34. — «El caso es algo apretado, respondió el Padre Abad, pero no tanto que no tenga salida. Entónces puede hacer lo que se refiere en la vida de San Antonio de Padua (caso que no pueda excusarse de predicar á sus honras, que será el arbitrio mejor): obligaron al Santo á predicar en las de un usurero; quitóse de cuentos, no dissimuló el torpe vicio de que havia adolecido públicamente el difunto, declamó vehementemente contra él; y ponderando aquel texto de la Escritura: Ubi est thesaurus tuus, ibi est et cor tuum: donde está tu thesoro, allí está tu corazon; para probar la verdad de este oráculo, dixo con instinto superior que acudiessen al cofre donde el difunto tenia su thesoro, y que hallarian su corazon en él. Hízose assí, encontróse efectivamente, tráxose á la Iglesia con espanto de todos, y, á vista de aquel desdichado corazon, hizo el Santo un sermon de ninguna utilidad para el difunto, pero de grandíssimo provecho para los vivos.»

35. «En la vida del venerable Capuchino y Apostólico Missionero Fray Joseph de Carabantes se refiere otro caso muy parecido: dícese en ella que, estando un Religioso de la misma Orden para predicar el sermon de honras de cierto Ministro de Justicia, se le apareció rodeado de llamas, la noche antecedente, y le dixo: No prediques mis honras, sino mis deshonras; porque te hago saber, que assí yo como todos los que hemos tenido cargo de Justicia en este Pueblo por espacio de quarenta años, estamos ardiendo en el infierno. Con efecto, este fué el sermon que predicó, dándosele poco de que los parientes del difunto se diessen por ofendidos, como se diessen por avisados y por escarmentados, ellos y los demas. No se puede aconsejar en cerro, que se haga lo mismo siempre que la vanidad ó la lisonja insistan en que se prediquen honras de sugetos, cuya vida fué notoriamente desordenada y escandalosa. Para esso era menester un espíritu tan iluminado y una santidad tan reconocida como la de San Antonio de Padua; pero á lo ménos debe guardarse bien el Orador de tocar en las costumbres del difunto, porque ó ha de mentir ó ha de escandalizar. Mucho mayor cuidado ha de poner en huir de suponerle en estado de gracia, ponderando fuera de tiempo la infinita misericordia del Señor; porque el auditorio incauto y sencillo, y tambien el que no lo es, oyendo desde el púlpito las imprudentes congeturas de que se salvó un hombre de tan mala vida, entra en la necia confianza de que igualmente se podrán salvar los que le imitaren en sus disórdenes.»

36. — «Pues, qué partido juicioso, preguntó el Socio, se podrá tomar en esse apurado lance?» — «El que debiera seguirse, respondió el Abad, en casi todos los sermones de honras, especialmente las que se dedican á sugetos que no huviessen sido de una virtud singular, notoria y generalmente reconocida: desviar enteramente la atencion de aquel difunto particular, y fixarla en todos los fieles difuntos. Quiero decir, ponderar la terribilidad de las penas del Purgatorio, el rigor con que se castigan las mas leves culpas con los mas graves tormentos, la indispensable obligacion que todos tenemos de aliviar con nuestros sufragios á las almas que los padecen, siendo esta obligacion mayor ó menor, segun la mayor ó menor conexion de los vivos con los difuntos; el sumo reconocimiento de aquellas afligidas almas respecto de todos los que contribuyen á aliviarlas; su grande poder con Dios, quando se vean en el descanso eterno de la gloria; y concluir de aquí demonstrativamente, que nosotros interessamos mucho mas que ellas en los sufragios que las ofrecemos, porque nuestros sufragios á lo mas las podrán anticipar una felicidad de que ya están asseguradas, pero su poderosa intercession con Dios nos podrá assegurar á nosotros essa misma felicidad, que aún está expuesta á tantas contingencias. Nosotros podremos conseguir, que salgan quanto ántes del Purgatorio; ellas podrán alcanzar, que no caigamos jamas en el infierno. Hé aquí unos materiales copiosíssimos para disponer muchos sermones de honras, aún en la muerte de los hombres mas foragidos.»

