Pero sea este, ú otro el origen de nuestro Paraná, lo cierto es que acaudala tanto tesoro de aguas, y corre tanto espacio de terreno, unas veces siguiendo via recta, otras serpenteando; ya con mansa corriente, ya precipitándose de breña en breña, y de risco en risco, formando á trechos islas, unas grandes y otras pequeñas, pobladas de bosques y fieras, y hermoseadas de alegres primaveras, que todos estos accidentes bastan para hacerle celeberrimo. Se le nota cierta ambicion de hacerse poderoso, pues en el grande espacio por donde dirige su curso, vá recogiendo por una y otra ribera casi todas las vertientes, y no contento con las que le tributan los paises vecinos, recibe muchos y grandes rios de la costa del Brasil, y otros que le buscan de lo mas interior.
Glorioso con tanto golpe de aguas, ensancha la madre á proporcion que lo engruesan sus pecheros, hasta su derramamiento en el mar por una boca de cuarenta para sesenta leguas, entre el Cabo de Santa Maria, y el de San Antonio. En tiempo de crecientes se derrama sobre sus riberas y explaya inmensamente, inundando las campañas y fertilizando el terreno. Algunos se persuaden que las crecientes del Paraná se originan de las nieves que se derritan en las cordilleras peruanas y brasílicas. Adoptariamos esta hipótesis, si la creciente de Junio y Julio, que llaman en Santa Fé de los pegerreyes, cuando las heladas son aun bastante fuertes, pudiera atribuirse á nieves derretidas. Con mas probabilidad se halla suficiente causa en las aguas pluviales hácia sus cabezadas: porque se tiene observado, con noticias comunicadas de nuestros misioneros de Chiquitos, que cuando por allá llueve mucho, crece á su tiempo el Paraná: no porque los rios de Chiquitos desaguen en él, sino porque llueve tambien en aquellos climas, cuyas aguas corren hácia el Rio de la Plata.
En medio de su carrera ofrece á la vista un prodigio, que el tiempo y los años lo han hecho degenerar en vulgaridad poco respetable. Salto lo llamaron los primeros conquistadores, y hasta el dia de hoy conserva este nombre, por un salto que baja de una alta serrania despeñándose de una altura de cerca de veinte y cuatro estados. Los antiguos tuvieron oportunidad de registrar despacio y muchas veces este portento, y sobre la ocular inspeccion refirieron, no la mudanza que pudieron obrar los tiempos venideros en una corriente tan precipitada, sino lo que ellos vieron y observaron.
Verdad es, que el deseo de hacer plausible la narracion, sobrepuso á la realidad algunos accidentes que la hacian mas admirable, pero menos verídica, diciendo que saltaba la eminencia de doscientos estados, y no faltó autor que los alargó á mil picas, añadiendo que avanzaba tanto terreno saltando, que dejaba cavidad para navegar á la sombra de las aguas precipitadas. Pero estas añadiduras no perjudican á la substancia.
Aquella espaciosa madre de dos leguas que tiene el Paraná en las llanuras del Guayra, con los muchos rios que le engruesan antes de recibir el Acaray por el poniente, y por la costa de levante al Pequirí, empieza á ceñirse en un cauce profundo, y tan angosto que la una ribera no dista de la otra un tiro de fusil. Así recogidas sus aguas, y reducidas á estrechura, avistan la eminencia de la cordillera, cuyo declive se extiende el largo espacio de doce leguas. Once son las canales, ó embocaduras por donde entran sus aguas en el precipicio, despeñándose por entre riscos, y subdividiéndose en muchos cauces.
Azotados los raudales de este gran rio, se encrespan y se levantan antes de tomar nuevo curso, formando en el aire una contienda de aguas encontradas, que se disputan el paso en extraño elemento para prevenirse las unas á las otras en ocupar espacio y seguir su carrera. A las veces se sepultan en subterráneos conductos, y corriendo largo trecho escondidas, revientan con formidables detonaciones, vomitando el agua muchas varas en alto, y dejándola caer con espantoso ruido.
De la colision de tantas aguas, las unas contra las otras y todas contra los peñascos, se levanta una ligera niebla que recibe y trasfunde los rayos solares con admirables refracciones.
Despues que el Paraná acabó de precipitarse de la cordillera prosigue aun traveseando con remolinos, y nuevas erutaciones del agua, que hacen inevitable el naufragio. Así lo han experimentado algunos incautos y atrevidos que osaron surcar sus aguas, y lo mismo sucederá á los que con tiempo no abandonen el rio para tomar el camino de la orilla. Tan prodigioso aborto de la naturaleza inmutaron los años, y es creible que lo que nuevamente han descubierto los reales exploradores, que no se han dignado comunicarnos sus recientes observaciones, lo trastornen los tiempos venideros.
Otro prodigio, no de aguas, sino de piedra, ofrecia el Paraná antes de llegar á los remolinos, en un peñol alto, corpulento y grueso que dominaba el rio, y se divisaba á larga distancia. Los españoles al principio lo tuvieron por plata fina; y los indios aseguraban que un gigante, asombro y espanto del pais, montaba la eminencia para divertirse en la pesca. Esto del gigante fué sin duda ilusion, y ciertamente fábula, que á un gigante de piedra substituyó otro de carne. La plata de los españoles, en tiempo que los indios Paranás estaban en guerra, y no les permitian acercarse á sus tierras, tuvo algun fundamento en quien hablaba de lejos: porque el peñol, bañado de las aguas en tiempo de crecientes, y bruñido con el ludir de las arenas, hacia reflectar los rayos solares, formando visos plateados que engañaban la vista, y llevaban la aprension á persuadirse que es oro y plata todo lo que reluce. Este es el orígen, este el principio de aquella calumnia tantas veces reproducida en el Consejo de Indias contra los Jesuitas, de un peñol de plata que benefician escondidamente con detrimento de los quintos reales.
Desaguan en este grande rio por la banda de oriente y poniente, al pié de quinientos rios, unos de limitado caudal, otros de tanta mole que casi le disputan la primacia. Estos descargan inmediatamente sobre sus márgenes, y aquellos engruesan sus tributarios; entendiendo sus brazos por un lado y otro tan inmensamente, que al oriente por el Uruguay, el Iguazú, el Parana-pané y el Añembí, se dilata hasta los confines del mar brasílico: hácia el poniente por el Pilcomayo, el Bermejo, el Salado y el Carcarañal, recoge todas las vertientes que bajan de la cordillera chilena, desde los confines de Córdoba y su jurisdiccion hasta el corregimiento de los Chichas, y Charcas; y al norte por el rio Paraguay y sus pecheros se explaya sin límites, ó por lo menos sin límites bastantemente averiguados. Describir menudamente, y uno á uno todos los rios que le tributan, fuera molesta y prolija narracion, cuya noticia con mas patente claridad registrará el curioso lector en los mapas existentes. Estos, sin duda, son una abreviada y clara pintura, que pone delante de los ojos el nacimiento de los rios, ó de las escabrosas pero fecundas serranias, ó de lagos, que por ocultos y subterraneos canales conducen las venas para la fertilidad de tantas tierras y el abastecimiento de tantas provincias. Ellos mismos nos ponen á la vista el rumbo que toman desde su orígen, el que siguen en su progreso, las campañas que riegan, los encuentros que tienen, las eminencias que montan, las caidas con que se precipitan, las llanuras en que se derraman y las naciones que abastecen.