Por lo comun las naciones de estas provincias andaban desnudas. Algunas acostumbraban taparse con un cuero á manera de manta que pendia desde los hombros hasta mas abajo de las rodillas. Otros usaban tegidos á manera de redecillas que servian poco á la decencia y menos para el abrigo. Las mas hacian un tegido de plumas que ceñian á la cintura, y talvez al rededor de la cabeza, especialmente en tiempo de guerras y en sus mayores solemnidades. En el sexo mugeril era ordinario algun suplemento de la decencia y honestidad que arguia ser algo recatadas por naturaleza, ó por lo menos no vivir con desenvoltura y descaro extremamente licencioso.
Mas ordinario que el vestido y plumajes era la pintura, y esta la usaban en una de dos maneras; ó sobrepuesta, que borraban á su arbitrio, ó indeleble que no se pierde ni puede borrar. Del primer género era cuando sin arte ni proporcion sobre el lienzo de sus cuerpos tiraban pinceladas con zumos de yerbas y barro de colores diferentes, diseñando en vez de figuras agradables en sempiterno laberinto de confusiones. No obstante, para ellos era la mejor y mas vistosa gala de que vanamente se gloriaban, como Apeles de sus delicadas pinturas.
El otro género era mas costoso, mas delicado y permanente. Prevenian en remojo un poco de cisco menudo, y cuando estaba en el punto que ellos saben, mojaban la punta de una espina, y con ella picaban el rostro con extrema delicadeza y nímia proligidad, hasta que apuntase la sangre, la cual incorporada con el jugo del cisco se restañaba, dejando un botoncillo y señal muy sutil en el sitio de la picadura. Es verosimil que el jugo del cisco por fermentacion y efervescencia tenga eficacia de cauterizar y congelar la sangre que sacó la espina. De cualquiera manera que ello sea, la pintura es indeleble, y en cierto modo imita las delicadezas y primores de la miniatura. No es perceptible á lo lejos, pero observada de cerca, se notan entre imperfectos bosquejos algunos rasgos sin arte, agraciados por naturaleza.
Otros adornos de singular estimacion, propios de algunas naciones, son los pendientes y collares de piedrezuelas, y dientes de animales que ensartaban para colgarlos. Aquellas feisimas viejas, que hacen oficio de harpias en la muerte de los prisioneros, gozan el privilegio de arrancar los dientes y muelas de los difuntos para ensartarlos en testimonio de su valentía; y cierto que lo es tanto atrevimiento con los muertos. Este joyil estiman algunas naciones sobre el oro y la plata, y en nuestros dias los Payaguás cambiaron el oro que robaron á los portugueses de Cuyabá por abalorios, cuentas de vidrio y pedazos de bacinillas. Algunos taladran las orejas con notable deformidad, otros se abren el labio inferior, del cual cuelgan el tambetá, ó quijada de la polometa.
§. VII.
DE SUS DIVERSIONES.
De estas galas y adornos, que hace estimables la pobreza y su rudo modo de concebir, usan en las guerras, en las borracheras, en los bailes y fiestas con que solazan el ánimo y entretienen el tiempo. Rara será la nacion del mundo que no permita á la opresion desahogo, alternando las ocupaciones y horas del trabajo con los festines, los convites, las músicas y saráos. Las gentes americanas interrumpian las inacciones de su ociosidad y pereza con bailes y borracheras, que á ellos entretenian, y advertirán al lector con su barbaridad.
El baile de los Bororos es de los mas inocentes que puedan deleitar el ánimo. Pero lo simple y sencillo de él admira, y nos enseña, que el corazon oprimido de cuidados, y agravado de tristes pensamientos puede hallar desahogo en divertimientos inculpables.
Son los Bororos infieles, de natural dócil y pacíficos. Habitan las vecindades del rio de los Porrudos, á donde acuden los portugueses á las malocas, y aprisionados los llevan á Cuyabá para el beneficio de las minas, y para el remo de las balsas y faluas. Si talvez acontece que cautivan alguna muger, la parentela se sugeta á cautiverio, y se entrega voluntariamente al servicio del portugues, en cuyo poder está la cautiva. Como es gente inocente usa el trage de la inocencia, y andan enteramente desnudos, menos la cabeza, que rodean con plumas de gavilan tejidas á manera de guirnalda.