37. — «No son malos, dixo el Comissario, ahuecando la voz entre resoplido y regüeldo; pero, si no se ilustran los tormentos del Purgatorio con algo de la rueda de Ixíon, con un poco de los perros de Antéo, con un rasgo de los buitres de Prometheo, con mucho del toro de Phálaris, y, sobre todo, para pintar bien la pena de daño, con buen recado de la sed de Tántalo á la vista del cristalino chorro, es negocio de dormirse el auditorio; y, si los ronquidos no valen por sufragios, no hay que esperar otros.» — «Soy de essa opinion,» añadió Fray Blas. — «Nunca me apartaré de ella,» prosiguió Fray Gerundio. — «Padre nuestro, perdimos el capítulo,» concluyó el Socio. — «No perdimos tal, respondió el Abad; porque yo no hice empeño de traher á mi opinion al Señor Comissario ni á estos Reverendos Padres, conociendo bien ser empressa muy superior á mis fuerzas. Dixe mi dictámen por modo de conversacion, y en lo demas cada qual abunde en su sentir.» — «Esto es, añadió el Socio, cada loco con su thema.»

38. «Pero, como yo estoy convencido de lo que vuestra Paternidad ha dicho y, por lo que á mí toca, con firme resolucion de no separarme un punto de sus máximas, solo quisiera saber qué Autor ó Autores podria seguramente imitar en las oraciones fúnebres, y si ha havido alguno sobresaliente y cabal en este género de composiciones.»

39. — «Usted, que entiende medianamente la lengua francesa, respondió el Padre Abad, ó á lo ménos sabe de ella lo que basta para el gasto de casa, no ignorará que hay escrito en ella mucho y bueno de esta especie. Apénas hallará oracion fúnebre pronunciada en esta lengua, singularmente de un siglo á esta parte, que no sea un bello modelo de la mas castiza y aún de la mas christiana eloqüencia. San Francisco de Sales fué de los primeros que abrieron este noble camino á la oratoria francesa, en la tierna oracion fúnebre que predicó en las honras del Duque de Mercurio. La que el Padre Bourdalue pronunció en las del gran Príncipe de Condé, Luis de Borbon, parece que apuró todos los primores del arte. Pero el que entre todos los Oradores franceses se elevó en este género de eloqüencia á tan superior altura, que no parece possible se remonte mas el vuelo de algun Orador humano, fué el grande Espíritu Flechier, Obispo de Nimes, excediéndose singularmente á sí mismo en la célebre oracion al Vizconde Mariscal de Turena. Si despues se acercó alguno á este grande hombre, fué el Ilustríssimo Señor Don Pedro Francisco Lafiteau, Obispo de Cisteron, en la que pronunció en las honras de nuestro gran Rey Phelipe Quinto, que al punto se traduxo en castellano, sirviendo de exemplar á pocos y de confusion á innumerables.»

40. «Verdad es, que en este punto no están los Franceses tan indulgentes como yo, á lo ménos en todos los artículos; porque suponen, lo primero, que las oraciones fúnebres no se hicieron para el púlpito, el qual las adoptó á regañadientes, viendo que la lisonja ó quando ménos la condescendencia con los grandes se empeñaban en introducirlas en el Santuario. En esto no me separo mucho de ellos. Suponen, lo segundo, que para celebrar dignamente á un Héroe, es menester que sea tambien Héroe el Orador, porque, no siéndolo, no puede tener idéas ni expressiones proporcionadas al mérito ni á la grandeza de su obgeto. De manera que el auditorio ha de estar como indeciso, no sabiendo determinar qual es mayor Héroe en su linea, si el Héroe del púlpito ó el Héroe de la campaña, del gabinete ó del solio. Consiguiente á esto suponen, lo tercero, que en materia de oraciones fúnebres no se sufren medianías: ó han de ser excelentes, ó son intolerables. Si el auditorio no está embelesado, tiene derecho para silvar al Orador. Esta máxima me parece que inclina demasiado al rigorismo, y no mudo de opinion porque diga Tulio en la carta á Marco Bruto, que eloquentia quæ admirationem non habet, nullam judico: que, miéntras el Orador no assombra, no es Orador. Mas acá hay posada: como llegue á agradar, á persuadir y á mover, cumplió bastantemente con su obligacion.»

