Este es estilo y costumbre de algunas naciones en la muerte de sus principales y parientes inmediatos: las mugeres siguen á sus maridos; los parientes á sus mas inmediatos, y algunos vasallos á sus caciques; especialmente las viejas, como inutiles en este mundo. A la primera noticia de la muerte del cacique y primogénito suyo, se quitan la vida para servirlos, y para que no desfallezcan de hambre y sed por falta de quien les ministre lo necesario. Ceremonia indispensable y argumento de fidelidad y cariño en los consortes con sus maridos, y en los vasallos con sus caciques, tan radicados en este gentílico rito, y tan religiosos observantes, que se ofrecen voluntariamente á la muerte y la aceptan con alegre resignacion.


§. XIV.

DE SUS IDEAS RELIGIOSAS.

Esta precaucion, y otras semejantes que tomaban para la otra vida, es argumento que ellos conocieron la inmortalidad del alma: pero la idea que de ella formaron, y el bosquejo que diseñaron eran incompletos. Persuadidos pues los indios que el alma goza fuero inmortal, eternizan su duracion en el cielo entre las estrellas, ó en alguna region incognita que ellos imaginan, y ellos solo la alcanzan.

Una cosa al parecer cierta es, que la subida á las celestiales regiones no la admitan tan inmediatamente á la muerte que no concediesen al alma algunos años en este mundo, solazándose y divirtiéndose á su usanza; no visiblemente tratando y comunicando con los vivos, sino invisiblemente tratando y comunicándo, jugueteando como duendes, y regocijándose alegremente en aquellos egercicios que la divertian unida al cuerpo. En este estado las conciben glotonas y cazadoras, paseanderas, vagamundas, juguetonas, guerreras, y enemigas de sus enemigos. No alcanzo como se pueda explicar mejor la idea que ellos formaban del alma separada, que sobre el plan de lo que ellos son en vida.

A este fin, porque las hacen glotonas y borrachas, ponen sobre la sepultura sus ordinarias viandas, y llenan de chicha los calabazos. Y porque esta providencia es temporal y limitada, y las almas duraderas, sin límite ni término, libran el alimento de la eternidad en el arco y flechas, instrumentos venatorios, que aseguran el mantenimiento en aquella region de espirítus vagamundos y cazadores. Estas mismas armas sirven al respeto para hacerse temibles á las naciones enemigas.

No consta de sus tradiciones por donde subian sus almas al cielo. Los Mocobís fingian un árbol, que en su idioma llamaban nalliagdigua, de altura tan desmedida que llegaba desde la tierra al cielo. Por él, de rama en rama ganando siempre mayor elevacion, subian las almas á pescar en un rio y lagunas muy grandes que abundaban de pescado regaladísimo. Pero un dia que el alma de una vieja no pudo pescar cosa alguna, y los pescadores le negaron el socorro de una limosna para su mantenimiento, se irritó tanto contra la nacion Mocobí, que transfigurada en capiguara, tomó el egercicio de roer el árbol por donde subian al cielo, y no desistió hasta derribarlo con increible sentimiento y daño irreparable de toda la nacion.

Los demas indios, aunque colocan las almas de sus difuntos entre los otros, no explican por donde se le franquea el paso á las eternas moradas. Verisimilmente su grosero modo de concebir mezclará la seriedad respetable de una verdad tan clara con suposiciones ridículas y ficciones placenteras. Al parecer no tenian determinado lugar para suplicio de los delincuentes, y castigo de los culpados: ó porque su ceguedad no les dejó abrir los ojos á una verdad que nace y crece con el alma, ó porque entregados en esta vida á pensamientos alegres, no daban entrada á tristes imaginaciones. Lo cierto es que la creencia de los suplicios eternos se les hace muy cuesta arriba á los infieles. Los Chiriguanos, cuando se les habla de las llamas abrasadoras del infierno, responden con serenidad que ellos apartarán las brasas: y lo que es mas, no pocas veces en el confesionario, cuando se les amenaza con las penas eternas, responden con gran calma: “no se verá el diablo en este espejo.”

Su tenacidad, en lo que una vez aprendieron, es rara: no les convence la razon, ni la luz clara del mediodia, basta para alumbrar su entendimiento, y desencastillarlos de sus erroneas aprensiones. Así le sucedió á un indio catecúmeno, á quien la muerte iba tan á los alcances, que se juzgaba no pasaria el dia inmediato sin pagar el tributo de la humana mortalidad. Como su muger era infiel y obstinada en los gentílicos ritos, le persuadió que no se dejase bautizar, porque infaliblemente moriria; y le dió tan á pelo asenso á las razones de su consorte, que no hubo fuerzas en el misionero para persuadirle lo contrario.