DESDE LA SALIDA DE GABOTO HASTA LA LLEGADA DE D. PEDRO DE MENDOZA.
1530-1536.
Desde que Gaboto se restituyó del país de los caribes al fuerte de Sancti Spiritus sobre el Carcarañal, no consta progreso alguno de la conquista, ni alianza con otras naciones. Los Timbues se mantenían en amigable correspondencia, que les inspiraba su buen génio, y el cariñoso trato de los españoles. No así los Charruas, los cuales velaban sobre los descuidos de la guarnicion para lograr un lance favorable á sus armas.
Efectivamente, lograron una madrugada, y sorprendieron rapidamente á los castellanos: parte murieron á sus manos, parte se refugiaron á las naos que se hallaban surtas en el rio, sobre la márgen oriental del Uruguay. Hallábase Gaboto próximo á largar al viento las velas para España: y aunque sintió la desgracia, no se detuvo en castigar á los bárbaros, ni en reedificar el fuerte, primer monumento de su conquista. Mayores negocios ocupaban el ánimo, y solicitaban su asistencia personal en la corte. Tres años corrian ya, y en ellos no habia tenido noticia de sus agentes, ni del estado en que se hallaban su pretensiones. Tenia fundamentos para sospechar mal recibimiento por las diligencias de sus émulos interesados de Malucas, y los informes que podia sospechar de Diego García, á quien en propiedad pertenecia la conquista.
Esto le movió á navegar á Castilla para liquidar personalmente sus operaciones. En efecto llevó adelante el patrocinio de su causa, y justificó de modo sus procederes, que obtuvo la capitanía del rio de la Plata. Pero se le confirió en títulos, y con pretexto de piloto mayor del reino se le detuvo en Sevilla, embarazando la vuelta al rio de la Plata, de un sugeto que fué desgraciado en Inglaterra, infiel á España, y primer intruso en estas provincias.
A los dos años de vuelto Gaboto, fué destruido el fuerte de Sancti Spiritus. Era alcaide Nuño de Lara, noble hidalgo dotado de prendas singulares: era cariñoso, afable, circunspecto, prudente, respetable, mandando con el dulce imperio de las obras que facilitan y vencen las dificultades. Mantenia los presidiarios en arreglada disciplina, inspirando en sus corazones humanidad y clemencia con los indios: á estos conservaba en mutua correspondencia, rescatando de ellos los alimentos, sin lesion de la equidad y justicia. Todo prometia bonanza, y aseguraba hermandad incontrastable por muchos años. Así sucediera si la furia de una pasion no lo convirtiera todo en cenizas.
Marangoré, cacique principal de los Timbues, se aficionó locamente de Lucia Miranda, señora de distincion, hermosa, honesta, y por extremo recatada. Los castos desdenes de Lucia encendian peligrosas llamas en Marangoré, y soplaban el incendio de la pasion en un corazon salvage. Renunciando á la esperanza de vencer su resistencia, arrimó 4,000 Timbues hácia Sancti Spiritus, en ocasion que Sebastian Hurtado, marido de Lucia, se hallaba ausente del fuerte con algunos compañeros, rescatando víveres para subsidio de la guarnicion.
De esta carestia tomó pié Marangoré para el logro de sus intentos. El ejército emboscó en competente distancia para que se acercára al abrigo de la noche, y él con algunos briosos jóvenes, cargados de vituallas, se adelantó á Sancti Spiritus ofreciendo las provisiones que llevaban sus vasallos para socorro de la necesidad que se padecian. Los presidiarios recibieron el donativo con agradecimiento, y porque la noche estaba próxima y la habitacion de los Timbues retirada, Nuño Lara ofreció alojamiento á Marangoré, y á los suyos, cargadores del engañoso presente. Juntos cenaron esa noche, y juntos se recostaron, los españoles á dormir, y los Timbues á velar. Apoderado de los castellanos el sueño, el tirano abrió las puertas al ejército, que ya se habia arrimado, y entrando al fuerte, todos se arrojaron sobre los españoles: los mas fueron prevenidos antes de tomar las armas: pocos las empuñaron, y tuvieron glorioso fin con muerte de sus enemigos.
Nuño Lara, en quien la nobleza y valor hermosamente se enlazaban, discurria por entre la densa multitud de Timbues, obrando prodigios de valentia, hiriendo y matando enemigos, hasta derribar á sus pies á Marangoré, caudillo pérfido de sus pérfidos agresores. Luis Perez de Vargas, sargento mayor del presidio, y el alferez Oviedo, cubiertos de gloriosas heridas, y rociados de sangre enemiga, haciendo mortal destrozo, cayeron vencedores, sobre los mismos que dejaban vencidos. Casi todos los españoles fueron víctimas de este bárbaro furor: los pocos que salvaron la vida, quedaron prisioneros de los aleves Timbues.
Entre ellos la infeliz Lucia Miranda, que quedó en libre cautiverio de Siripo, hermano de Marangoré, sucesor suyo en el cacicazgo, y heredero de sus amores. Este permitió el despojo del fuerte á la victoriosa milicia, reservando para sí á Lucia, objeto de sus pretensiones, siempre malogradas por la constancia de la casta matrona.