4. — «Oh Padre Reverendíssimo! replicó el Comissario. Los críticos! Los críticos son extraña gente: dudarlo todo, impugnarlo todo, negarlo todo, y cátate que soy crítico. Hay manía mas graciosa como negar, que Júdas se crió desde niño en casa de Pilatos; que le sirvió de Jardinero ó de Hortelano; que despues mató á su Padre sin conocerle, porque quiso llevarse unas peras de la huerta; que al cabo se casó con su misma Madre sin saber que lo era, y que á esta tambien le quitó la vida por no sé qué niñería, y que, viéndose viudo, se quiso meter Frayle, pero, no haviéndole querido recivir en ninguna Religion monacal ni mendicante, por fin y postre se metió Apóstol y vendió á su Maestro, se ahorcó de un moral muy alto, estando tres dias colgado de él sin poder morir por mas diligencias que hizo, hasta que, en el mismo punto en que Christo resucitó, se rompió el cordel, y cayó precipitado sobre una peña ó guijarro puntiagudo, que le abrió las entrañas y le hizo arrojar los intestinos? Noticias todas tan ciertas, tan authénticas, tan indubitables, como que están escritas é impressas por un varon pio, docto y religioso, en un libro de título muy retumbante. Y en medio de esso los críticos no solamente las niegan, sino que hacen grandíssima chacota de el que las escrive, y no menor burla de los que las creen. No haga pues caso vuestra Reverendíssima de los críticos, y déxelos decir hasta que se cansen.»
5. — «Soy de essa opinion,» dixo el Socio del Abad algo socarronamente. «Los críticos vienen á turbarnos en la quieta y pacífica possession en que estábamos, de creer buenamente mil y quinientas cosas sin perjuicio de tercero; y, pues ellos no hacen caso de un título tan justo como es el de la possession, tambien es puesto en razon que nosotros no hagamos caso de ellos. La erudicion sirve de adorno en los sermones, y los Santos Padres no la despreciaban quando la tenian á mano.»
6. — «Por lo ménos, interrumpió el Padre Abad, ni San Gregorio Nazianceno en las oraciones fúnebres que pronunció, ya en la muerte de su grande amigo San Basilio, ya en la de su Padre, que se llamaba tambien Gregorio, ya en la de su hermana Santa Gorgonia; ni San Gregorio Nysseno en las que predicó á las honras de las Emperatrices Plácida y Pulqueria; ni San Ambrosio en las que dixo en elogio del Emperador Theodosio el Grande, se cansaron en gastar essa especie de erudicion. Mucho peso, mucha solidez, mucha piedad, mucha eloquencia, mucho ingenio y mucha ternura, esso sí; pero erudicion, ni poca ni mucha, y en verdad que todos tres Santos eran muy leídos.»
7. — «A esso, Padre Maestro, dixo el Socio, se me ofrece una gran disparidad; essos Santos predicaban las honras de otros Santos, y quando ménos de unos Emperadores que, aunque no están canonizados, compitieron en lo heróico sus virtudes christianas con las políticas y con las militares. Todos essos grandes objetos estaban tan llenos de nobles materiales, que era inútil el adorno, y ociosa la invencion, quando sin esta y sin aquel no tenia tiempo el Orador ni aún para apuntar, quanto mas para explayarse en dar á el auditorio un claro conocimiento de sus Héroes. Nuestro Reverendo Fray Gerundio no tuvo por objeto de su oracion á ningun San Basilio ni á ningun Emperador Theodosio. El Señor Escrivano (que Dios haya) seria muy buen Christiano; pero sus virtudes no hicieron ruído. Comulgaba una vez al año con mucha devocion, oía missas los dias de fiesta, y ganaba en oficio todo quanto podia. No venció tyranos, ni ganó batallas, ni conquistó provincias, ni defendió á la Religion; y en fin, no sabemos que sobresaliesse mucho en alguna de aquellas virtudes morales ó prendas naturales, que tal vez se reputan por assunto digno de los elogios fúnebres. Bien ve vuestra Paternidad, que para alabar á un hombre assí, esto es, á un hombre de vida comun y por ventura no muy exemplar, con precision de gastar por lo ménos una hora en celebrarle, es menester arte, inventiva, y forragear mucho en la erudicion para llenar el tiempo y para divertir la curiosidad del auditorio, ya que no se pueda decir cosa que la edifique demasiadamente.»
8. — «Admirable réplica!» exclamó Fray Blas. — «No tiene respuesta el argumento,» dixo el Comissario. — «Quitómele de la boca el Padre Predicador,» añadió Fray Gerundio. — «Sosiéguense Ustedes, replicó el Padre Abad, que yo veré si puedo responder á él, pero me han de oir con paciencia.»
9. «No tiene duda, que las oraciones fúnebres se inventaron en el mundo para celebrar á los claros varones, alentando á los vivos á la imitacion de los difuntos en las heróicas virtudes, que practicaron en beneficio de la Patria y de la República. Esso de que los Athenienses fuessen los primeros que introduxeron esta loable costumbre, como lo afirmó en su sermon el Padre Fray Gerundio, es muy dudoso y seguido de muy pocos. Lo mas mas que se les concede fué la invencion de ciertos juegos eqüestres, que en honor de los difuntos esclarecidos practicaban sus amigos y parientes, como lo hizo Achiles con Patroclo, y mucho tiempo ántes Hércules con Pélope.»
