Ellas egercitan fielmente su oficio, segun la costumbre que prevalece á los motivos particulares de sentimiento, los cuales segun sus ritos, autorizan para un nuevo maridage; porque el desagrado de una, y la apetencia de la otra son las causas que prescriben leyes al matrimonio, y le hacen rescindible á eleccion del antojo y ligereza. De este abuso y corruptela gozan los hombres y mugeres, y por cualquiera sospecha y sentimiento se separa el uno del otro, y el marido busca otra muger, y la muger otro marido. Talvez sucede que entre las dos mugeres la una que fué repudiada, y la otra que entró en su lugar, se enciende reñida gresca de golpes y araños, gritando aquella, que porque le ha quitado su marido, y respondiendo esta, que porque ha querido. La griteria y algazara dura largo rato, hasta que bien ensangrentadas sale una vieja predicante á dispartirlas, y concluye la funcion con largo razonamiento en que aglomera cuanto dicterio y apodo sugiere la cólera y enojo contra la nueva esposa, que se supone culpada por entrar al casamiento contra el derecho de la primera.
Entre los hombres, por robarse las mugeres, son las disenciones mas peligrosas, y se levantan unas familias contra otras; y talvez abanderizada la nacion se consumen en civiles discordias, empuñando unas parcialidades las armas contra otras. La pluralidad de mugeres es permitida, y su número es mayor ó menor, segun alcanza la posibilidad de mantenerlas, y aun comprarlas. Porque de algunas gentes es costumbre ordinaria que las hijas sean vendibles por un poco de maiz, mandioca y cosas semejantes, y entregadas á sus pretendientes, á las veces contra su gusto, pero muy al gusto de los padres por la utilidad y emolumento que perciben vendiendo sus hijas.
Entre las naciones caribes, era estatuto indispensable que las doncellas hiciesen mérito para el matrimonio, probando primero la sangre de sus enemigos. Esta observancia no era difícil á quien se cebaba en sangre humana, y repetia con frecuencia los convites. Los Guaranís, que tambien eran antropófagos, no permitian á sus hijas tomar estado, hasta que les acudiesen la primera vez sus reglas. Circunstancia indispensable que no admite privilegio de excepcion, y se observaba con escrupulosa rigidez, obligándolas á pasar por el rigor de crueles pruebas, de las cuales pendia el concepto que de ellas se formaba, y esperanzas que prometian.
Cosíanlas en una hamaca de las que usan para dormir, dejando una pequeña abertura hácia la boca para respirar, y en esta postura las tenian dos ó tres dias envueltas y amortajadas, y las obligaban á rigidísimo ayuno. Despues eran entregadas á una matrona hacendosa y trabajadora, para que las festejase con el trabajo y penales egercicios: esta les cortaba el pelo, y les intimaba severísima abstinencia de toda carne, hasta que creciendo los cabellos, llegasen á cubrir la oreja. Con la inauguracion de los cabellos, empezaba la ley del recato y modestia, y se les intimaba con el egercicio mismo de repararlas, la obligacion de ser circunspectas, y el inviolable estilo de bajar los ojos, y de no fijarlos livianamente en el rostro de los hombres. Raro y admirable documento de honestidad en gente tan bárbara.
A estas pruebas de fortaleza y recato, se seguía el arrearlas con sus pobres galas, y el permiso de conocer varon y de tomar estado. En el tiempo que media entre el rigor de las pruebas, y el permiso de vivir desgarradamente, los agoreros están con sus vaticinios y predicciones, pronosticando por las aves que vuelan y animales que cruzan, el carácter futuro de la novia. Si atraviesa algun papagayo, la califican de parlera; si un ñacurutú ó buho, la pronostícan perezosa para el trabajo, é inútil para las operaciones domésticas; y á este tenor otras predicciones, devaneos de su cabeza, que adaptan ciegamente sin proporcion ni correspondencia con el objeto.
No eran menos supersticiosos sobre el preñado de las mugeres. Condenadas á rigidísimo ayuno, mientras estaban encintas, debian abstenerse de todo cuanto juzgaban podia dañar á las criaturas. Y así la carne de la gran bestia, que era toda tu delicia, no podian gustarla, temiendo que la criatura naciera con narices disformes; ni comer aves pequeñas, porque la pequeñez del alimento no se transfundiese en los niños: y temiendo que daria á luz dos gemelos, si probaban dos espigas de maiz, les estaba prohibido con severísimos mandato no tocarlas, porque como eran gentes ciegas, no advertian su tosco entendimiento, que los alimentos que prohibia su errada supersticion, no eran mas poderosos para comunicar á la criatura sus propiedades, que lo eran los que licenciaba su vana credulidad.
El rigor de la ley se extendia tambien á los maridos, á los cuales estaba prohibido matar fiera alguna; y por no caer en la ocasion, desarmaban los bélicos instrumentos. Luego que paría la muger, ayunaban ellos rigurosamente quince dias, observando estrecho recogimiento en su casa, cual si fuera la misma parida. Entre algunas naciones era estilo que el marido se tendiera sobre la cama, mientras la muger se purificaba en el rio, y bañaba el recien nacido. Cuando adolece el infante, toda la parentela debe abstenerse de los manjares que se juzgan harian daño á las criaturas, temiendo que de la mas leve transgresion se origináran infortunios y desgracias sobre los tiernos hijuelos. Sin embargo de tantas precauciones, que prometen un amor extraordinario á sus hijos, experimentan que algunas madres les privan de la leche que proveyó la naturaleza para su sustento, por aplicar los cachorrillos que crian con amor tierno á su pecho.
§. IX.
DE LA EDUCACION DE SUS HIJOS.