Con tan lucido acompañamiento se puso en camino el Mariscal Almagro, y desde el partido de Topiza, perteneciente á los Chichas, se desfilaron cinco españoles al pais de Jujuy, cuyos moradores dieron muerte á tres, escapándose los otros dos á Topiza, donde dieron noticia del infortunio de sus compañeros. Irritado Almagro con la osadia de los bárbaros, destacó á los capitanes Salcedo y Chaves, con buen número de soldados é yanaconas para el castigo de los agresores. Los Jujuieños, que sospecharon la venida de los españoles, se apercibieron para esperarle, y pelearon tan valerosamente que mataron muchos yanaconas, y apoderados del bagage, obligaron á Salcedo y Chaves á retirarse.

De Topiza avanzó el Mariscal al valle de Chicoana, jurisdiccion de Calchaquí, cuyos moradores le picaron la retaguardia; al principio con miedo por la ligereza de los caballos, y despues con resolucion denodada, jurando por el alto Sol que habian de morir, ó acabar con los extrangeros. Quiso Almagro detener el impetu de los agresores, cuando por la muerte de su caballo se halló en manifiesto peligro. Empeñado en el castigo, destacó algunas compañías de caballos ligeros: pero ganando los calchaquís la eminencia de la sierra, impenetrable á los caballos, burlaron las diligencias del valeroso caudillo.

Por este tiempo, de lo mas interior de la provincia hácia Capayan, perteneciente al valle de Catamarca, los indios convocados, y recelando caer en manos de los españoles, que ya se acercaban á Tucuman con sus conquistas, se internaron al corazon de Chaco, envueltos en un furioso huracan. Esta narracion recibieron los primeros conquistadores, de algun indío, y de ellos en pluma de antiguos escritores llegó á nuestros tiempos.

Entretanto el Gobernador Irála se desvelaba en asegurar la provincia, ya removiendo, ya sugetando los indios. Castigó los Yapirús, cómplices con los Payaguás en la muerte de Oyolas. Subyugó los pueblos de Ibitiruzú, Tebicuarí, Monday y otros del rio Paraguay. Ordenó que los habitadores de Buenos Aires, siempre expuestos á invasiones de Querandís, despoblado de puerto, subieran á la Asumpcion. Pasó reseña de la gente de guerra, y halló seiscientos soldados: número considerable en aquellos tiempos para emprender alguna faccion decorosa. No tardó en ofrecerse un lance en que la sagacidad de Irala, y el valor de la milicia campearon con gloria.

Los Ibitiruceños, Tebicuareños y Mondaistas, puestos seis meses antes en sugecion, llenaban pesadamente el yugo del servicio, irritados con el mal tratamiento de los Asumpcionistas que abusaban de ellos con crueldad y desprecio, tanto mas sensibles, cuanto era su paciencia mas sufrida, y su mansedumbre mas callada. Para vengarse discurrieron varios medios: uno les agradó sobre los demas, que fué meter en la ciudad crecido número de soldados, con pretexto de satisfacer la curiosidad, registrando la procesion de Semana Santa, el juéves en la noche. A cuyo fin habian desfilado á la ciudad ocho mil guerreros, con tanto disimulo, que los españoles no alcanzaron la traicion que se urdia contra ellos.

Pero lo que los amotinados procuraron ocultar, descubrió la casualidad por medio de una indiezuela que tenia ruin comercio con Juan de Salazar, y á la cual un pariente suyo reveló la ruina que amenazaba á la ciudad: advirtiéndole del peligro que corria, si prontamente no se ponia en seguridad entre los suyos. La indiezuela, ó porque deseaba continuar su mala vida, ó tocada de femenil compasion, inquirió con cautela algunas particularidades sobre el tiempo, lugar y modo con que se debia ejecutar el atentado.

A todo satisfizo el indio, y recibido con agradecimiento el aviso: “esperáme, le dice, que voy á casa. Madre soy, y es necesario poner en salvamento á un hijo que tengo, prenda de mis cariños. No te ausentes de aquí, espérame que ya vuelvo.” El indio aguardó á su parienta, y ella caminó presurosa á informar menudamente al capitan Salazar. Cargada de su hijuelo volvió á su pariente, y Salazar pasó la série de la narracion al Gobernador Irala.

Era Irala de juicio penetrativo, de pronto y sagaz acuerdo, proporcionando los medios á los fines, tanto en los casos no previstos, como en los que premeditaba. Al punto y sin dilacion ordenó tocar las cajas de guerra, y que el pregonero voceára, como un trozo de Yapirús venia marchando para tomar la ciudad: que los soldados desnudáran el trage de penitencia, y echáran mano de las armas: llamó á consejo á los caciques, con pretesto de consultar los medios para hospedar á los Yapirús.

Los caciques, que no recelaron descubierta su traicion, vinieron al llamado: asegurados con prisiones, y substanciada sumariamente su causa, fueron ahorcados los principales, casi á la misma hora que ellos tenian destinada para el exterminio de los españoles. Con el castigo de los mas culpados se mudó enteramente la escena, y los menos delincuentes admitieron el perdon que publicó Irala.

Desde este tiempo se gozó paz, y la poblacion tomó nuevo ser y esplendor, á influjo de su Gobernador, que fomentó los edificios, y repartió solares para alquerias, de cuyo beneficio pendia el surtimiento de viveres, que hasta entonces se rescataban de los confederados. Con este fomento se cultivaron las granjas, tantas en número, que visitando el año de 1595 el teniente Juan Caballero Bazan los pagos de Tapyperi, Capiata y Valsequillo, halló ciento cincuenta y tres granjas: y visitando el año de 1602 Hernando Arias de Saavedra los contornos de la ciudad, en distancia de seis para siete leguas hasta Capiata y Salinas, encontró 272 alquerias, 187 viñas, y en estas un millon setecientas y sesenta y ocho mil cepas. Así los antiguos, como laboriosos, sabian utilizarse de la buena cualidad del terreno.