10. «Lo que no admite duda es, que una de las primeras oraciones fúnebres que se leen en toda la antigüedad es la de Lucio Junio Bruto, como dice Ciceron, diez y seis años anterior á las que se leen de los Griegos, celebrando la memoria de los que murieron en la famosa batalla del Marathon; y por el mismo tiempo, poco mas ó ménos, tuvieron principio los epitaphios ó elogios sepulchrales, que se gravaban sobre las sepulturas de los difuntos, dando una succinta noticia de las principales acciones de su vida ó de los dictados mas visibles que los adornaron; como el de Anicio Probo, cinco veces Cónsul, Questor y Candidato, á su madre Anicia Phaltonia Proba, muger de un Cónsul, hija de otro, y madre de dos; pero, sobre ser esta una qüestion inútil, fácilmente podemos conciliar las dos opiniones encontradas, diciendo que los Griegos fueron los primeros que inventaron los elogios fúnebres, dedicándolos precisa y únicamente á los que morian con las armas en las manos en defensa de la patria; y los Romanos fueron los primeros que los extendieron á todos los difuntos, que en qualquiera linea huviessen sido beneméritos de la República ó de el Estado. Aquellos los limitaron á las virtudes militares, estos los extendieron á todas las virtudes.»
11. «Hasta que la Iglesia comenzó á lograr alguna paz permanente, hácia los principios del quarto siglo, ni se introduxo ni pudo introducirse esta costumbre entre los Christianos. Las primeras oraciones fúnebres completas que tenemos y que merezcan este nombre, son las de San Gregorio Nazianceno, que murió el año de 391. Es cierto, que ni entónces ni en muchos siglos despues se permitieron en la Iglesia de Dios este género de elogios públicos, pronunciados en el Templo á vista de todo el pueblo, sino en la muerte de sugetos esclarecidos, notoriamente recomendables por su eminente virtud ó por sus grandes servicios en obsequio de la Religion. Despues la lisonja, la vanidad y la condescendencia, ayudadas de la calamidad de los tiempos, introduxeron el intolerable abuso de celebrar magníficas exequias con oraciones fúnebres á todos los difuntos que dexaban conveniencias para costearlas. Tuvo principio esta corruptela en el siglo 11º, quando se comenzó á relaxar la disciplina, y las revoluciones del Imperio abrigaron la simonía, la violencia y la ignorancia, pues se hallan en aquel siglo y en los dos siguientes algunos panegýricos pósthumos de sugetos no solo escandalosos y perversos, sino hombres verdaderamente facinorosos.»
12. «Para formar estos elogios, claro está que era menester una de tres cosas: ó fingir descaradamente las virtudes que no tuvieron, ó ponderar las que debian de tener, ó sacar al theatro con nombre de virtudes los mas vergonzosos vicios, echándolos una capa que los diesse otra apariencia. Entónces fué quando se comenzó á torcer en los púlpitos el verdadero significado de aquellos grandiosos nombres magnanimidad, bizarría, intrepidez, generosidad, gran corazon, política, prudencia, teson, animosidad, heroísmo, etc. Contagio ó trastornamiento que, derivándose de siglo en siglo hasta nuestros tiempos, ya apénas nos dexa discernir los verdaderos Héroes de los que no fueron mas que unos verdaderos tyranos, ladrones, usurpadores, falaces, astutos, pérfidos, ambiciosos, atrevidos, temerarios, arrogantes y descarados mofadores de todo el género humano.»
13. «Apoderada de los pueblos y de las naciones esta perniciosa introduccion, mas ó ménos se ha conservado hasta ahora en todas las de la Christiandad. Es verdad que en nuestra España ya es muy rara la provincia, y aún los pueblos, donde se permiten sermones de honras que no sean á sugetos de virtud sobresaliente, sobre lo qual se han tomado varias providencias, assí en algunos Concilios provinciales como en diferentes Sýnodos diocesanos. Si hay algun Gremio ó Comunidad, donde constantemente se observe esta demonstracion con todos sus individuos difuntos, es por la justa presuncion que funda el mismo hecho de haver sido de tal Comunidad ó de tal Gremio, de que el difunto necessariamente sobresalió en alguna virtud, prenda ó talento recomendable. Algunos son de opinion que, quando estas prendas no salen de la esphera de virtudes puramente morales ó intelectuales, tampoco debieran salir los elogios de los sugetos que las posseyeron, de aquellas piezas donde las Comunidades ó Gremios sabios celebran sus juntas ó sus exercicios literarios. Assí se observa en las dos Academias de las Ciencias y de las Bellas Letras de Paris: los nobles elogios fúnebres que se consagran á la memoria de los miembros de ellas que murieron, se encierran siempre dentro de las paredes de sus académicos Muséos, y hacen una preciosa parte de sus utilíssimos exercicios. El púlpito y los Templos parece que solo debieran reservarse para elogiar aquellas virtudes verdaderas que, sin volver siquiera los ojos hacia la vana immortalidad del nombre, miran derechamente á la eterna felicidad. Los que son de este sentir, juzgan que es profanarlos el dedicarlos á otra cosa. Yo prescindo de esta opinion, porque mi dictámen no hace falta ni para defenderla ni para impugnarla.»