Algunas razas de estas gentes, en tiempo de calamidad, y cuando habian de salir á guerras, instituian rogativas y multiplicaban sacrificios para aplacar su númen, que juzgaban irritado, esperando que reconciliado con las víctimas los libraria de la opresion que padecian, y daria victoria contra los enemigos que les amenazaban. No consta hasta donde se extendia el poder de sus dioses; pero es bastantemente averiguado, que olvidando al universal hacedor de todas las cosas, partian la divinidad entre sus ídolos, y que á los unos concedian poder sobre las tempestades ó sementeras, á otros sobre las enfermedades ó guerras.
Los Guaranís conocieron á Tupa por conservador de la nacion en el universal diluvio, pero no edificaron templo en que adorarle, ni levantaron aras para los sacrificios. Los Mocobís, á las cabrillas, esto es, á su Gdoapidalgate, á quien veneraban como criador y padre, jamas levantaron adoratorio; contentos con festejar su descubrimiento con algazara y griteria. Es para mi creible, que ni los Guaranís en Tupa, ni los Mocobís en Gdoapidalgate, ni otras naciones en algunos astros y constelaciones, cuyo descubrimiento celebraban, reconocian alguna deidad y supremo númen, y solo confesaban un bienhechor de la nacion, á quien correspondian con agradecimiento, y pagaban los beneficios, que juzgaban haber recibido, con la memoria y recuerdo de ellos.
Yo no sé que ideas tan bárbaras formaban sobre los astros, planetas y constelaciones, ni cual era el reconocimiento con que correspondian á sus luces ó influencias. ¿Quien no admira las locuras y desvarios con que los Guaycurús celebran la luna nueva, el descubrimiento de las cabrillas? Salen de sus chozas con formidables palos en las manos, sacuden frecuentemente las esteras, vocean, gritan, y levantan el alarido con alegria y confusion, prometiéndose toda felicidad y dicha. Lo mismo hacen cuando se levanta algun turbion de viento ó agua: salen animosos á provocar la tempestad, y á los demonios que juzgan venir en ella, conjurados á destruir toda la nacion de los Guaycurús. Mientras la tormenta prosigue desarmada, prosiguen ellos armados contra la tempestad, hasta que se desvanecen las nubes, quedando ellos en la vana persuasion de que los diablos, temerosos de sus armas, huyen á sepultarse en los abismos.
Mas temible era una maldita ralea de fingidos demonios, que se predicaban árbitros de las tempestades, rayos, tormentas, rios, inundaciones, pestes y muertes. Estos eran unos hombres astutos y parleros, demonios vivos y visibles, que tenian mucho séquito y aceptacion entre estas gentes. No sucedia mal, ni desgracia, que no los clamoreasen efecto de su enojo y venganza. No habia prosperidad ni dicha de que no se declarasen autores, amenazando con las unas, y prometiendo las otras á su arbitrio, segun el mérito de cada uno. Estos son los que llaman hechiceros: grémio autorizado por el poder que se apropian, y temibles por los males que amenazan.
Algunos autores, llevados de innata propension á amenizar sus historias con novedades inauditas, describen los embustes de estos fingidos hombres como hechicerias, y á los que son puros engañadores, los hacen familiares del diablo. Los mas que asientan plaza de tales, con capa y velo de cursantes en la escuela del demonio, son finísimos embusteros, tan engañados en sí, como engañadores de los otros. Esto que sucedia en tiempos pasados, se experimenta en los presentes. Muchos se fingen hechiceros, llevan yerbas, cargan iman, erutan imprecaciones, amenazan con maleficios, y con segura impunidad confiesan haber hecho daño, muerto y maleficiado á muchos. Pero averiguada la verdad, todo es mentira y engaño.
Obera, cuyo nombre significa resplandor, cacique Paraná, es sin duda uno de los mas famosos hechiceros de que se pueden gloriar los patrones para convencer el intento. Llamábase libertador de la nacion Guaraní, unigénito de Dios Padre, nacido de una vírgen sin comunicacion de varon, plenipotenciario de Dios, con sus poderes y facultades para convertir en utilidad de los indios todas las criaturas. La señal que principalmente habia de usar para libertar su escogido pueblo era un ominoso cometa, que esos dias se dejó ver, y lo tenia reservado para convertirlo contra los españoles. Estos y semejantes dislates le grangearon secuaces, crédito de famoso hechicero, y veneracion de divino.
A Obera fué muy semejante otro indio del Huybay, adorado de las vecindades. A los dos se parecia mucho, y aun excedia aquel famoso hechicero, que por la via del Brasil remaneció en el pueblo de San Ignacio del Guayra. Vestía hábito talar blanco; la mano ocupaba una espantosa calavera, con uñas de venado dentro que hacian ruido, y un son descompasado que seguian los pies bailando.
Todas las amenazas de Obera, con el resplandor de su nombre; los elementos que habia de conmover contra los españoles en favor de los indios, el cometa que era señal con que habia de libertar sus amados Guaranís, tuvieron el fin lamentable de quedar su numeroso ejército roto y deshecho; los indios muertos; prisionero el sumo sacerdote, á quien perfumaba con inciensos, y el mismo Dios Obera (á quien al parecer amenazaba fatalidades el cometa) fugitivo por los montes, sin sacerdote que le aplacase, sin escolta que le acompañase, lleno de pavor y miedo; temiendo á pocos españoles, los cuales penetraron altamente que Obera, con título y fama de hechicero, era un famoso engañador, tan débil y flaco, que no se atrevió á salir á campaña por no quedar muerto ó prisionero.
Mayor desengaño ofrece el hechicero del Huybay: convertido á Dios por la predicacion de dos insignes misioneros jesuitas, confesó delante de todo el pueblo, que sus palabras eran puras ficciones, y que no tenia otra mira que la de engañarlos y atemorizarlos con amenazas, para que libremente le franqueasen cuantas mugeres codiciaba su apetito. Este sin duda era el fin principal de Obera: mantenia numeroso serrallo de concubinas, conseguidas con la violencia, con amenazas y á impulsos de sus retos. Desenfrenado por extremo en liviandades, solo admitia en su privanza á los que aplaudian la soltura de sus costumbres, y le entretenian con cantares lascivos y bailes indecentes. A las veces, depuesto el sobrecejo de soberano númen y respetable deidad, cantaba y bailaba placentero entre sus concubinas.