§. V.
DE SUS PREPARATIVOS DE GUERRA.
Antes de declarar guerra precede junta de los principales, de cuyo acuerdo pende la última resolucion. Júntase el congreso en la tolderia de alguno de los caciques, donde con anticipada prevencion estan preparadas las chichas y alojas, que son los brevages que usan en sus asambleas y parlamentos. No sé si estas bebidas tienen la suave actividad del vino y aguardiente: pero si carecen de esta propiedad, es averiguado que causan el mismo efecto de embriagar y dementar al indio. Nuestros consejeros de guerra no empiezan su acuerdo, hasta que tomados del vino, y faltos de juicio decretan la guerra, por las utilidades que se prometen en los despojos del enemigo, en los prisioneros que aspiran á cautivar, y en el honor de valientes que esperan adquirir.
Al decreto de la guerra se sigue la eleccion de gefe, que dirija la faccion con acierto y gloria de la nacion. Suele ser muy disputada, y no es fácil concordar las partes, porque todos ambicionan el honor de Capitan General del ejército. Cada uno teje prolija relacion de sus proezas militares con sobrada ponderacion de sus méritos, y particularizando los combates en que se ha hallado, las victorias que ha conseguido, los enemigos que ha muerto, y los vestigios que conserva para eternizar su memoria. Y como en todo abulta la ponderacion lo que el valor y la fortuna no alcanzaron, es muy reñida la eleccion de gefes para el gobierno de las milicias.
Pero una vez elegido, todos, aunque sean caciques, le obedecen, y por su consejo se previenen los aparatos de guerra, y disponen las operaciones militares. Convócanse las compañías con humos y fogatas, en cuya inteligencia estan muy diestros, y concurren al sitio donde empezaron los fuegos, prevenidos de armas, porque no hay armeria comun, y cada uno tiene depósito particular para las suyas.
El arco, la flecha y la macana, son las mas ordinarias: el dardo y las bolas son particulares de algunas naciones. El arreo y galas militares, es el que usan en sus mayores solemnidades: plumages ceñidos á la cintura; diversidad de colores, con que feísimamente se embijan, juzgando que la pintura los hace formidables al enemigo, y siendo ella tal, pueden causar espanto á los espirítus infernales.
El principio y fin del combate acompaña tal algazara de voces, que llena los aires de confusion y los oidos de espanto. Puédese decir que empiezan la guerra aturdiendo al enemigo para entorpecerle las manos en la hora de la lucha. Efectivamente cuando los españoles no estaban acostumbrados á semejante gritería, en los primeros encuentros mas tenian que vencer el horror y confusion de las voces, que el estrago de sus débiles armas. Era ley inviolable de su milicia retirar los cadáveres, parte para darles honorífica sepultura á su usanza, parte para ocultar al enemigo el daño recibido, no advirtiendo la escrupulosa observancia con sus difuntos, y la reputacion de su valor, que este embarazoso divertimiento, aunque loable por naturaleza, impedia á veces la gloria de una esclarecida victoria. El vencedor gozaba los despojos. El principal y mas estimable eran los prisioneros, á los cuales cortaban la cabeza, y la llevaban por trofeo enristrada en las puntas de las lanzas. Talvez se servian de ellos, ó los vendian por esclavos. Los guaranís, y otras naciones caribes tenian su mayor celebridad en el banquete que prevenian de los cautivos.
§. VI.
DE SU TRAGE.