Este era tambien el ejercicio del hechicero brasileño que penetró al Guayra. Al son descompasado que hacian las uñas de venado dentro de la calavera, bailaba, brincaba con agilidad increible, soplando fuertemente al aire, y provocando los rayos y tempestades contra los que le hiciesen oposicion. El fiscal del pueblo de San Ignacio, despreciando sus amenazas, le cogió, y puso un par de grillos, y en presencia de todo el pueblo descargó cien azotes sobre el fingido númen y verdadero embustero. A los primeros golpes, no soy yo, exclamó, no soy yo Dios, sino un pobre indio como los demas, y ningun poder tengo para dañar ni causar mal alguno. No satisfechos los ignacianos con la confesion del reo, los dos inmediatos dias repitieron el castigo de los saludables azotes, y humillaron su altiva presumpcion.
No una, sino muchas veces ha salido bien la experiencia de los azotes: ya sea porque la vejacion dá entendimiento, ya sea porque el engañador descubierto, y descifrada la doblez de sus procederes, pierde la esperanza de ser creido, y de hallar entrada en quien penetró sus enredos.
Estos hechiceros tienen por lo comun dos ó tres familias cómplices de su iniquidad, y diestros imitadores de las voces y bramidos de animales. Ligados con el sacramento del sigilo, no descubren la verdad so pena de privacion de oficio, y de malograr el estipendio y gages. Cuando llega el caso en que el hechicero ha de consultar al diablo, como ellos dicen, sus familiares se ocultan en algun monte, en cuya ceja se previene de antemano alguna chozuela, que hace las veces de trípode y el oficio de locutorio. Para el dia prevenido se junta el pueblo, pero no se le permite acercarse, para que no descubra el engaño, y quede confirmado en su vano error y ciega presumpcion.
El hechicero bien bebido y alegre, con los espirítus ardientes de la chicha, saltando y brincando junto á la chozuela, invoca al diablo para que venga á visitar al pueblo, y revelarle los arcanos futuros. Cuando todos estan en espectacion, aguardando la venida del demonio, resuenan por el monte los disfrazados con pieles, disimulando los bramidos del tigre y las voces de los animales.
En este trage, que el pueblo no discierne por estar algo retirado, entran en la chozuela; y con ellos, el diablo y sus satélites. Estos con grande confusion y behetria infernal, imitando siempre las expresiones de animales, empiezan á erutar profecias y trocar vaticinios sobre el asunto que desean los circunstantes.
De la boca de ellos pasan á la del hechicero, y este con grandes gestos, arqueando las cejas con espantosos visajes, propala al pueblo los pronósticos y vaticinios. El pueblo vulgo, incapaz de reflexion ni examen, arrebatado de ciega persuasion, los admite como oráculos del diablo, quedando en error casi invencible de que el diablo es quien habla al hechicero, y que este es fiel relator de sus predicciones. Este es el orígen admitido entre los indios, y abrazado entre los escritores, de las operaciones diabólicas y de los fingidos hechiceros.
Este es el fundamento de aquel terror pánico que tienen los indios de acercarse á la chozuela, recelando insultos feroces, y desapiadados acometimientos del tigre, cuyos bramidos imitan los familiares, para persuadir al vulgo que es demonio transfigurado en infernal bestia el que los habla.
Singular es el suceso que experimentó cuatro años hace uno de nuestros misioneros. Faltaron un dia casi todos los indios del pueblo, el cual estaba tan en los principios, que ningun adulto habia recibido el bautismo. Suspiraban todavia por las cebollas de Egipto; y á escondidas del misionero renovaban el ejercicio de sus antiguedades. A la mañana advirtió el Padre que era pastor sin ovejas, y que estas se habian ausentado; menos un viejo á quien los años privilegiaron de emprender largas romerias: de él se informó, y supo que los catecúmenos se habian retirado á consultar á los diablos.
“Pues yo tengo que ir, dijo el misionero, á ver vuestro diablo, y espantarlo para que no vuelva otra vez.”—“No váyas, Padre, replicó el anciano, no vayas porque es muy bravo, y te ha de matar. Nosotros no nos atrevemos á llegar, y solo al hechicero es permitido acercarse para hablarle y recibir sus respuestas.”—“Yo tengo que ir sin remedio, añadió el misionero; vuestro diablo es muy flojo y mas teme él á mi, que yo á él; y si no me teme, ¿porqué huye de mi presencia?”—En esto se puso en camino, y se encontró con los indios, que estaban á la ceja de un monte, algo apartados de la palizada y chozuela, donde el fingido demonio daba sus oráculos, y los recibia el hechicero.
Los indios movidos á compasion intentaron contener al Padre, y temiendo no le matase el diablo, esforzaron sus razones para atemorizarle. Pero el misionero, animado con los espirítus que infunde el celo santo, se arrimó á la chozuela, y encontró—¿qué?—al demonio nada menos: al indio autorizado con nombre de hechicero, y dos familiares suyos que aullaban, bramaban á guisa de animales feroces, y con espantosas, pero disimuladas voces, amenazaban castigos, y pronosticaban futuros contingentes. ¡Tanto artificio cabe en la tosca capacidad de un indio!