Poco despues encontraron con el salto del Iguazú, el cual tiene su nacimiento á espaldas de la Cananea, desde adonde, hasta descargar en el Paraná, corre mas de doscientas leguas: poderoso y rico con las aguas que le tributan otros rios sobre sus márgenes oriental y occidental. En medio de su carrera se atraviesa una alta serranía, de cuya eminencia se precipita todo el impetu de su corriente. Sus aguas parte siguen su curso natural, parte azotadas contra los peñascos, se rarifican en sutíl espuma, que elevada sobre la cordillera, forma argentada nube, en la cual reverberan los rayos solares con indecible hermosura. Objeto á la verdad delicioso, que imitando la reflexion del espejo, deja claros intermedios para admitir los rayos del sol y transfundirlos por la parte inferior con encontradas refracciones, que ofrecen la novedad mas peregrina á la vista.

Observado este portento siguió su curso el Adelantado hasta la Asumpcion, donde llegó el año de 1542. Su primer cuidado fué la religion cristiana. Convocó la clerecia y religiosos, y con gravedad de palabras dignas de la materia, puso en su noticia como el Señor Emperador Carlos V. descargaba su conciencia en la confianza que de ellos hacia en materia de religion, exponiendo la obligacion que tenian de satisfacer al César, á su conciencia y á Dios, que habia depositado en el seno de su celo tantos millares de almas, que solo esperaban la industria de celosos Ministros, para salir de las fauces del abismo, y pasar por sus manos á la bienaventuranza. Convocó tambien los indios amigos, y en presencia de los clerigos y religiosos, les hizo un grave razonamiento sobre el negocio de su salvacion, encargándoles el respeto que debian á los Ministros de Dios, como embajadores suyos para enseñarles el camino del cielo.

Satisfechas estas obligaciones, entendió en los negocios del gobierno. Señaló á Domingo Irala, para que siguiendo el camino de Juan de Oyolas descubriera comunicacion con el Perú. “Andad le dice, seguid el rumbo de Oyolas: tomad noticia de las naciones para descubrir paso al Perú. La desgracia de aquel incauto capitan sirva de cautela á la vigilancia, para que la empresa no se malogre por arriesgada confianza. La extrema necesidad de la Provincia obliga á mejorar fortuna con la comunicacion que se pretende: ella es posible, pues ya la descubrió Oyolas, y por su desgracia, no llegó á nuestra noticia. Tentad pues todos los medios, que la faciliten, y volved con respuesta, que ensanche las esperanzas, y felicite nuestra fortuna.” Irala subió hasta la isla de Orejones, sentó paces con algunas naciones, adquirió noticias del rumbo que debia seguir para el Perú, y vuelto á la Asumpcion avivó las esperanzas de todos.

El Adelantado entretanto pacificó los Agaces, y sugetó al rebelde Tabaré, cacique feroz y guerrero, señor del Ipané. Tenia un cuerpo de milicia de ocho mil guerreros que componian tropas auxiliares de otros reyezuelos confederados. El sitio defendian tres palizadas de robustos troncos que ceñian la circunferencia de la habitacion: á las entradas de las calles reparaban corpulentos maderos, y dificultaban el asalto con fosos y zanjones. Como el Adelantado era inclinado á la paz, brindó con ella á Tabaré, por medio de embajadores; á los cuales cruelmente quitó la vida, reservando uno para mensagero, al cual, “andad, le dice, andad á vuestro capitan, y referidle lo egecutado; añadiendo, que Tabaré no admite la paz, ni teme la guerra, y que espera hacer en batalla con los castellanos lo que deja egecutado con los embajadores.”

Irritado el Adelantado con la respuesta, resolvió castigar al rebelde Tabaré. Para el efecto nombró á Alonso Riquelme su sobrino con trescientos españoles y mil guaranís auxiliares, con órden de ofrecer primero la paz, y no admitida, declarar la guerra. Tres veces convidó Riquelme con la paz á Tabaré, el cual dió nuevos indicios de obstinacion, asaltando el cuartel de Riquelme con tanto corage que causó algun daño la primera vez, y la segunda obligó á los españoles á retirarse, dejando en manos del enemigo la plaza de armas. Avergonzado el capitan español de los progresos de Tabaré, revolvió furioso sobre los infieles, y con muerte de 600 tabareños recobró la plaza de armas.

