7. — «No creo yo, dixo entónces Fray Blas, que lo hagan por burla, sino porque la natural delicadeza del sexo no las permite usar de unas telas ó paños tan bastos que las brumarian.» — «Padre Perdicador Mayor, replicó el Familiar, déxese de cercunloquios. Lo primero, del mesmo seso fueron todas las santas y grandes Señoras que sabemos anduvon en el siglo vestidas de los hábitos de varias Religiones, y de nenguna se dice c’ anduviesse vestida en essa conformidá, sino lisa, llana y probemente, como los Flayres ó las Monjas; lo segundo, del mesmo seso son tantas Capuchinas Descalzas, Recoletas, Carmelitas y otras inumerables, que pueden muy bien con los paños burdos, sin que las agovien las fuerzas ni las prejudique á la salú; lo tercero, que yo no pongo el ahinco en que los hábitos de las Damas sean de la mesma mesmíssima materia que los de las Monjas ó de los Flayres. Bien está que sean de una tela de lana un poco mas delgada que la c’ usan estos y aquellas, aunque se incrine algo á tela fina, con tal que sea honesta, simpre, sencilla, sin arrumacos ni recobecos. Pero de seda! pero de telas d’ oro y prata! pero mucho encaxe, mucho perifollo, y mucho sí Señor! Déxelo, Padre; que esse es un lurdibrio de la Religion, y no sé yo como no han metido en esto la mano los que pueden atajar estos escanrios.»

8. — «Oyes, oyes, dixo á esta sazon Cecilia con bastante viveza, pues por mi vida que el bendito San Antonio, que está en la capilla de la Perroquía, no tiene por ahí nengun hábito de sayal tosco; sino que tiene un hábito de saya de la Reina muy rica, con su flanjon d’ oro por olra, y al rededor de la capilla y de las mangas un galon ó punta de lo mesmo, c’ apuesto yo que el habitico costó mas de veinte dobrones. Y has de saber que, quando ofrecí poner el hábito á la mi Sidorica, la ofrecí poner el hábito de San Antonio, y no el de los Flayres; pues, si la he umbiado á traher una tela y una flanja y un galon, ello por ello como el del mesmíssimo Santo, para qué nos estás ahí quebrando la cabeza y gruñendo los livianos?»

9. — «Ahora no ven Ustedes, respondió con flema y con marragería el Familiar, si mi muger es enginiosa? Qual si huviera estudiado Thaulogía, á la hora de esta ya era por ahí saminadora sindonal de media docena de Obispados. Mire Usted, Señora Cicilia, á los Santos en los altares, enregularmente habrando, los ponen muy galanos, para representar acá á nuestro modo la vestidura enmortal y riquíssima de que están adornados en la groria. Horasme; para esto craro está que, aunque se empreen las telas mas esquesitas, ni las joyas y piedras mas preciosas, todo es poco y nada ascanza; porque quanto hay en la tierra, todo es una bazofia enrespeutivamente al menor rasguño del Cielo; pero, quando se promete á un Santo traher su hábito, como por comparanza á San Antonio, ora sea por devocion, ora por pinitencia, ora por qualquiera otro motivo, no se promete andar vestido como San Antonio grorioso, sino como San Antonio penitente; no como maginamos que está en el Cielo, sino como sabemos q’ anduvo vestido en la tierra. Lo endemas, Señora Letrada, de persumir andar un pecador y una pecadora como nos feguramos á los Santos en la groria, no sé yo si güele á cosa de Enquisicion; y en verdá que, como oliera, yo mismo la enseñaría á Usté el camino, que ya le sé por mi uficio, y no se ha de decir por mí que en casa del herrero cuchillo de palo

10. — «No sino, dixo Cecilia, que vestiria yo á mi hija como si fuera por ahí una demandadera de las Descalzas. M’ hija es tan güena como las demas, y, si otras sacan hábitos ricos, ella no ha de ser ménos.» — «Y si las otras son locas, añadió el Familiar, que lo sea tambien tu hija? si las otras se van al infierno, que se vaya tambien ella?» — «Pues qué, dixo Cecilia, es pecado traher hábitos de moda?» — «Esso, amiga mia, respondió el Familiar, Dotores tiene la Santa Madre Iglesia que te sabrán responder. Lo que yo te sé decir es que, estando en Vayadolí, uí á un santo Messonero, (que diz que era hombre muy sapientíssimo,) que el hacer bulra de los santos hábitos de las Religiones, aprobadas por el Padre Santo de Roma, el apricarlos á usos profanos, y otras cosas ansina, era un pecado muy gordo, y no me acuerdo si dixo algo de descomunion. Si es ó no es porfanar los santos hábitos el traherlos para la vanidá, para la sostentacion, para la gula, haciendo soberbia de la humildá, convirtiendo en riqueza la probeza, y queriendo juntar la honestidá y la modestia de los Santos con todas las modas y aún con toda la desenvoltura del sigro, la resolucion de este causo no es para cabezas redondas como la mia.»

