Estan tan obstinados en esta persuasion que no se dejan convencer de razones, ni dan lugar al desengaño. Enfermó de mal de oidos un muchacho, y el misionero le aplicó algunos remedios, y pensando que con ellos hubiese mejorado, á la mañana preguntó al padre del enfermo, como lo habia pasado su hijo, y si el dolor se le habia mitigado. El padre respondió: “mi hijo lo ha pasado en un grito continuo, suspirando y gimiendo sin poder sosegar. Ni ¡como era posible otra cosa, teniendo los oidos llenos de las flechas de Ayaquá!”
§. XIII.
DE SUS ENTIERROS.
Supersticiosos en las curas, no lo eran menos en los entierros, y funerales de sus difuntos. Entre los Guaranís, si el difunto era persona principal ó cacique, la muger se despenaba con espantosos alaridos. Si, no era de tanta distincion, se desgreñaba los cabellos, abrazada con el yerto cadáver, cantando en tristes endechas las proezas y valentias de su esposo. Los antiguos Charruas en la muerte de sus parientes se cortaban un artejo de los dedos, sucediendo á veces, que en edad provecta carecian de falanges, y se inhabilitaban para el egercicio de las armas. Los Mocobís en señal de luto se trasquilan, con alguna diferencia, segun son diferentes los grados de parentezco que tienen con el difunto. Los Isistinés no se rascan la cabeza con el dedo, temiendo que se pondrian calvos, y que no les saldria el pelo en aquella parte que llegaron á tocar.
Era comun en casi todas las naciones señalar plañideras, que con lúgubres aullidos, y lágrimas fingidas por algunos meses y aun años, lamentaban la desgracia del difunto, recordando á los vivos sus hazañas, incumbencias propias de los parientes, y á las veces de algunos extraños, que alquilaban sus lamentos, y vendian sus lágrimas por el interes de algunas alhajuelas del difunto.
Al cadáver, sentado sobre una silleta ó taburete, pintaban toscamente algunas naciones. Otras lo cubrian con mantas y plumages, para que decentemente y sin rubor pareciese en la otra vida. Los naturales del valle de Londres en Calchaquí, con supersticiosa observancia, abrian á sus difuntos los ojos que cerró la muerte, para descubrirle el camino que guia á la region de los muertos.
Al rededor de la sepultura, ó dentro, ponian el arco, las flechas, ollas y cascos de calabazo, que por acá llaman mates, con alguna porcion de comida y chicha. El arco y las flechas, dicen unos, que son para que el alma se defienda de los acometimientos y asaltos de sus enemigos: añaden otros, que para que el muerto tenga con qué cazar, y no muera de hambre, acabado el repuesto de maíz y chicha. Las ollas para cocinar; y porque no falte fuego, es costumbre de algunas naciones dar la superintendencia á algunas de las plañideras, para que diariamente cuide de cebarlo. El calabazo sirve de vaso para sacar agua, y refrigerar el bochorno que se origina de la opresion de la sepultura.
Un sepulcro bien circunstanciado descubrieron nuestros exploradores de la costa de Magallanes, á pocas leguas de la bahia de San Julian. Era de figura redonda piramidal, tegido de ramas, las cuales afianzaban para mayor seguridad cordones de lana de diferentes colores. Al rededor de la casa tremulaban seis banderas de un tegido de lana azul, colorada y blanca, atadas sobre varejones largos de tres para cuatro varas. A trechos estaban repartidos cinco caballos muertos, cuyos cueros, ó pieles estaban llenos de paja, clavados en tierra con otros horcones, por el pescuezo, por el vientre, ó por la cola. El remate de la casa hácia la extremidad piramidal; coronaba una como veleta de trapo, semejante al de las banderillas, asegurado con una faja para que no lo desprendiese el viento. Sobre la extremidad pendian de un palo, á discrecion de los vientos, ocho borlas de lana musca.
Lo interior de la chozuela fúnebre indíca ocupaban dos telas de listadillo, tendidas sobre el pavimento, las que servian para cubrir el cuerpo de un indio y dos indias, tan recientes que aun tenian carne y pelo en la cabeza. Discurriose largamente sobre el mausoleo, y resolvieron nuestros misioneros, que no siendo habitable la costa, el sepulcro no podia ser de paysanos connaturalizados en el terreno; y observaron veredas, que de lo interior del país tiraban á una laguna grande de sal que habian descubierto. Que lo natural era que aquel indio, viniendo en busca de sal, habia muerto en aquel sitio á donde los compañeros levantaron aquel honrado sepulcro, tan coronado de banderillas, gallardetes y borlas, que indicaba haberse erigido en memoria de algun principal ó cacique de la nacion. Los caballos rellenos de paja, y levantados sobre estacas, segun el uso de las gentes de á caballo que acostumbraban hacer así, y las mugeres para que le sirviesen en la otra vida, y le ministrasen lo necesario.