44. Al decir esto se hallaron todos dentro de casa, de vuelta del passéo, que no fué corto, porque insensiblemente los fué empeñando en él la divertida conversacion; y, si la cercanía de la noche no les huviera avisado de que era tiempo de retirarse, es de creer, que el Reverendo Padre Abad nos huviera enriquecido con otros muchos materiales igualmente preciosos y oportunos sobre una materia de tanta importancia. Lo peor del caso fué, que perdió el aceite y el trabajo, porque, segun atestigúan concordemente varios documentos innegables, solo el Socio se aprovechó de la doctrina: los demas la oyeron con grandíssima frescura. El Comissario dixo entre dientes, volviéndose hácia Fray Blas: «No me encaxa»; Fray Blas respondió: «Topo»; y Fray Gerundio añadió: «Viva el Florilegio, y muérase la peste.»
CAPITULO IX.
Es buena cosa y merece leerse.
1. Al dia siguiente descamparon todos los huéspedes, llevándose en todo caso Fray Gerundio sus doscientos reales en el bolsillo, y su Semana-Santa entre pecho y espalda. Esto le acomodaba infinito, y ya no dudaba que se sorberia todos los sermones famosos de veinte leguas al contorno, ni mas ni ménos como si se sorbiera un par de huevos passados por agua: tan firme en este concepto, que ya repartia en su imaginacion algunos de los que le sobraban, entre Fray Blas y otros amigos. Fray Gerundio, Fray Blas y Anton Zotes se fueron á comer á Fregenal del Palo, donde se dividia el camino para Campazas y para el Convento, con ánimo de descansar aquel dia en casa del famoso Familiar.
2. Reciviólos este con su agrado, sossiego, paz y socarronería natural. Luego que se apearon, los saludó á todos cariñosamente, pero sin quitarse de la cabeza un monteron perdurable, y dixo á Fray Gerundio: «A fé, Sobrino, que llegas al mas mijor tiempo del mundo, para que nos saques de una enfecultá; porque yo bien conozco, que eres gran Letrado y que has regolvido mas libros que un Vilboticario...» — «Bibliothecario querrá vuestra Merced decir,» le corrigió Fray Gerundio. — «Ya escomienzas, majadero?» le replicó el Familiar. «Si entiendes lo que quiero decir, qué te emporta á tí el modo con que lo digo? Al fin, Vilboticario ó Bribioquitario, ó sea lo que se juere, lo que yo te digo es, que tu Tia y yo estábamos ahora en una controversia: el punto tiene uñas, y ó me parió mi madre al rebés, ó harto será que yo no tenga razon. Es el causo... pero desalfórgense primero Ustedes, y entrémonos en la sala baxa; porque no es nigocio de tratar unas materias tan hondas en el corral.»
3. Hiciéronlo todos assí, entráronse en la salita, limpiáronse el sudor, aliviáronse de ropa, echaron un trago, y, estando ya sossegados, prosiguió el Familiar de esta manera: «Pues, como iba diciendo de mi cuento, no ves sobre aquella arca grande una arpillera liada? Mas va que no adivinas lo que tiene.» — «Como quiere vuestra Merced que lo adivine?» respondió Fray Gerundio. — «Pues, yo te lo diré en prata, dixo el Familiar; tantas varas de una tela muy rica, que yo no sé como se llama; solo sé que me costó á sesenta reales la vara, porque dicen que viene allá de las Indias y no se sabe frabicar en nuestro incontinente, y es de color de pechuga de tordo zorrero ó de aquellos páxaros que se llaman... válasme Dios, como se llaman? Ello es assí una cosa que suena á maravedises.» — «Malvises,» apuntó Fray Blas. — «Sí, Padre nuestro, prosiguió el Familiar, malguises; que no parece sino mesmamente el color del hábito de nuestro Padre San Francisco. Amen d’ esso, hay en la tal arpillera otras tantas varas de raso liso, amarillo como yema de huevo, para la enforradura. Allende de todo lo dicho se contienen en la susodicha otras milenta varas de listonajos y de fruecos con campanillas ó con esquilones ó con zencerros, que dice mi muger que es cosa muy precisamente necessaria para hacer un piso ó un friso ó qué sé yo como le llama? con sus ondas escalfadas ó escaroladas en el roda-pié de la basquiña. Item, un cordoncito de hilo d’ oro muy sótil, para los cabos de la casaca. Item, otro cordon grande del mesmíssimo hilo, con sus nudos á trechos como los cordones de los Flayres, pero trabajado con mucha progilidá, delicadeza y sienmetría, que real y verdaderamente encalabrina la vista. Ea pues, apostemos una azumbre de vino á que no sabes para qué es todo esse matalotage.»