11. — «Bien hace Usted, Tio, en no resolverle, interrumpió Fray Gerundio; porque, si esse fuera pecado, no estaria tan públicamente consentido ni se huviera extendido tanto el uso de los hábitos, que ya se ha hecho especie de moda. Vemos que los trahen Señoras de todas classes, y que muchas de ellas freqüentan los Sacramentos, confessándose con hombres sabios, que las absuelven y se lo permiten; con que, no debe de haver en esso tanto mal como á vuestra Merced se le figura.» — «Dobremos la hoja, Sobrino, respondió el Familiar; que quizá nos meteremos en cosas muy hondas, donde ni tigo ni migo podamos salir. En esso de hombres sabios hay su mas y su ménos: las ausoluciones tambien he uído decir que andan muy baratas, y, en fin, de encultis no judicas Ecclesia

12. «Una cosa te puedo decir, que, aunque yo fuera Padre Santo, por lo ménos no m’ havian de llevar la ausolucion las que anduviessen com’ una que yo vi, y diz que era Señora de emportancia. Trahia una bazquiña bien cumprida d’ una tela morada riquíssima, con sus encaxes á trechos, de prata, cad’ uno de mas de tercia, y en baxo de la basquiña y del guardapiés un tontillote que, como mi parió mi madre, no cabia á las derechas por una puerta muy ancha; en conformidá que, quando entraba la Señora por alguna, era menester enjurjarse de lado, ni mas ni ménos como lo hace la moza quando mete una brazada de manojos por la puerta del horno. Colgábala de la centura una cosa á manera de trenza ó de cordon, que se componia de tres cintas muy anchas de tesú, todas entreveradas para salpicar mijor los tres colores, que eran morado, branco y azul, los quales tenian ilusion á no se qué mysterio. Esta trenza, cordon ó lo que fuesse no baxaba empiependicularmente hácia en baxo, como las corréas, los cordones ó los ceñidores de los Religiosos y de las Religiosas; no, Señor: venia caracoleando por un lado de la basquiña, con sus lazos de tramo en tramo, y remataba postreramente entre las dos últimas carreras del encaxe con un roseton d’ á palmo, que no parecia sino un girasol pentiparado. La casaca era de la misma tela que la basquiña, y tambien subian y baxaban por ella unos encaxes de hilo de prata, entortijados ansí á manera de los cohetes que llaman con cola, ó si no (y es mas mijor comparanza), como los capotillos de llamas de los enjusticiados por el Santo Uficio y rejalgados á el brazo seglar. Trahia prendido al pecho un escudo de pedrería, todo él desgastado en oro, y en medio el retrato d’ un devino Señor vestido de Nazareno, con la cruz á cuestas, que no havia mas que ver. Las sortijas, los anillos, las mesredaldas, los dinamantes y los rubines que trahia en los dedos de las manos, esso era un juício. Pues, qué te diré d’ unos rosarios á manera de gargantillas que tenia entortijados en las muñecas, y eran d’ unas pelras finas como avellanas? Tampoco digo nada de essos que llaman buelos las mugeres, todos bordados tan sotilmente que me se assemejaban á las venicas de un niño muy branco y rubio, quando se descubren por entre el cútis. Los buelos eran de tres Religiones...» — «De tres Ordenes querrás decir, borrico,» interrumpió la Cecilia, no sin una grande carcajada. — «Estimo la lisonja, prosiguió frescamente el Familiar; qué mas me da Religiones que Ordenes? En fin, ellos eran tan cumpridos que se m’ antojaron mangas de roquete, como las que trahen los Legos qu’ ayudan á missa mayor.»

13. «Assí vi á la tal Señora, y, creyendo yo boniticamente que debia de ser recien casada y qu’ aquella era sin duda la mas rica gala de novia, se lo dixe á un Mercadel mi conocido, que estaba enjunto á mí. El Mercadel se rió mucho, y me respondió qu’ aquella no era gala, sino un hábito de Jesus Nazareno que s’ avia echado la Señora en cumprimiento d’ una promesa. Hábito de Jesus Nazareno! le repriqué admirado. Pues, qué Religion es essa de Jesus Nazareno? que yo en toda mi vida he uído qu’ aiga Flayres de essa Orden. — No es Religion, respondió el Mercadel, sino que las Señoras por devocion quieren andar vestidas como anduvo Jesus Nazareno. — Y Jesus Nazareno anduvo vestido ansina? le repliqué todo descandalizado. — Esso pregúnteselo Usté á ellas, respondió el Mercadel.»

