Este amor y esta aficion de padres á hijos, tan expresivo como desreglado, precipita á los unos en permisiones indecorosas, y á los otros en osados atrevimientos. Los padres permiten á sus hijos toda libertad y soltura, y por no contristarlo con un buen consejo que refrene sus desórdenes, y con algun castigo que amortigue los juveniles verdores, les dejan salir con todo, y llevan pacientemente que arrebatados del enojo pongan en ellos las manos, y descarguen sobre su rostro impias bofetadas. Lo singular y mas admirable es que los padres no dan muestras de sentimiento, porque eso es, dicen, tener poco cariño á nuestros hijos, y mas importa ser amorosos con ellos, sufriendo los atrevimientos de sus primeros años, que mostrar desagrado de aquellas operaciones, que los habilitan para hacerse valientes con el enemigo.

En lo demas los crian á su modo bárbaro é incivil, acostumbrándolos á los egercicios propios de la nacion, al arco, á la flecha, y ligereza de la carrera.

El primogenito, á quien de jure pertenece el cacicazgo, no está exento de estos egercicios; y como nacido con mayores obligaciones se esmeran sus padres en criarlo mas certero en la direccion de la flecha, y mas lijero en la velocidad de la carrera. Este es el mérito sobre el derecho de primogenitura, que le condignifica para el cacicazgo, y para heredador dignamente del valor y pericia militar de sus padres. Los Guaranís sobre todos se esmeran en la crianza de los primogenitos. El dia que los destetan celebran solemnemente, bebiendo con largueza, y danzando con alegria al son de bárbaros instrumentos. Funcion que repiten con igual solemnidad el dia que el caciquito empieza á egercitarse en la carrera.

Lo cual hacen de esta manera, y se continua muchos dias en el egercicio para habilitarlo á las operaciones militares. Luego que se descubre el sol, salen todos de sus esteras, los grandes para ser testigos, y los pequeños para complacerse, viendo la agilidad de los nuevos corredores; y los pequeños al lado del caciquito para competir con él corriendo al rededor de las chozuelas. Todos se animan á conseguir la gloria de primeros, muy estimable entre ellos por evitar la confusion de últimos. Al primogénito estimula el deseo de ser á todos preferido en la ligereza, como es sobre todos en la dignidad. A los vasallos la gloria de competir con su Señor, y el deseo de dar experiencia de su agilidad, escala casi única para el ascenso. A las veces los envian acompañados de algunos indios por montes y caminos ásperos, para que endurecidos en el trabajo, no salgan holgazanes, y se acostumbren á vivir del arco y flecha, en que aseguran el mantenimiento de toda la vida. Estos empleos y ocupaciones de los primeros años, habilitan para aquel género de milicia que ellos usan, y como no les roban tiempo las universidades, ni la profesion de las artes mecánicas, les sobra para adestrarse en el manejo de las armas ordinarias, respetables á otras naciones indianas, pero siempre débiles contra los españoles. Algunos alaban sobradamente la pericia militar de estos indios, y cierto que siendo este el único egercicio de su vida, no pueden culpar á la falta de tiempo. Pero la experiencia constante de casi tres siglos enseña que los mas atrevidos y osados contra sus semejantes, solo á traicion, y sobre un lance muy seguro, se atreven con los españoles, y rara vez, confiados en el número, y en caso desesperado, pelean cara á cara con efecto poco considerable.


§. X.

DE SUS RECURSOS Y MIGRACIONES.

Todas estas naciones, atendiendo á su modo de vivir y sustentarse, podemos dividir en dos castas y generaciones, la una de labradores, que cultivan la tierra para sustentarse con sus frutos y raices, y la otra de gentes que solicitaban el alimento de la pesca y caza, y de algunas frutas silvestres. La primera tenia su establecimiento fijo, repartidos en tolderias de cuarenta, ochenta ó cien familias, sujetas á su cacique, y con dependencia de sus órdenes. El mantenimiento esperaban del trabajo, y de lo pingue de la tierra, á la cual fiaban los granos y raices, para lograr á su tiempo el fruto de su laboriosidad y desvelo.

El beneficio y cultivo de las tierras era conforme á su innata flojedad, á los instrumentos que tenian para cultivarla. Para lo cual, con imponderable afan rozaban un pedazo de monte, y cuando los troncos ya secos estaban aptos para quemarse, les pegaban fuego, y con la ceniza estercolaban la tierra. Luego que llovia, con una estaca puntiaguda abrian algunos agujeros, y en ellos echaban el maíz, el maní, la mandioca y otras raices, y sin mas cuidado, que abandonar las sementeras á la fecundidad del suelo, y á los meteoros naturales, lograban píngues cosechas de la tierra mal beneficiada, pero lozana y fuerte.

La segunda casta ó generacion era de gentes vagamundas, que se mantenian de la pesca y caza, mudando habitacion cuando lo uno y lo otro escaseaba, por haberlo consumido. Estos propiamente carecian en este mundo de domicilio permanente, porque el que tenian era portátil, y mudable á diligencias y esfuerzos de las mugeres, que son las transportadoras de las casas, y del ajuar doméstico de ollas, menage de cocina, estacas y esteras de la casa. Como estas pobres tienen la incumbencia de conducir el equipage doméstico, gozan en las transmigraciones el privilegio de arreglar las marchas, y medir las jornadas. Luego que alguna se cansa, arroja al suelo la carga, y á su ejemplo las demas cargadoras se previenen para levantar la portátil ciudad, fijando su estacamento contra los vientos.