4. — «Como quiere vuestra Merced que yo lo adivine?» respondió Fray Gerundio. — «Ten paciencia, dixo el Familiar, que yo te lo diré sin que te cueste esse trabajo. Tu Prima Sidora estuvo enprimero con ensarampion, dempues con viruelas, dempues con distenseria, y en fin si se va, si no se va, que era un joício esta casa. A este tiempo vino aquí un Flayrico, (ni mas ni ménos como tú, salvante el santo hábito,) que perdicó á San Antonio de Paula y dixo, entr’ otras cosas, que era güeno encomendar las Doncellas enfermas al Santo y ofrecerle, que traherian su hábito por tanto ó por quanto tiempo. Para esto contó un enxempro d’ una Doncella rica, hermosa y la única engénita de su casa, que estaba ya agonizando por unas viruelas malinas, que la havian ponido la cara como un sapo hinchado; la madre la ofreció con mucha endevocion al bendito Santo, dixiendo que, si la sanaba y la quedaba sin oyos en la cara, la havia de vestir de su hábito hasta que se casasse, ó en fin tuviesse otra conveniencia que Dios la deparasse. Súpitamente sanó la Doncella, y la cara se la quedó tan lisa y tan llana mesmamente como si fuesse una mesa de turcos. Oyó este enxempro tu Tia Cicilia; viene á casa, cuéntamele, y dice que quiere hacer lo mismo con Sidorica. Dígola que me parece santo y güeno. Al cabo d’ algunos dias comenzó á remprazarse la muchacha, hasta q’ al fin se levantó de la cama, y con el tiempo se la jueron cerrando los augeros de la cara, tanto que quedó como unas froles y como si enjamas huviera tenido tales viruelas. Díceme tu Tia que quiere cumprir su promesa; yo la respondo que la cumpra, que es josticia y razon. Y qué hace? Va y despacha un mozo á Vayadolí, el qual llegó anoche con todos essos argamandijos para el santo hábito. Qué te parece, Gerundio?»
5. — «Qué me ha de parecer? Que hizo muy bien mi Tia Cecilia, porque es justo cumplir lo que se ofrece á los Santos.» A este tiempo entró Cecilia en la sala y, conociendo de lo que se hablaba por la respuesta que oyó á Fray Gerundio, dixo con mucho alborozo: «Bien haya la Madre que te parió, Sobrino mio, que das la razon á quien la tiene, y no tu Tio, que es un testarron, y en dando en una no le sacarán de allí quatro yuntas de güeyes.» — «Tanto me ha entendido el Sobrino como la Tia, replicó frescamente el Familiar, y mejor matrimonio era impussibre que se ajuntasse, si él no juera Flayre y ella no juera mi muger. Vamos al causo. Yo no digo, que no se cumpra lo que se promete á los Santos. Soy acaso por ahí algun herejazo de mala raléa, para enseñar essa mala dotrina? Lo que digo es que, quando se promete á un Santo poner el hábito de su Religion, como si dixeramos: á San Antonio de Paula, el de San Francisco; á San Vicente Ferdel, el de Santo Domingo; á San Francisco Gabriel, el de los Theatinos, y ansina d’ otros: lo que yo entiendo es, que se ha de vestir la tal presona d’ aquel mismo paño, sayal ó estameña, de q’ anduvon vestidos los Santos á quienes s’ hace el prometimiento, ó al ménos del q’ andan vestidos los Flayres de su Religion, probe y humildemente; porque decirme á mí, q’ ha de ser inculto y ensequio de los Santos traher unos hábitos que cuestan mas que las galas de una novia, solo porque se assemejan un si es no es en el color, pero en lo demas telas muy ricas ó al ménos muy delicadas, mucho cintajo, mucha farfulá, mucha franja, cabos por aquí, güeltas por allá, escudos con mucha pedrería, evillas en las corréas de lo mismo, y ansina otras fantasías q’ ha inventado la vanidá de las Mugeres: esso es habrarme de la mar, y no me sacarán de que esto mas es bulra que devocion, mas es inritar á los Santos que hacérnoslos prespicios, aunque me perdiquen Flayres Descalzos.»
