Pero los infieles mas estudiaban en ocultar sus intenciones, que en manifestar el lamentable fin del capitan español. Porque cien Payaguás sin arcos ni flechas, en trage de comerciantes, se descubrieron á lo lejos, con deseo de sentar paces con los castellanos, manifestando con señas que les detenian los españoles ceñidos con sus armas. Entonces Irala ordenó á los suyos que las depusieran, velando sobre ellas para cualquier lance que pudiera ofrecer el disimulo de los comerciantes. Los cuales se acercaron al acampamento, y fingiendo que sacaban á la plaza las mercaderias, los unos se arrojaron sobre las armas de los españoles, y los otros se estrecharon con ellos.

Dieron principio al combate con horrible griteria, hiriendo con voces el oido y el ánimo con espanto. El capitan Irala, primero en desprenderse de sus agresores, empuñando espada y rodela, dió lugar al alferez Vergara, y á Juan de Vera, para desenvolverse de sus competidores. Los tres socorrieron los demas, que peleaban animosos cuerpo á cuerpo, embarazados con la multitud. Pero llevándolos ya de vencida, y recobradas las armas, salieron de celada otros Payaguás, parte por tierra, parte por agua en sus ligerísimas canoas, con ánimo de tomar los bergantines. Por tierra y agua fué grande la confusion, reñido el combate, y se peleó desesperadamente; pero al fin se declaró la victoria por los españoles. Entre los heridos, uno fué Irala, tan enagenado con el ardimiento de la pelea, que no reconoció su daño hasta que concluyó felizmente la fuga del enemigo.

Desengañado Irala de conseguir entre los Pajaguás noticias, se alargó rio arriba con toda su gente. Un dia, poco antes de amanecer, se percibieron voces lúgubres, solicitando en lenguage castellano la audiencia del capitan español. Fué traido el que articulaba estas voces, y puesto en presencia de Irala, habló de este modo. “Yo, Señor capitan, soy indio, de nacion Chanés, gente que habita unas altas cordilleras, á las cuales aportó el capitan Juan de Oyolas, quien me recibió por criado, pero me trató como hijo. Corridos felizmente los términos de los Samacosis y Sivicosis, naciones que le franquearon cuanto tenian, y situadas en las faldas de las cordilleras peruanas, dió la vuelta cargado de ricos metales, que le franquearon los indígenas, prendados de su benevolencia. Todos le recibian humanamente, y ofrecian para servirle sus hijos: de los cuales yo soy uno, que no quisiera haberle conocido, por no sentir el corazon traspasado con su pérdida.”

“Concluida la jornada, llegó al puerto de la Candelaria, y no hallando las naves, se paró por extremo triste. Las naciones de este gran rio acudieron con víveres; á todas excedió en obsequios la de los Payaguás, los cuales ofrecieron sus chozuelas para hospedaje, con tanto disimulo, que los españoles las admitieron agradecidos, y sin recelo se recostaron á descansar. Cuanto era mayor el descuido de estos, tanto fué mayor la vigilancia de los Payaguás para sacrificar á su furor los dormidos castellanos. El capitan Oyolas se ocultó entre matorrales, pero descubierto, murió blanco de sus flechas. Yo tuve la dicha de escaparme, ó porque su furor se extendió solamente á los españoles, ó porque mi miseria halló compasion en corazones de fieras.” Así habló el indio Chanés á Irala, el cual entristecido con tan funesta noticia, se restituyó á la Asumpcion, que contaba algunas habitadores venidos el año antecedente de 1539, con el capitan Juan de Salazar y Francisco Ruiz Galan.

Muerto Oyolas, feneció tambien el fuerte de Corpus Christi, monumento de su valor. Pero asaltados los Caracarás, indios de paz, por Francisco Ruiz Galan, quedaron tan sentidos que resolvieron vengarse. Para lo cual se confederaron con los Timbues, y juntando un cuerpo considerable de milicia, eligieron Capitan General de las tropas. No ha quedado nombre del gefe, pero sus artificios y engaños le pueden hacer memorable en los anales griegos. La substancia es, que ido á Corpus Christi habló en este tenor al capitan Antonio de Mendoza, teniente del fuerte.

