Al siguiente dia de la desgracia sucedida en el fuerte, estuvo de vuelta Sebastian Hurtado, marido de Lucia. Reconoció los cadáveres para pagar con honrada sepultura los últimos oficios de gratitud á su amada consorte, y no hallando el de Lucia, llevado del amor que es presagioso, se huyó á los Timbues, para acompañar cautivo á su cautiva esposa. Pero Siripo, que pretendia poseerla solo, entró en pensamientos de matar á Sebastian Hurtado.
Entonces Lucia, árbitra de la voluntad de Siripo, le inclinó á tierna condescendencia hácia Hurtado, en quien no se descubria otro delito que la inocencia inculpable de sus amores. “Si tu gusto es, si es de tu agrado, respondió Siripo, viva en buena hora Sebastian, por que tú no fallescas con su muerte: viva en buena hora, pero elija esposa entre las Timbues, sin otra reserva, que la que prescriba el antojo de su eleccion. En lo demas no será mirado de mí ni de mis vasallos como advenedizo ni como prisionero de guerra, Los primeros empleos que dispensa mi autoridad, segun el valor de los méritos suyos, serán desde ahora su galardon. Una sola condicion os prescribo, y es, que no trateis ambos como consortes, so pena de incurrir los castigos de mi justo enojo.”
Agradecieron á Siripo las expresiones de su benevolencia, y prometieron no traspasar los límites de su ordenanza. No obstante, los inocentes consortes se descuidaron, y observados del celoso amante, irritaron su cólera, que los llevó al sacrificio. Tentó primero la castidad victoriosa de Lucia, la cual inexorable á los ruegos del bárbaro, permaneció constante en su determinacion, queriendo antes experimentar las furias de un amante, que macular el tálamo con detestable condescendencia.
En efecto Siripo de amante se transformó en tirano, y las promesas convirtió en amenazas, preparando á la inocente victima una hoguera. Sebastian Hurtado, amarrado á un árbol, y hecho el blanco de las flechas y furor bárbaro, imitó el ejemplo de su esposa en fervorosos actos de religion, y la siguió á la gloria.
Los demas españoles que con Sebastian Hurtado habian venido de rescatar víveres, pagada la deuda de sepultura á sus desgraciados comilitones, humedeciendo con lágrimas sus cadáveres, desampararon el fuerte, y embarcados siguieron el curso de su fortuna, ya desgraciada, y de costa en costa, á vista siempre de tierra, llegaron á las cercanias de San Vicente, colonia lusitana en el Brasil. Allí levantaron unas chozuelas, y aliados con los portugueses se mantuvieron poco mas de año en buena correspondencia. Los portugueses fueron los primeros en romperla, declarando guerra á los castellanos, los cuales previnieron una celada y los vencieron, quedando dueños del campo y señores de la poblacion. No obstante, por evitar disensiones, se recostaron á la isla de Santa Catalina, donde restablecieron la colonia.
§. III.
GOBIERNO DE D. PEDRO DE MENDOZA.
1534-1537.
Casi en la misma sazon que los Argentinos, reliquias de la armada de Gaboto, pasaron de San Vicente á Santa Catalina, disponia el Emperador proseguir el descubrimiento del Rio de la Plata. Y porque la monarquia española se hallaba exhausta con los excesivos gastos de la guerra, y falta de medios para equipar nuevas armadas, se puso la mira en D. Pedro de Mendoza, gentil hombre de cámara, mayorazgo de Guadix, caballero principal, el cual habia militado en Italia y enriquecido en el saco de Roma. Como á poderoso y valido, confirió el Emparador el título de Adelantado del Rio de la Plata, con decorosas condiciones, y privilegios honoríficos.