6. — «Segun esso, replicó Fray Gerundio, Usted querria que, si una Muger tierna y delicada ofrecia traher el hábito de San Antonio, ó por devocion ó por reconocimiento de algun beneficio, se vistiesse de un sayal áspero y burdo; si el de San Vicente Ferrer, de una estameña grossera y ordinaria; si el de San Francisco Xavier, de un paño comun y basto?» — «Craro está, que lo querria y que lo quiero, respondió el Familiar, porque lo endemas no es vestir el hábito que truxon los Santos, ni es divocion, ni es pinitencia, ni es muertificacion, ni es molestia verginal, sino ventolera, vanidá, estintacion, porfanidá, descarnio, sancrilegio y qué sé yo qué mas? Mal me quieran mis güessos, si los Santos no se inritaren de este enculto, en lugar de darse por exequiados. Y, para que no magines c’ abro de mi calletre, te he de contar un enxempro que m’ acuerdo haver oído á este dempropósito. A cierto Cavallero muy jurador y maldiciente le castigó Dios, dispuniendo que se le hinchasse la lengua y le saliesse un palmo fuera de la boca. El probe empaciente s’ aenrepintió y ofreció á la Santíssima Vírgen que, si por su entercession le libraba su Hijo d’ aquel trabajo, se vesteria de hermitaño y la serveria como tal en un Santuario suyo muy célebre. Al punto y al mimento se le recogió la lengua á su lugar, y él espenzó á cumprir su promesa honradamente, yéndose al Santuario y echándose á cuestas un saco de hermitaño con todo rigor, que no havia mas que pedir. Pero el Diabro, que no duerme, le sugerió endempues q’ aquel trage le deshonraba, y que podia cumprir su promesa conservando no mas que la fegura y mudando la materia, de manera que pareciesse hermitaño sin dexar de mostrar que era Cavallero. Cayó el probe Señor en la red, que le armó el estuto inimigo. Echóse un saco y un manto y una capilla de paño muy fino, prendiendo la corréa con un evillon de prata sobredorada, que pareceria bien en el pretal del cavallo del mismo Rey; su sombrero branco de castron con su galon d’ oro que ’namoraba; sus medias de seda entaraceadas de varios colores, que formaban un pardo enceniciento muy apacibre á la vista; sus zapatillas brancas, listoneadas á trechos de negro, para remedar las sandalias de los Flayres Descalzos; y por báculo una caña de Indias con su puño d’ oro en fegura de cayada, como diz que lo usan agora algunos Señores de la Corte: y qué sucedió? C’ á pocos dias c’ anduvo con este trage enresible para los hombres de juício, se le golvió á escurrir la lengua de la boca, y en verdá, en verdá c’ ansina murió, no haviendo nenguno que no lo atribuyesse á castigo de la Vírgen, por la bulra q’ havia hecho del hábito q’ avia ofrecido; y esto siendo ansí que el hábito de hermitaño no está bendito ni, como dicen, santuficado. Pues, que s’ anden agora las Señoras Damas á bulrarse con los santos hábitos!»