14. «Confiesso, Señores, que me quedé entónito, y que no creyera que en la Religion christiana se permitiesse tan ensinsibremente una cosa, que parece hacer chanza de lo mas sagrado y mas doloroso de ella. Aquel mesmo dia se lo dixe á un Perlado de cierta Religion, con quien me confessaba siempre que iba á Vayadolí, porque es un pozo de cencia y de vertú. Dió el buen Religioso un gran sospiro, y á fé que me respondió que tenia razon; y m’ acuerdo qu’ á este dempropósito me dixo dos cosas: la primera, qu’ abrá como unos quatrocientos años qu’ allá en Italia se inventó una Seta que llamaban de los Frangelantes...» — «Flagelantes diria,» corrigió Fray Gerundio. — «Pues, estos tales Flangelantes ó Frangelantes, ó como tú quisieres, diz que fueron condenados como hereges por un Papa que se llamaba Cremente Siesto; lo primero y prencipal, porque enseñaban muchos errores, y entrotros que no se podian salvar sino los que, quitándose el pellejo á azotes, se bautizaban con su mesma sangre; y lo segundo, porque á este fin andaban vestidos de pinitentes muy garifos y muy emperifollados. Esto último me dixo el santo Religioso, que aún s’ avia golvido á usar en España en tiempo de Cárlos II, haviendo algunos mozuelos de malos cascos, que en la Semana Santa se vestian de pinitentes muy guapos, para galantear á las Damas; pero que el piadoso Préncipe, dempues d’ aver castigado á algunos regurosamente, havia prohibido este abuso con un jostíssimo y severíssimo decreto.»

15. «La segunda cosa que me contó, aún es mas al causo presente. Relatóme que, dempues que un Emperador llamado Heuraclio rescató el madero de la Santa Cruz del poder d’ un Rey de Presia, que tiene un nombre muy enrebesado, ansí á manera de Costras, enstituyó una precision muy solemne para culicarle en un Tempro munífico de Jerusalem: el mesmo Emperador, vestido de sus ropas empiriales, llevaba en sus hombros la Santa Cruz; pero sucedió una cosa de espanto, y fué qu’ al querer entrar por la puerta de Jerusalem, qu’ era la mesma por donde el Salvador havia salido con la Cruz á cuestas para el Calvario, se quedó immobre el Emperador, sin ser impussibre de Dios dar un passo para adelante. Entónces el Obispo de Jerusalem, que iba enjunto del Emperador y debia de ser un Santo, le dixo: Señor, sin duda que el Salvador debe estar muy desgustado de que vos lleveis el madero de nuestra ridencion en esse trage tan sustentoso; porque en verdá que, quando él le llevó por esta mesma puerta, iba en hábito muy diferente. Vos llevais corona empirial en la cabeza, y Su Magestá iba con corona de espinas; vos vais con un manto empirial de púrpura, todo cubrido de froles, y él iba con la probe túnica enconsútil, que era de lana, bañada de su propia sangre; vos llevais un rico collar al cuello, y Su Magestá llevaba una gruessa y larga soga, por la qual le tiraban aquellos malditos sayones; vos vais con un calzado que deslumbra la vista, y el Salvador iba descalzo de pié y pierna, con los piés todos ensangrientados. Apénas oyó esto el güeno del Emperador, quando, arrasados los ojos en lágrimas, se despiojó al memento de las vestiduras empiriales; vistióse una probe túnica, púsose una corona de espinas en la cabeza, echóse un dogal al cuello, descalzóse los piés, y encontinenti espenzó á andar sin estorbo ni embarazo.»

16. «Eran de oir las refrisiones que sobre este enxempro hacia el bendito Padre, ponderando el enojo del Señor por una cosa en que al parecer no havia culpa nenguna, y sacando de ahí quanto se enritará con estas otras, que no es pussibre dexen de ser muy culpables; porque, en concrusion, el Emperador iba con aquel trage que era propio y priciso de su alta dinidá, pero estas otras Nazarenas no tienen pricision de andar ansina, y se visten ansina no mas que por antojo y que por envincion de su loca fantasía. El Emperador no hacia vanidá de su vestido, pero las Nazarenas usan de este vestido por pura vanidá; el Emperador en medio de la magestá de la púrpura iba con mucha divocion, pero las Nazarenas, quando havian de dar enxempro de compostura, siquiera por lo que sanifica el vestido, no parece sino que se valen de él para ser mas desengolvidas; y poco mas ó ménos lo mesmo que decia de las Nazarenas, lo apricaba tambien á las demas que trahen hábitos galanos.»