LIBRO SEXTO.


CAPITULO PRIMERO.

Donde se refiere lo que no se sabe; pero al fin del capítulo se sabrá su contenido.

1. La mañana siguiente al dia de su arrivo se fué á buena hora á la celda prelacial, á dar cuenta al Superior de todas sus gloriosas expediciones, sin olvidarse de hacer con él alguna expresioncilla de agradecimiento, pretextando el influxo que havia tenido su Paternidad en el nuevo empléo á que acababan de elevarle. Refirióle lo mas substancial que le havia sucedido, sin dissimular los aplausos con que le havian honrado, bien que añadió que estos mas suelen ser hijos de la dicha que del merecimiento. Pero se guardó muy bien de hablar palabra ni de la terrible repassata del Magistral de Leon, ni de las graciosas pullas y solidíssimos argumentos del Familiar, ni de la bella doctrina del Padre Abad de San Benito. Por fin, le dixo al Prelado como le havian encargado la Semana Santa de Pero-Rubio, la qual tenia entendido que valia cinqüenta ducados en dinero phýsico, y como otros treinta, poco mas ó ménos, en lo que se sacaba de limosnas, y que le pedia su bendicion para acetarla. Diósela el Prelado con mil amores; porque, si bien no le armaba mucho el modo de predicar de Fray Gerundio, por quanto él era hombre ramplon y solidote, pero, como entendia que las gentes le oían con gusto, y él necessitaba complacer á todos, ya para no perder, ya para aumentar los devotos de la Orden y los bienhechores del Convento; viendo tambien por otra parte que los Prelados mayores le promovian y le autorizaban, le dixo desde luego que durante su triennio podia predicar todos los sermones que le encomendassen.

2. Salió Fray Gerundio muy contento de la celda prelacial con esta licencia tan amplia; y apénas havia entrado en la suya, quando llamaron á la puerta el Maestro Fray Prudencio y aquel otro Beneficiado tan hábil, tan leído y de tan buen humor, de quien se hizo larga y honorífica mencion en los capítulos 5 y 6 del libro segundo de la primera parte. Venia con dos fines: el primero y principal, á divertirse un poco con Fray Gerundio, ya que havia desesperado de sacar de él otra cosa; y el segundo, á darle la bienvenida y juntamente la enhorabuena de su promocion á la dignidad de Predicador mayor del Convento.

3. Passáronse los primeros cumplidos en palabras de buena crianza, y despues de las generales dixo el Beneficiado: «De los sermones que vuestra Paternidad ha predicado por essas tierras no hablo, porque ya llegaron por acá los ecos esforzados á soplos del clarin sonoro de la Fama. Nada me cogió de susto, porque siempre hice juício que predicaria vuestra Paternidad como acostumbra.» — «Y yo y todo, añadió Fray Prudencio; pero esso es lo peor que tendria el Padre Predicador.» — «Fuesse lo peor ó fuesse lo mejor, respondió Fray Gerundio, crea vuestra Paternidad muy reverenda, Padre nuestro, que nada perdió la Religion por mis sermones.» — «Assí lo creo, dixo el Maestro Prudencio; porque adonde iriamos á parar, si las Religiones perdiessen algo por las boberías ni por los desaciertos, sean de la linea que se fueren, de estos ó de aquellos particulares? Todas las Universidades son unos cuerpos sabios, aunque no todos sus miembros lo sean mucho. Todas las familias religiosas son santas, aunque tal qual Religioso no sea muy exemplar. Y, en fin, la Religion christiana es santíssima, aunque haya innumerables Christianos escandalosos.»

4. — «Dexémonos de puntos serios, interrumpió el Beneficiado, y alegremos un poco la conversacion. A propósito de sermones y de Predicadores, acabo de recivir el corréo, y un amigo de Madrid me envía dos papeles muy preciosos, cada uno por su término, que me han dado el mayor gusto. El uno es una esquela, con que se hallaron muchos sugetos de la Corte baxo un simple sobreescrito, y dice assí:

«El Mayordomo de la Casa de los locos de la Ciudad de Toledo participa á V. havérsele escapado dos docenas de los mas furiosos, los quales le asseguran se han disfrazado de Predicadores en la Corte. En cuya atencion suplica á V. se sirva concurrir á los sermones y notar si hablan desconcertados, sin méthodo, órden ni decencia, si amontonan conceptos, textos truncados, fábulas de Gentiles, cuentos ridículos, idéas phantásticas, acciones y expressiones burlescas, contra el respeto y decoro de la palabra de Dios, de la Cáthedra del Evangelio, del auditorio christiano, á fin de dar las providencias necessarias para restituirlos á esta santa Casa y curarlos en ella; en lo que hará V. una obra de charidad. Me asseguran que uno ha de predicar el dia... á las... de la mañana, en la Iglesia de...»

5. — «Bella esquela! noble esquela! especie de exquisito gusto y de gran juício!» exclamó el Maestro Prudencio. — «Yo por tal la tengo, dixo el Beneficiado, y me dicen que la han celebrado infinito todos los hombres serios, entendidos y cultos. Verdad es, que tambien me añaden que á otros muchos los ha consternado extrañamente.» — «Esso es muy natural, repuso el Maestro Prudencio; todos aquellos, que, por las señas que da el Mayordomo, teman que los recojan á la santa Casa por orates de los mas furiosos, levantarán el grito y alborotarán al mundo contra la esquela; y en verdad que yo no esperaria á otros indicios para recogerlos al instante.» — «Engruesse vuestra Reverendíssima esse partido, que es bien numeroso, dixo el Beneficiado, con los muchos que los aplauden y los celebran, y se juntará contra la esquela un exército formidable. Es menester echarse esta cuenta, porque estos tales se ven reducidos á uno de dos extremos: ó á reconocer y confessar que hasta aquí han vivido alucinados, aplaudiendo lo que debieran abominar y siguiendo ciegamente á los que debieran huir; ó á obstinarse, por tema y por capricho, en su errado dictámen. Lo primero no hay que esperarlo, ó hay que esperarlo de muy pocos, porque son muy raros los que quieren confessarse engañados; con que es preciso que suceda lo segundo.»