bien gobernado, s’ havia d’ apelar d’ ellos á la endicision de los Concejos. Y concruyo con preguntar, si en vertú de todo lo dicho s’ han de guardar ó no s’ han de guardar los plaos. Dime, Gerundio, ansí Dios t’ haga bien, vendria todo esto al caso para la enresolucion d’ aquel punto?»

13. — «Buenas cosas tiene vuestra Merced, respondió Fray Gerundio; con que, ahora quiere hacer comparacion de lo que un Alcalde propone en el Concejo, con lo que un Predicador ha de decir en el púlpito? Tio, en los Concejos se va derechamente á la substancia.» — «Pues qué! replicó el Familiar, en los cúlpitos se va no mas que á entretener el tiempo?» — Como Fray Gerundio se vió un poco apretado, procuró sacar el cavallo por otro lado, y para divertir el argumento dixo: «Tambien se puede alabar á un difunto, aunque no haya hecho milagros ni tenido revelaciones ni su vida huviesse sido la mas exemplar y ajustada. Quantas oraciones fúnebres se han predicado en la Iglesia de Dios á grandes Capitanes, á grandes Conquistadores, á grandes Políticos y á muchos hombres verdaderamente sabios, de cuya canonizacion no se ha tratado, ni verisímilmente se tratará jamas de ella! Con todo esso, á estos se les alaba del valor, de la intrepidez, de la presencia de ánimo, de la pericia militar, del zelo por la gloria de sus Príncipes y, en fin, de otras virtudes que no se encuentran ni en las cardinales ni en las theologales, y que no hacen al caso para la vida christiana, pues sabemos que muchos Gentiles, Moros y Hereges florecieron en ellas. Pues, por qué no pudiera yo tambien alabar á mi Escrivano, si quisiera, de la sagacidad, de la astucia, del ingenio, de la penetracion, y hasta de la velocidad con que escrivia, de su buena letra, de sus airosos rasgos y de la rúbrica que usaba, por una parte tan garbosa, y por otra tan difícil que parecia impossible falsearse ni remedarse?»

14. — «Yo soy un probe Lego, respondió el Familiar, que sólasmente sé lér de deletreado y echar mi firma con letra de palotes, estrujando bien la pruma, y no me puedo meter en si es bien premitido ó no es bien premitido, que en la Igresia de Dios s’ alaben púbricamente y se propongan como enxempro de emitacion al puebro christiano essas vertudes que tú dices, y con las quales puede una presona irse al infierno tan lindíssimamente. Este es un punto muy hondo, que no es para mi cabeza; y, quando tú dices q’ assí s’ usa, (que yo no lo he visto, por no haverme topado enjamas en essas perdicaciones,) debe d’ haver razones muy emportantes para premitir que s’ haga ansina. Lo que yo digo es que, por lo ménos acá en las aldéas, donde no se pueden praticar essas vertudes campanudas y donde la gente es sencilla, si yo juera Obispo, de nenguno se m’ havia de perdicar sermon de honras que no huviesse sido un christiano vertuoso y enxemprar, al modo q’ acá nosotros nos imaginamos las presonas enxemprares y vertuosas. Porque horasme decir tú del Escrivano, que fué sagaz, estuto, engenioso, que luego se empunia en los autos, que calaba las entenciones de las presonas, que escrivia de corridamente, q’ hacia una letra estupenda, que su rúbrica y su sino se podian presentar al mesmo Rey: todo esso güeno será, pero qué sacamos d’ ahí para las benditas ánimas del Purgatorio?»

15. A tal tiempo entraron á poner la mesa para cenar, de que no se alegró poco nuestro Fray Gerundio, porque su Tio le iba apurando demasiado. Anton Zotes se havia quedado primero á dar órden de que se cuidasse de las cavallerías, y despues trabó conversacion con la muger del Familiar y con sus sobrinos y sobrinas, que entre todos eran seis, y el mayor no passaba de doce años, repartiendo entre ellos turron, confites, avellanas y piñones, que havia trahido para este efecto, entreteniéndose con todos miéntras se asó una pierna de carnero, se hizo una gran tortilla de torreznos y se guisó una buena cazuela de estofado de vaca, que con unas sardinas escabechadas y una tajada de queso por postre, comenzando con su gazpacho de huevos duros, componia entre todo una cena substancial y sólida, sacándose despues de levantados los manteles un plato de cebolletas con su salero al lado, para echar la de San Victoriano.

16. Entraron todos en la salita ó quarto baxo, donde estaban Tio y Sobrino; sentáronse y cenaron con tanta paz y alegría como gana. Casi toda la conversacion de la cena se la llevaron el Familiar y Anton Zotes, siendo su assunto el regular entre Labradores. Preguntóle aquel, como iba de cosecha y en qué estado tenia su verano. Respondió este, que de cebada havia cogido poco por la falta de agua, y que, si no fuera por los tres erreñales que estaban linde del arroyo, apénas tendria para el gasto y para sembrar; que de morcajo no estaba mal, y de trigo esperaba que seria mediana la cosecha; porque, sobre tener ya diez cargas en la panera, quedaban en la era tres peces, dos parvas, otras dos mantas, y entodavía estaban en las tierras como unas doce morenas. «Pues por acá, amigo mio, dixo el Familiar, no podemos echar piernas, y algunos probes Labradores se quedarán per ostiam santam incionem. Sobre q’ hay hombre que no coge lo que sembró. Yo, bendita sea la misilicordia de Dios, no estoy tan endesgraciado, porque, como la hoja que tocaba est’ año es la que está carre Vallaolí y aquella tierra es tan espiojosa, hizo bodega con las aguas de la otoñada y con las que cayeron dempues por entruejos, con que ha dado bonicamente, y hast’ unas ciento y cinquenta cargas de todo pan ya espero coger, con que m’ animaré á umbiar á Bertholo á Villagarcía, para que escomience la glamática con aquellos benditos Flaires de Dios, que llaman Padres Theatinos.»