La armada que se dispuso con esplendor y lucimiento, sobresalia casi sobre cuantas surcaron los mares para la conquista de Indias. Dos mil y quinientos españoles, y sobre ciento y cincuenta alemanes la componian, segun algunos autores. Venia gente de distincion: treinta y dos mayorazgos, algunos comendadores de San Juan y Santiago, un hermano de leche del Emperador, llamado Carlos Dubrin, y Luis Perez de Cepeda, hermano de la esclarecida virgen, y seráfica madre Santa Teresa de Jesus. Todos venian á la conquista del Rey blanco ó plateado, que ideó la fantasia de Gaboto ó sus agentes, para adquirir nombre de grandes con la novedad del hallazgo.

A la conquista pues del Rey blanco se hizo en San Lucar á la vela, á principios de Septiembre de 1531, dejando á España llena de envidiosos y de esperanzas. Tuvo algunas aventuras en la mar, y con ellas al siguiente año embocó en el Rio de la Plata, y subió á la isla de San Gabriel, cuya incomodidad para establecimiento de poblacion, y desabrigo para reparo de la armada, precisó á buscar sitio mas ventajoso. Para lo cual despachó el Adelantado personas de confianza que eligieran en la opuesta rivera solar cómodo para levantar la poblacion.

Los exploradores cortaron el Rio de la Plata, pasando á la márgen austral, casi en la derecera de San Gabriel, donde el terreno ofrece sitio ameno, delicioso, y de agradable perspectiva. Soplaban en la ocasion vientos frescos y apacibles cuya suavidad templó el bochorno de los exploradores; y porque Sancho del Campo, el primero que saltó en tierra, dijo: Qué buenos aires son los de este suelo, se tomó ocasion para denominar el sitio: Puerto de Buenos Aires. Alegres con la oportunidad, pasó el Adelantado con su gente á la márgen opuesta, donde en altura de 34 grados y medio de latitud, y 321 de longitud, principió para tantos mayorazgos y comendadores, para tantas matronas y doncellas, una ciudad de chozuelas pajizas, puestas al amparo de la Emperatriz de los cielos y de la tierra, bajo la invocacion de Santa Maria de Buenos Aires.

Bien era necesario patrocinio tan poderoso para mantenerse en la vecindad de los Querandís, nacion entonces numerosa, que ocupaba las extendidas campañas que median entre Córdoba y Buenos Aires, y que se dilataba al sur hácia el estrecho de Magallanes. No forman cuerpo de comunidad, ni reconocen superior sino en tiempo de guerra, en que eligen capitan, y obedecen á los cabos militares. Son de grande estatura, y alcanzan poderosas y robustas fuerzas: son guerreros afamados á su usanza, y diestros en despedir con certeza la flecha al blanco, y en tirarla por elevacion, para que caiga sobre la fiera que huye y sobre el enemigo que se les escapa. Son obstinados en los gentílicos ritos, y raros son los que se convierten á la religion cristiana.

Al principio usaron buenos términos con el español: ofrecian sin esquivez los frutos del pais, y comerciaban amigablemente castellanos y querandis, manteniéndose en hermanable trato y reciproco comercio. Poco á poco retiraron los indios los víveres, y cometian algunos insultos, robando y matando á los que salian á forrage. Como á estas osadias no refrenó el castigo, los delincuentes volvieron á insultar á los españoles, y repetidas veces bloquearon á su modo la ciudad. Los castellanos con algunas salidas hicieron retirar al Querandí, pero tan poco atemorizado, que luego intentó nuevos acometimientos.

Juntó un cuerpo de milicia de cuatro mil combatientes, y puso su campamento cerca de un pantano á pocas leguas de la ciudad. Tuvo noticia el Adelantado, y destacó una compañia de trescientos infantes, y doce caballos para castigar al enemigo. Dirigian la faccion Perafan de Rivera, Francisco Ruiz Galan, Bartolomé Bracamonte, Juan Manrique, Sancho del Campo y Diego Lujan, con subordinacion á D. Diego Mendoza, Almirante de la armada y hermano del Adelantado.

Salieron de la ciudad á son de cajas y clarines, y presentaron batalla al enemigo. De una y otra parte se peleó valerosamente. Del campo español faltó la flor y la nobleza:—D. Diego Mendoza, Juan Manrique, Bartolomé Bracamonte y otros. Diego Lujan, que se arrojó intrépido á la densa multitud de querandis, salió arrastrado del caballo á la orilla de un rio, que denominó de su apellido, sirviendo en esta ocasion la desgracia á la celebridad del nombre que conserva hasta el dia de hoy el rio de Lujan.

Los Querandis, de los cuales murieron muchos, juntaron un cuerpo compuesto de Chanas, Charruas y Timbues, que se confederaron con los Querandis, para acabar con los nuevos pobladores. Acampados sobre la ciudad, la rodearon por todas partes, molestando á los españoles con repetidas irrupciones. Los de adentro con vigilancia y esfuerzo frustraban el ímpetu de los sitiadores, repeliendo á vivo fuego la debilidad de las armas arrojadizas. Los Querandis empeñados en la agresion, densaron el aire de flechas, en cuya extremidad arrojaban mechones de paja encendidos, los cuales cayendo sobre los techos de paja, le comunicaban el incendio. Fué grande la confusion en los españoles: pero en los enemigos fué grandísima la mortandad: ni podia menos, ofreciéndose ciegos á las balas que hacian mortal estrago.

Viendo los indios que no podian prevalecer contra el español, alzaron el sítio; y como antes habian retirado los viveres, se sintió en la ciudad el hambre, enemigo mal acondicionado, que no se ablanda con halagos, ni auyenta con amenazas. Cuéntanse excesos, en que la cristiandad tropieza, y se atraviesa el horror natural. Como estas desgracias llovian unas sobre otras, entristecian grandemente el corazon de todos, y principalmente del Adelantado, el cual profundó tanto sobre las miserias presentes y otras que se temian, que le faltó aliento para golpes tan pesados, y determinó dejar el gobierno á Juan de Oyolas.

La idea puso en ejecucion, y se embarcó para Castilla, mas lleno de melancolia, que no vino alegre á la conquista del Rey blanco. En el mar le recargó mas el humor melancolico, que le traia á la fantasía la muerte de su hermano, de tanta hidalguia, y la estrema miseria en que quedaban abandonados los vecinos del puerto, con impresion tan viva que no podia apartar de sí el objeto mismo de que huia. Sobre eso el hambre apretó en la nao, y se vió reducido á tanta necesidad, que le precisó á comer carne infestada, que le ocasionó la muerte. Así acabó el año de 1537 el primer Adelantado del Rio de la Plata, tan desgraciado en los últimos periodos de su vida como feliz en los primeros.