Lo que no ponen delante de los ojos los mapas, son aquellas ocultas propiedades que, con fundamento ó sin él, atribuyen los naturalistas á sus aguas, y á las que estancan las lagunas. El Paraná y el Uruguay tienen virtud de petrificar. No es averiguado si esta propiedad transmutativa, sin distincion de especies, se extiende universalmente á todo leño: pero la experiencia muestra que su actividad se interna en los árboles mas sólidos. El célebre gobernador del rio de la Plata, Hernando Arias de Saavedra, tuvo en su casa mucho tiempo un árbol petrificado. A las orillas de uno y otro rio se encuentran frecuentemente trozos semi-petrificados, convertida en piedra la parte que baña el agua, y la superior, que no la toca, conservando la misma substancia leñosa.

Llenos estan los libros que tratan de minerales, de semejantes petrificaciones. Yo por la afinidad de materias, y por confirmar la verdad de unas petrificaciones con otras, solo añadiré que sobre el Carcarañal se encuentran algunos huesos petrificados. Hácia el año de 1740 tuve en mis manos una muela grande como el puño, semipetrificada: parte era solidísima piedra, tersa y resplandeciente como bruñido marmol, con algunas vetas que la agraciaban; parte era materia de hueso, interpuestas algunas particulas de piedra que empezaban á extenderse por las cavidades que antes ocupó la materia huesosa.

Otro género de petrificaciones he visto, obra curiosa, y peregrina invencion de la naturaleza. A espaldas del cerro de Ocompis, (“Cerro bravo” llaman los que habitan sus cercanias, por ciertos bramidos que, dicen, dá cuando quiere mudarse el tiempo) hay una cueva que llaman de Adaro. Es de boca muy estrecha, cavada en piedra viva. La entrada en partes es angosta, y el que entra es necesario que se arrastre. En partes tiene profundos senos, á los cuales se baja descolgándose por sogas. A uno y otro lado se registran variás piezas, mas ó menos capaces, segun permiten los brutescos petrificados. El cerro es muy elevado, todo de piedra calcárea, y en tiempo de lluvias el agua que recibe destila poco á poco, y la convierte en piedra.

Cuando yo entré al registro de la cueva era á principios de Septiembre de 1757; tiempo en que se cumplian seis meses que las lluvias habian cesado; pero la destilacion, proseguia goteando en diversas partes. El agua se petrificaba cayendo, y se espesaba en el mismo conducto por donde se transminaba, quedando pendiente de los cilindros que penden de las bovedas. Una cosa experimenté, que al calor de la vela se liquidaban las extremidades de los brutescos recien petrificados y que conservaban alguna humedad: pero los que se habian endurecido, y estaban sólidos, con el calor de la fragua se reducian á polvos sin liquidarse.

Observé que el agua colaba por entre solidísimos peñascos que petrificó la destilacion de otros años, sin duda por algunos poros imperceptibles á la vista, pero penetrables á la delicadeza de las aguas, y sutileza de los polvos que arrastran consigo. El color de la piedra es casi el mismo que el de la piedra calcárea, poco mas obscuro con algunas vetas cristalinas. Esta es la virtud de las aguas que destilan en la cueva de Adaro, y la misma es la del Paraná y del Uruguay, que convierten los árboles y leños en piedra mas estimable por ser verdadera, que la fingida propiedad que sin fundamento se atribuye á la laguna de las Perlas.

Está dicha laguna entre el Bermejo y el Salado, al norte de la antigua ciudad de la Concepcion destruida por los infieles. En tiempos pasados era habitada de los Hohomas, parcialidad de dos mil indios, valientes guerreros, aliados algun tiempo de los españoles, y despues confederados con sus enemigos. Marcos Salcedo, español nacido en Santa Fé, y cautivado algunos años entre los Abipones, testifica que en grande cantidad pescan ostrones, y como gente que no aprecia las perlas, las arrojan sobre la playa.

En memoria de los antiguos no se halla mencion de tanta riqueza que ruede arrojada por los suelos, y es verosimil que los pobladores de la Concepcion hubieran levantado el grito de las perlas, y se hubieran empeñado en mantener una ciudad que les franqueaba riqueza incomparable, y que solo costaba alargar las manos para cogerla. Noticias de menor riqueza han bastado en las Indias, y en estas provincias, para contrastar mayor resistencia que las que podian hacer los Hohomas, señores de la laguna, con las naciones aliadas. Y así el desamparo de la poblacion, y el descuido en reedificarla, son argumentos de que se fingieron perlas donde no las hubo; ó si algunas hubo, de tan poca estimacion que no merecieron aprecio.

A la laguna de las Perlas, sita al poniente del Paraná, juntemos la de Yupacaray que cae al oriente del Paraguay y le tributa el raudal de sus aguas en altura poco menos de veinte y cinco grados. Su mismo nombre, que significa laguna exorcizada, promete alguna cosa extraordinaria. Los naturales refieren por tradicion de sus mayores, que antiguamente salia de madre, derramando muchas leguas sus aguas, y que en la obscuridad y tinieblas de la noche arrebataba hácia el centro á cuantos alcanzaban sus inundaciones. Añaden que un Obispo, cuyo nombre no ha pasado á nuestros tiempos, compadecido de los que habitaban sus vecindades, exorcizó á la laguna, y á la virtud del conjuro refrenó el impetu de sus resacas.

Con los exorcismos cesaron las inundaciones, pero no los tristes gemidos y frecuentes clamores de hombres, mugeres y niños que gritan lastimosamente desde el centro de las aguas. Los unos dicen que tienen su orígen en los que arrebataron las inundaciones á lo profundo de la laguna: los otros, de unos nefandos abortos, que sepultó en ella el rigor de la divina justicia por sus abominaciones, y que con aquellos gritos y voces lastimeras claman á los mortales para que los socorran, y se compadezcan de ellos. Añaden otra particularidad, corona de tantas invenciones. Cuando el tiempo quiere mudarse, aparecen en la laguna señales sensibles: las aguas se encrespan, truena, relampaguea, y una tormenta inferior que precede, simboliza la superior de truenos, relámpagos, rayos y lluvia que amenaza.

Estas fábulas solo prueban que el humano ingenio, amigo de novedades asombrosas, extiende á los rios, á los montes y serranias su estéril actividad y fecunda invencion. Rara es la ciudad de estas provincias, que no posea algun rio, laguna ó cerro, que predice las futuras mudanzas de tiempo. Enojarse llaman los naturales: se ha enojado el Ocompis, la Achalá Famatina, ó el Tafi, cuando se levantan nubes, cuando resuenan los truenos, cuando al resplandor de los relámpagos que alumbran se siguen los rayos que cruzan. Yo no sé que idea supersticiosa forman en su imaginacion sobre este punto. Lo que aseguro es, que repetidas veces con todas sus mientes me han querido persuadir que no me llegue á tal cerro, monte, ó laguna, porque es, dicen, muy bravo, y sabe enojarse:—persuasion tan arraigada, que ni la razon los convence, ni la experiencia los desengaña. Y así no solo el Yupacaray es fabuloso, sino que tenemos muchos Yupacarays fingidos, pseudo-profetas de lo futuro.