En lo demas las otras naciones de estas tres dilatadísimas provincias son de estatura y correspondencia de partes bastantemente proporcionadas, con alguna diferencia en facciones y color, que declina en aceitunado, en unos mas claros y en otros mas obscuros. La frente ceñida y humilde: rasgados y muertos los ojos: las narices chatas y abiertas: el rostro prolongado con demasía, y abultado sobradamente. Todo el encaje de la cara y textura de facciones es vivo diseño de un ánimo agreste, incivil, tosco y propiamente bárbaro. En el trato se crian sin urbanidad, en las ciencias sin cultivo, en la mecánica sin egercicio, en lo político sin leyes, en lo religioso sin Dios, y en todo como brutos.
§. IV.
DE SU GOBIERNO, LEYES Y COSTUMBRES.
Empezamos á dar una idea de estos brutos racionales por el plan de sus operaciones. Su gobierno era de los mas infelices que pueden caer en la humana aprension. Toda se reducia al cacique que hacia cabeza, y á algunas parcialidades de indios que le seguian. Por lo comun, cuando decimos cacique que era cabeza y soberano, entendemos solamente un reyezuelo y señor de pocos vasallos:—de treinta, ochenta, ó cien familias que le siguen, y miran con acatamiento, y le pagan algun tributo, labrándole sus chácras y recogiéndole sus frutos. Antiguamente, cuando la tiranía no prescribia leyes á las conquistas, en las naciones mas cultas del orbe las monarquias eran ceñidas, poco mas ó menos numerosas que las indianas del Nuevo Mundo.
Entre los guaranís el séquito era mayor, y mayor el número de vasallos; pero no tanto, que nos atrevamos á contar por millares los tributarios de cada cacique, y mas fácil será multiplicar á millares los reyezuelos, que los súbditos de cada uno. Una cosa loable tenian estos soberanos, que no agravaban con imposiciones y pechos los trabajos y laboriosidad de sus vasallos, contentos con el corto reconocimiento de pegujales ó chácaras que les labraban, ó peces y caza que les recogian para el sustento de las real familia. Al paso que la utilidad de sus afanes estaba libre de gravámenes, eran ellos amantes de sus caciques, compensando el desinteres de estos con tierno cariño y rendimiento envidiable.
Verdad es, que algunas naciones solo en tiempo de guerra obedecen á sus reyezuelos; pero las mas en todos tiempos les profesan amor, sujecion y vasallage. El cacicazgo lo hereda el primogénito, y en so defecto entra el segundo, y tercero hijo. A las veces sin reprensible intrusion, por las proezas militares se gana algun indio secuaces, y estos le aclaman cacique, y queda constituido rey con vasallos que le sirvan y tributarios que le beneficien sus tierras. Entre los guaranís la elocuencia y culta verbosidad de su elegante idioma era escala para ascender al cacicazgo. No abria escuelas esta nacion para la enseñanza de su lengua, pero el aprecio que se hacia de los cultos estimulaba el cuidado, y sugeria el estudio de palabras bien sonantes.
Toda la distincion de nobleza y plebe se tomaba de los caciques. Los que no descendian de ellos eran tenidos por plebeyos, á distincion de los demas en que corria la misma sangre, los cuales eran mirados con el respeto y veneracion que las otras naciones acostumbraban tener con las personas reales. No solo los indios miraron con obsequioso acatamiento á los caciques y á su descendencia, sino aun los españoles mismos observaron en ellos un carácter de nobleza, y tan señoril magestad de operaciones, que entre sus bárbaros modales los hacia distinguir de la inculta plebe, y no dudaron emparentar con ellos, casando con sus hijas. No tenian estos caciques la ostentacion de monarcas, que se admiraba en los Incas peruanos, y en los Montezumas mexicanos, pero en medio de una extrema pobreza y barbarie inculta, hacian aprecie de lo noble, y se gloriaban de ser señores de vasallos, que los miraban con respeto, y servian con fidelidad.
Leyes para el arreglamiento de las costumbres no consta que tuviesen, y siendo tan escandaloso el desgarro de su vida, superfluas parecian y vanas las reglas del bienvivir. Su principal cuidado, y casi único ejercicio, eran las armas de arco, flechas, lanza y macana. Algunas naciones usaban, y aun hoy dia usan las bolas, ó libes, que juegan con singular acierto y destreza extraordinaria. Son los libes tres bolas de materia sólida, cada una del peso de libra, poco mas ó menos, envueltas en enero, asidas por la extremidad de tres cordeles largos, cada uno de dos varas y media, ó tres, unidos todos en un mismo centro. En tiempo de caza y de guerra, cuando el lance ofrece oportunidad para su uso, juegan al aire los libes, dándoles vuelta sobre la cabeza, hasta que tomando vuelo las arrojan á larga distancia, y enredan con las bolas la caza que siguen y al enemigo que acosan.