Lo estraño y particular es, cuando tienen á la vista el desengaño no se persuaden que el que se finge diablo y hechicero es un indio comun, y solo singular en exceder á los demas en artificios y engaños. Ha sucedido hallarse presente uno de nuestros misioneros, en circunstancias que salió el fingido diablo y verdadero indio de la chozuela: conociéndole el Padre, por mas que esforzó sus razones para persuadir al pueblo que no era el demonio sino fulano indio que todos conocian, nunca les pudo convencer, respondiendo con ciega obstinacion, que era el demonio, y que así lo creian ellos, y por tal lo tenian.
Entretanto estos embusteros con sus engaños eran respetados como árbitros del mal y del bien de la vida y de la muerte, con supremo poder sobre el cielo, sobre los elementos, sobre todo viviente y ser criado. Elevados á tan sublime gerarquia, gozaban indiferentemente cuantas mugeres apetecia el desenfreno licencioso de su soltura. Tenian serviciales obsequiosos, que de la pesca y caza les regalaban, y sin expensas ni gastos sustentaban el serrallo: sus palabras falsas ó verdaderas eran atendidas como oráculos, cuya inteligencia pendia de los sucesos venideros, nunca bien penetrados del vulgo, cuando falsos, pero siempre intérpretados por los doctores de la ley en su sentido.
§. XII.
DE SUS MEDICOS.
Estos mismos hechiceros egercitan el arte de la medicina, y eran en las curaciones tan engañosos como engañadores en sus hechicerias. Todos los preceptos galénicos ceñian á la breve práctica de chupar, y por eso los autores los califican con el nombre de chupadores. Cuando la necesidad los llama para algun enfermo, presto se previenen de medicinas, y en todas partes hallan botica surtida que le ministra cuanto necesitan para el egercicio de su facultad. Un palito, una piedrezuela, una espina, un inmundo guzano, que alzan del suelo y ocultan en la boca, es el sánalo-todo, y todo el aparato de sus simples y mixtos. Medicina á la verdad inocente, no mala para todas las enfermedades, porque aunque no tenga el privilegio de sanar, goza la prerogatíva de no agravar la dolencia.
Llegados á la chozuela del enfermo, entran haciendo espantosos visajes, hinchando de viento los carrillos, y soplando fuertemente al aire. Como no entienden de pulso, y la aplicacion de medicina se ha de hacer sobre la parte dolorida, preguntando que es lo que duele al enfermo, luego aplican la boca y chupan la parte lesa con increible vehemencia. Aquí empiezan los gestos: aquí el expeler, entre contorsiones y espumarajos, el palito, la piedrezuela, la espina y el guzano, que de antemano previenen, segun las precauciones del arte de chupar. “¡Como habia de descansar, dicen, como habia de descansar este pobre enfermo; como no se habia de afligir, como no se habia de quejar, si este guzano le roia, si esta espina le picaba, si este palito y piedra se le entró en las carnes vivas! Ahora se aliviará el enfermo, porque cesando la causa que aflige, se remite el dolor que mortifica.”
Concluido el oficio de chupador, prosigue el egercicio de recetar. Esto es mas universal, y se estiende á los sanos y parientes del enfermo, ordenando á todos severísima abstinencia de algunos manjares y comidas, para que el enfermo mejore con el ayuno de los sanos. Si la enfermedad cede á los esfuerzos de la naturaleza, y el doliente cobra salud, todos los aplausos se los lleva el chupador, y adquiere grandes créditos y estimacion: pero si la naturaleza se rinde á la enfermedad y muere el paciente, la culpa recae en los miserables parientes, cuyos ayunos fueron infructuosa penitencia por la salud del enfermo.
Entre los Pampas, que son los antiguos Querandís, sucedia muy al contrario. Cuando moria el enfermo, la culpa toda se echaba al médico, y los parientes quedaban persuadidos que moria maleficiado del curandero, y que este debia pagar el homicidio ageno con su propia muerte. Conjurados en su ruina, los parientes noche y dia velaban sobre el mal médico, y descansaban hasta vengar la cólera con la sangre del chupador, poco inteligente en los principios del arte, y extremamente desgraciado en el egercicio de su profesion. No obstante esta inviolable y tiránica ley, apenas muere un profesor de medicina, cuando se declara otro doctor en la facultad, y toma el oficio de curandero con peligro de morir la primera vez que lo egercite con desgracia.
Entre los Lules, en lugar de chupadores tenian los que llamaban sajadores, por el egercicio de sajar la parte dolorida: era entre ellos persuasion de que todas las enfermedades, á excepcion de las viruelas, procedian del Ayaquá. Es el Ayaquá, en sentir de ellos, el gorgojo del campo, y aunque pequeño de cuerpo caminaba armado de arco y flechas de piedra. Es diestrisimo certero, asesta y despide la flecha donde quiere, á quien quiere, y como quiere, y de sus tiros y flechas proceden las enfermedades que matan, y el dolor que aflige. Con este Ayaquá tienen familiar trato los curanderos, y de su comunicacion aprenden á labrar flechas semejantes á las del Ayaquá, y á sajar la parte dolorida. Chupan luego la sangre y arrojan la flecha que llevan prevenida en la boca, y con un razonamiento semejante al de los otros chupadores, y un plato de comida en prémio de su trabajo, se vuelven muy ufanos á su casa.