Mientras las laboriosas transportadoras, convertidas en arquitectas entienden en levantar casas, y aderezar la comida, los maridos ejercitan el oficio de mirones, tendidos sobre el suelo, mirando y remirando á sus consortes afanar con tantas operaciones, sin que el corazon se les mueva á ayudarlas en cosa alguna, menos en comer hasta hartarse, sobre, ó no sobre para la muger y los hijos. Por esta causa, como ellas tienen en los caminos la incumbencia de tantos afanes, son las jornadas muy limitadas, y apenas se avanza cuarto de legua por dia, y á veces menos, á discrecion de ellas que todo lo hacen y deshacen, todo lo disponen y ordenan en estas transmigraciones.
En una de ellas acompañó el Padre Pedro Romero, insigne misionero, y venerable martir de Cristo, al cacique de los Guaycurús. Caminaba D. Juan (que así se llamaba el cacique) á su nativo suelo con la comitiva de toda su parcialidad, hombres, mugeres y niños. En mes y medio se avanzaron siete leguas, y no hubiera bastado medio año para llegar al término señalado. Tanta morosidad y detencion hacian necesaria los egercicios y afanes de las infelices Guaycurús, porque estas miserables, nacidas para esclavas y jumentos de sus maridos, todas las mañanas tenian la incumbencia de armar las casas, (si este nombre merecen), de cargarlas á cuestas con sus hijos y ajuar doméstico, de transportarlas de un sitio á otro, de clavar las estacas, de afianzar las esteras y de mudarlas y remudarlas segun pedia la inconstante volubilidad de los vientos.
En medio de tantos afanes les quedaba el aliento á los Guaycurús para reñir sobre la mejoria de los sitios, disputando el lugar á fuerza de golpes y araños. Costaba no poca sangre de una y otra parte: al fin quedaba el sitio por la que perseveraba en el palenque, dispuesta á dar y recibir mayores golpes. Entretanto los maridos no se empeñaban en la defensa de sus consortes, complaciéndose de verlas reñir, y gloriandose de merecer mugeres tan valerosas, que por mejorar sitio para el estacamento, se exponian á la bateria de tantos golpes. No siempre la autoridad y el respeto del misionero podian embarazar tan reñidas altercaciones; pero cuando se hallaba presente, mediaba su respetable santidad y componia las partes, señalando á cada una sitio competente. Con tanta lentitud y morosidad tan pesada procedian los Guaycurús en la vuelta á sus tierras, y con la misma y mayor se mueven las demas naciones en sus transmigraciones. Para ellos todos los sitios son al propósito para levantar ciudad portátil, y en todas hallan oportunidad para demorarse, manteniendose algunos dias de la caza y pesca, que proveyó liberal la naturaleza en todas partes. Como el buscar alimento es la causa de sus peregrinaciones, mientras no escasea en el lugar que ocupan á diligencia del arco y flecha, se detienen algun tiempo en sus estaciones, hasta que la carestía obliga á mudar los reales, y fijar habitacion en otra parte.
Los Payaguás, los Agaces y otras naciones que consumió el tiempo, y perdieron el nombre con la mezcla de generaciones, mas eran acuatiles que terrestres, vagamundas por los rios que subian y cruzaban á discrecion de su antojo y libertad. Los Payaguás usan canoas y embarcaciones ligerísimas, que impelen á fuerza de brazos con agilidad tan extraordinaria, que ningun vaso, vela y remo pueden dar alcance. Son piratas de los rios, en donde previenen celadas para saltear los navegantes. Cuando se ven acometidos y temen algun asalto, se meten en el agua con los arcos armados para flechar al enemigo, y zambulléndose al fondo, evitan el tiro de la bala. Es increible lo que perseveran bajo del agua, y algunos creen que usan el artificio de cañutos largos que sobresalen para facilitar la respiracion.
§. XI.
DE SUS IDOLOS Y HECHICEROS.
La religion, que no es agena de gentes las mas bárbaras entre los americanos de estas tres provincias, apenas mereció algun cuidado y desvelo. Pocas naciones tuvieron ídolos y adoratorios en que ofrecer sacrificios, y quemar inciensos. Hácia la parte mas meridional del Tucuman se hallaron algunos ídolos, cuyos templos eran viles chozuelas, propias del numen que los ocupaba, y expresion del bajo concepto en que los tenian sus adoradores. Los Calchaquís eran al parecer mas supersticiosos al trueno y al rayo. Los adoraban por dioses y les tenian levantados templos y chozuelas, cuya interior circunferencia rodeaban con varas rociadas con sangre del carnero de la tierra, y las llevaban á sus casas y sembrados, prometiendose de su virtud, contraida á la presencia del numen, toda felicidad y abundancia.
No eran tan frecuentes los ídolos hácia la provincia del Rio de la Plata y Tucuman: pero se hallaron algunos cuyos templos eran visitados con romerias, y profanados con sacrificios de sangre humana. El autor de la Argentina, á distancia de algunas leguas de los Xarayes, describe un enorme culebron, monstruoso y espantable, que adoraban los naturales con acatamiento y aplacaban con sacrificios. Para lo cual, diseña un lugarejo ó ciudad de ocho mil vecinos, numerados por los hogares. El medio de la poblacion ocupaba la plaza, en cuyo centro sobresalia un palenque, que hacia oficio de cárcel para sugetar al monstruo, y de adoratorio en que le tributaban sacrificios los naturales y vecinos que concurrian en gran número á consultar sus dudas, y á oir las respuestas del númen.
Cebado con sangre humana, obligaba sus devotos á la guerra para sustentar su insaciable voracidad con los cautivos, y hartarse con sangre de prisioneros. Propio carácter del infernal dragon, juntar á las presunciones de divino el atributo de tirano, y el epiteto de caribe. Este suceso, referido en pluma de Rui Diaz de Guzman, merece el crédito que se dá á los que escriben, no como testigos oculares, sino por relacion de soldados, que á las veces fingen monstruos de horror para aparecer héroes de valentia en su vencimiento, especialmente porque este suceso no se refiere en los comentarios de Alvar Nuñez, caudillo de la jornada. De ellos consta que los españoles de su comitiva quemaron algunos ídolos monstruosos espantables, y que no acababan de admirar la paciencia de estos dioses, en dejarse convertir en cenizas.