41. «Suponen, lo quarto, que los grandes empléos, los primeros puestos, la autoridad, la nobleza, la sabiduría, el genio, el valor, el heroísmo, ni aún el mismo throno, mirados precisamente en sí, no son assuntos dignos de un Orador christiano, y que, para serlo, es menester que el Orador haga reflexion á su inanidad, á su inconstancia, inspirando en el auditorio el ningun aprecio que merece este vano humo, útil solo quando se usa de él para fines elevados y superiores. Tampoco me atrevo á desviar de este dictámen; porque le hallo muy conforme á los principios de la Religion, y aún fundado en las mas sólidas máximas de una buena philosophía moral. Estas son las severas leyes que los Franceses se proponen para sus oraciones fúnebres, y es cierto que los mas se arreglan admirablemente á ellas.»

42. «Pero no crean Ustedes, que ellos solos los observan y que no tengamos nosotros dentro de casa algunos bellos exemplares que imitar, sin necessitar de mendigarlos afuera. Sin salir de la Universidad de Salamanca, hay modelos muy acabados. El amor de la cogulla no me permite olvidar á nuestro Maestro Vela, á quien arrebató la muerte, quando el mundo comenzaba á conocerle. En dos ó tres oraciones fúnebres que predicó, y se dieron á la luz pública, mostró su raro talento para este género de composiciones, en que sin duda compitió con los mas nobles Oradores. El Reverendíssimo Padre Salvador Osorio, de la Compañía de Jesus, Cathedrático de aquella Universidad y Provincial de la Provincia de Castilla, fué muy singularmente buscado para este género de empeños, y salió de ellos con tanta felicidad, que casi todos los sermones fúnebres que predicó se dieron á la estampa, aún ménos para immortalizar la memoria de los difuntos, que para la enseñanza de los vivos y para admiracion de los sabios. Varias veces me he lamentado de que algun sugeto zeloso de la gloria de nuestra Nacion no huviesse hecho una coleccion de estas oraciones, para que tuviessemos en España un funeral, que pudiesse hombrear con los mas célebres que tanto ruído meten en las naciones extrangeras.»

43. «En la Corte de Madrid se predicaron tambien nobles oraciones en las exequias del gran Rey Phelipe Quinto. No hablo de todas, porque algunas inquietarian las cenizas de aquel piadosíssimo, juiciosíssimo y advertidíssimo Monarca, si fuera capaz de turbarse el descanso de sus reales despojos, que con gran fundamento considera la piedad como preludio del eterno y glorioso, que algun dia los espera. Entre otras muy dignas del mayor aprecio, me arrebató la atencion y el gusto la que pronunció el Doctor Don Joseph de Rada y Aguirre, Capellan de honor de su Magestad, su Predicador de los del número, y hoy digníssimo Cura de su real Palacio. Díxola en las exequias, que consagró á la memoria tierna de aquel gran Monarca su real Congregacion de María Santíssima de la Esperanza. Su assunto fué un nobilíssimo cotejo de las gloriosas hazañas de Príncipe con las heróicas virtudes de Christiano, protestando el discretíssimo Orador, que aquellas sin estas serian materia indigna para un elogio pronunciado al pié de los altares. Confiesso que me embelesó aquella noble oracion, y que es grande mi dolor de que muchos Oradores españoles se desvien tanto del verdadero camino de elogiar dignamente á los difuntos, con aprovechamiento de los vivos, quando tienen á la vista conductores tan seguros.»