Para facilitar el asalto de la poblacion se fabricaron dos castillos de madera: constaban de tablazon, y eran portatiles con ruedas, sobre las cuales descansaba la maquina, que tenia una elevacion superior á las palizadas del enemigo, con algunos descansos en que eran conducidos los guaranís flecheros y los arcabuceros españoles. Estaban repartidos por la frente y costados algunos reparos que servian á la punteria, sin peligro de ser ofendidos. Dividió Riquelme su gente en tres compañías. La una comandaba Ruiz Diaz Melgarejo, la otra el capitan Camargo, y el centro con los castillejos el mismo Riquelme.

Arrimó este las máquinas, y por el lado que le correspondia arruinó la estacada, y parte de su gente se arrojó dentro de la poblacion, manteniendo con mas vigor que ventaja la pelea. Al capitan Camargo oprimian los infieles con gran resistencia de los Ipanenses; pero socorrido del alferez Juan Delgado, rompió la estacada. Melgarejo por su parte corrió gran riesgo, pero con algun daño de los suyos venció la estacada, y se juntó á Camargo, y los dos ya victoriosos se unieron á Riquelme. Los tres juntos renovaron el combate, y retiraron el enemigo á un sitio, que podemos llamar plaza de armas, donde se trabó una muy reñida batalla, en que murieron cuatro mil tabareños: se hicieron tres mil prisioneros, muchos fueron heridos, los demas huyeron. Tabaré y otros caciques solicitaron la paz, y se les concedió con ligeras condiciones, que admitieron gastosos y cumplieron con fidelidad.

Concluida esta empresa se volvieron las armas contra los Guaycurús, nacion á ninguna inferior en barbarie, fronteriza de la Asumpcion, hácia la márgen occidental del Paraguay. Es gente altiva, soberbia y despreciadora de las demas naciones: guerrera por extremo, guardando inviolablemente el estilo de invadir cada año los paises vecinos, no con deseo de enriquecer sino por adquirir gloria militar, y por hacer temible el nombre guaycurú. Como era antiguo uso suyo invadir cada año alguna nacion, en el presente intentaron meter guerra en tierras de guaranis amigos. Alvar Nuñez, por asegurar mas estos en su devocion, se mostró enemigo de sus enemigos, declarándoles guerra: para la cual señaló quinientos españoles, diez y ocho caballos, y crecido número de guaranís; y por cabos á Domingo Irala y Juan de Salazar, ambos expertos en las guerras contra indios.

Pasado el rio se siguió sobre la huella al guaycurú vagabundo, y un dia se adelantó tanto Alvar Nuñez con su gente, que vieron al enemigo cantar alegres endechas, provocando las naciones del orbe con desprecio. Música mal sonante, que irritó á los españoles y les obligó á presentar la batalla. “¿Quien sois vosotros (empiezan á gritar los Guaycurús) que osais entrar en nuestras tierras sin nuestro permiso?” Hallábase en el campo español Hector Acuña, cautivo algun tiempo entre ellos y que entendia su dialecto. “Hector soy, responde, que vengo á tomar satisfaccion de los agravios hechos á los Guaranís, nuestros aliados.”—“En hora mala vengas tú, y los tuyos replicaron, que presto experimentarás que no es lo mismo pelear con guaranís cobardes que con valerosos guaycurús.”

A las últimas cláusulas tiraron los tizones del hogar, y empuñando las armas, dieron principio á la refriega, con griteria tan horrible que pusieron en fuga á los guaranis. Las voces acompañaron con densa multitud de flechas, que causaron algun daño en la gente del Adelantado; y aunque ellos lo recibieron mayor de la artilleria, no se intimidaron los demas, que no perdieron pie de tierra, manteniendo con su valor la pelea. Pero lo que no obró el estrago de la artilleria, consiguió el ruido de los cascabeles que pendian de los pretales de los caballos. La retirada del enemigo fué con órden, dejando muchos muertos en la campaña, y cuatrocientos prisioneros en poder de españoles.