“El aprieto grande en que se halla mi nacion, noble y valeroso Capitan, y la firme alianza en que Españoles y Caracarás vivimos, me pone á tus pies, para consultar el remedio que se debe aplicar á los males que nos amenazan. Habeis de saber que una nacion cruel y bárbara ha despachado sus embajadores con precision de intimaros guerra, y de no, amenaza meterla por nuestras tierras. El enemigo es formidable por naturaleza, y temible por el número excesivo de combatientes. Nosotros, si no vienen en socorro vuestras armas, nos hallamos débiles para la resistencia, y solo con ellas prometemos vencer al comun enemigo que pretende romper nuestra alianza.” Con este artificio coloreó el capitan caracará su designio, y movió al teniente español á señalar cincuenta castellanos, á cargo del alferez Alonso Suarez de Figueroa, el cual pasó á incorporarse con los Caracarás en sus tolderias.

Poco antes de llegar se ofrecia un estrecho sendero que cortaba la espesura del bosque con rastros impresos de viandantes. Aquí fué donde los Caracarás que estaban en celada, acometieron al español, el cual resistió con valor, causando gran daño al enemigo: pero fatigados con la continua defensa, perecieron todos, menos un mozuelo llamado Calderon, que eludió el peligro con la fuga para mensagero de la desgracia. Los victoriosos Caracarás, en número de dos mil, como dice Centenera, ó de diez mil, segun Ulrico Fabro, corrieron impetuosamente para asaltar á Corpus Christi. Quince dias duró el cerco, renovando en cada uno el asalto de los infieles, cuyo ímpetu fué valerosamente rechazado de solos cincuenta españoles: á los cuales al décimo-quinto dia socorrieron Diego Abreu y Simón Jaques Ramoa, capitanes de dos bergantines que venian casualmente del puerto á Corpus Christi.

Jugose oportunamente la artilleria de los bergantines, y se dió lugar á que la soldadesca saltára en tierra para incorporarse á los sitiados. El combate fué muy reñido, porque la obstinacion peleaba en los bárbaros, y la multitud permitia que los fatigados alternáran con tropas de repuesto. Los españoles apuraban el aliento, peleando; y no pudiendo atender con tanto golpe de enemigos, un varon celestial, vestido de blanco y espada brillante en mano, se dejó ver sobre la frágil muralla infundiendo terror en los bárbaros, y poniéndolos en fuga pavorosa. Favor singular que los españoles atribuyeron al glorioso San Blas, en cuyo dia se consiguió tan señalada victoria. Desde entonces la gobernacion del Paraguay tributa obsequiosos cultos al Santo, reconocida á los grandes favores con que su Patron manifiesta propicio el poder de su abogacia.

Los españoles que sobrevinieron, desampararon el fuerte, y se embarcaron para Buenos Aires en los bergantines de Abreu y Ramoa. Pero estos y los porteños solo se juntaron para hacer un número crecido de miserabilísimos, próximos por el hambre á perecer. Se refieren de este tiempo casos semejantes á los que se cuentan de Roma en el cerco de Mario, y de Jerusalem en tiempo de Tito y Vespasiano. En tanta miseria y calamidad recibieron algun socorro con la venida de Alonso Cabrera, veedor del Rio de la Plata que trajo provisiones de boca y guerra para un año, y doscientos soldados con algunos nobles caballeros. Traia entre otras una real cédula en que á Juan de Oyolas se le confirmaba el título de Gobernador del Rio de la Plata, y en caso de fallecimiento Su Magestad concedia facultad de proceder á eleccion de Gobernador por pluridad de votos.

No se arreglaron al cesareo mandato el veedor Cabrera y el teniente Francisco Ruiz Galan, los cuales partieron entre sí el mando de la provincia. Una cosa buena hicieron en su brevísimo gobierno, que fué pasar con casi toda la gente á la Asumpcion, donde los alimentos se conseguian sin escasez, y se lograban lúcidos intervalos entre la tranquilidad de la paz y los rebatos de la guerra. Publicóse en la Asumpcion la cédula del Emperador, y por pluralidad de votos fué electo Gobernador Domingo Martinez de Irala, noble vascongado, valeroso, ejecutivo, resuelto y determinado con fortuna. Era ambicioso y vano con estremo, y tenia un fondo de reserva que alcanzaban pocos.