§. VIII.
DE LOS REPTILES.
Plaga es lo que abundan estos animales juguetones, y no lo es menos la de los ponzoñosos y otros insectos que viven conjurados contra la vida y quietud del hombre.
El venerable P. Antonio Ruiz de Montoya, en su Tesoro, palabra Mboy, señala once especies de víboras que matan, y no las refiere todas. Unas son ovíparas, otras vivíparas, y es maravilla que no multipliquen inmensamente, y hagan la tierra inhabitable. A una abrió el mismo Padre, y le encontró cincuenta viboreznos: fecundidad tan rara, especialmente en paises húmedos y ardientes, debiera sobresaltar mas á los habitadores y viandantes, que se abandonan á dormir sobre el suelo, despues de una larga experiencia de los muchos que han sido acometidos de estos enemigos ocultos y silenciosos, que avisan con el daño, y no dán lugar á prevenir sus ataques.
Por eso sin duda, la víbora que llaman de cascabel, proveyó la naturaleza de sonajas, compuestas de huesecillos y escamas secas que meten ruido al caminar, y el ruido previene á los que están cerca, que se cautelen de este enemigo. Los naturales dicen, que cada año le sale un nuevo cascabel: lo cierto es, que cuanto son mayores, tanto es mayor el número de sonajas; y que si no crece uno por año, se aumentan con ellos. Algunas son largas vara y media, y á las veces dos varas, y gruesas como el brazo. El color es amarillo y negro, que asombra la piel, y la comparte en muchos cuadros. Es mortal su veneno, y con solo picar en un pié, brota la sangre por ojos, narices y oidos.
Mas formidable es el Curiyú, de un color ceniciento, entreverado con espantosa variedad: largo tres, cuatro y seis varas, corpulento á correspondencia. Cuando se siente hambriento se sube á los árboles y pone en la atalaya, tendiendo por todas partes la vista para divisar la presa; y cuando en proporcionada distancia descubre el venado, el corzo ó el hombre, con increible ligereza se desprende del árbol, y se arroja sobre ellos. Su primera diligencia es asegurarlos con sus roscas, que la envuelven toda al rededor, y tan fuertemente, que no es posible librarse de tan formidable enemigo. Cuélgase tambien de los árboles que están pendientes sobre los rios, arroja sobre el agua una espuma, á la cual acuden los peces, y cuando los tiene descuidados en el cebo, se desenrosca con extraña ligereza, y hace segura presa de ellos.
Algo se parece el Curiyú al Mboy-quatiá, culebra de tres para cuatro varas, que habita entre malezas pantanosas, desde adonde arma celadas y atalaya para asaltar la presa con increible ligereza. De la extremidad de su cola sobresale un hueso como navaja, con el cual hiere al animal y al hombre, hasta matarlos. Si el animal que apresó hace resistencia para que no le arrastre á los matorrales, el Mboy-quatiá se debilita, suelta la presa, y con presteza vuelve al agua para humedecerse, y tornar con agilidad á la reñida contienda. Los indios procuran que no les enrosque los brazos para tener sueltas las manos, y cortarla con el cuchillo antes que les hiera con el hueso de la cola.
Mayor que el Curiyú y el Mboy-quatiá es el Ampalaba, que algunos llaman “culebra boba.” Por lo menos si no es boba lo parece: su movimiento es tardo y á las veces ninguno, porque entorpecida y perezosa, se está mucho tiempo sin menearse, con la boca abierta. A nuestra Ampalaba no le hace falta la ligereza del movimiento para apresurar el raton campestre, el fugitivo corzo y el ligero venado. Con solo levantar la cabeza, y registrar los animales que pasean la campaña, y las aves que cruzan los aires, sin moverse del sitio que perezosamente ocupa, tiene segura la presa. Algunos dicen que con un aliento ponzoñoso que despide, quita la vida á los animales, y muertos se ceba en ellos. Pero la experiencia enseña que la presa es violentamente traida, y que llega viva á su boca.
Talvez ha sucedido que un pajarillo en medio de su vuelo se halló repentinamente detenido, y contra el propio impulso tirado hácia la boca del Ampalaba. Pero cortado el aire que mediaba entre la culebra y la presa, tomó otra vez vuelo, y siguió libremente su camino—efecto que no puede proceder de aliento venenoso, pues este obraria atolondrando y matando.