Concluida felizmente la campaña, se restituyó á la Asumpcion el Adelantado, y trató á los prisioneros con grande humanidad, procurando con amor y cariño domesticar aquellas fieras. Significóles que en la presente guerra mas parte habian tenido los daños causados en los guaranís que su propension á hostilizar los vecinos: que ninguna cosa era mas conforme á su génio que la benignidad y clemencia, armas á que daba el primer lugar, y finalmente, que deseaba la paz con los de esta nacion, y comunicar con los principales caciques, á los cuales mandó llamar con uno de los prisioneros.
Veinte y cinco vinieron, que puestos en presencia de Alvar Nuñez, y sentados sobre un pié, (bárbara ceremónia que prescribe su ritual, cuando celebran tratados de paz) tejieron largos anales de sus proezas y victorias, dando principio por las guerras que habian emprendido, y finalizando con las victorias conseguidas sobre los Guaranís, Yapinís, Agaces, Naperús, Guataes y otras naciones, de las cuales habia triunfado su valor con tanta prosperidad, que imaginaban ser invencibles: confesándose rendidos por guerreros mas esforzados, á los cuales era justo someterse, reconociendo superioridad en quien tuvo valor para vencerlos. Así hablaron los ya humillados Guaycurús.
El Adelantado les propuso en pocas palabras la santidad de la religion cristiana, y necesidad de profesarla para salvarse. Ofrecióles la paz y sus armas contra los perturbadores de su nacion, con sola una condicion, de no hostilizar sus aliados y de ser amigos de sus amigos. Admitieron gustosos la paz, pero no la religion, cuya estrechez no hermanea con una libertad que no conoce Dios, ni admite ley. El egemplo de los Guaycurús imitaron otras naciones menos orgullosas, solicitando la paz por medio de embajadores. Pacificada la tierra, dispuso el Adelantado las cosas para la jornada del Perú, que era toda la esperanza de los conquistadores, animados con la noticia del oro y plata que publicó Irala despues que bajó del puerto de los Reyes.
Dispuesto lo necesario, por Setiembre de 1543, se dió principio á la jornada con cuatrocientos españoles, y mil y doscientos indios, vistosamente arreados en diez bergantines, y ciento y veinte canoas. Llegados al puerto de la Candelaria, que se halla en veinte y un grados menos un tércio de latitud austral, descubrieron seis Payaguás, deseosos de comunicar con el capitan de la armada: los cuales traidos á la presencia del Adelantado empezaron un largo razonamiento, cuya substancia es, que en poder de sus caciques, cuyos enviados eran, se hallaban mas de 66 cargas, rescatadas á fuerza de armas de los que fueron cómplices en la muerte de Juan de Oyolas: que dichas cargas eran conducidas á ombros de indios Chanes, y que si no tenian á mal esperar hasta el dia siguiente, gozarian la grande riqueza que su cacique arrebató de mano de los alevosos para restituirsela á su legítimo dueño.
Alvar Nuñez creió á los Payaguás, y esperó con inquieta solicitud uno, dos y tres dias á los Chanes. Como estos no vinieron, conoció que era artificio y disimulo de los Payaguás, los cuales con pretesto de las fingidas cargas, urdian alguna traicion semejante á las pasadas. Por lo cual mandó llevar anclas, y proseguir la navegacion. Pero como no todas las canoas podian alcanzar los bergantines, y algunas quedaban atras, el fementido Payaguá logró la ocasion de hacer daño en les guaranís, y causó cuanto pudo con lijero castigo de su atrevimiento.
En el camino sentó el Adelantado paces con los Guatos, y Guajarapos que habitaban cerca de la isla de los Orejones, los Guatos á la izquierda, y los Guajarapos á la derecha sobre el mismo rio. Está situada la isla en medio del rio que se divide en dos brazos, casi en altura de diez y ocho grados hasta el décimo nono. Era habitada de los Orejones, así dichos porque se agujereaban las orejas y rasgaban tanto la parte inferior, que pendia con disformidad sobre los hombros. Su génio era tratable, humano y cariñoso, ejercitando con los estraños la hospitalidad. El alimento solicitaban del beneficio de la tierra que cultivaban con prolijidad, y se puede creer que miraban tambien al divertimiento y recreo. Los antiguos describieron la isla como vergel y paraiso: los modernos no descubren cualidades tan ventajosas, pero el tiempo y falta de cultivo es capaz de convertir un ameno paraiso un erial infecundo.
Habitaban en sus márgenes muchos indios, gente pacífica, mas propensa á beneficiar la tierra que ejercitada en las armas. Vestian el trage de la inocencia, adornando su natural desnudez con piedrezuelas de color azul y verde, con que empedraban narices y orejas. Tenian idolos de horrible aspecto.
Aquí se adquirió noticia de la nacion Xaraye ó Sarabe, que habitaba rio Paraguay arriba, en distancia de sesenta leguas de los Orejones sobre las márgenes del rio. Dividiase en dos ramos Parabazanes y Maneses, sugetos al supremo señor que se llamaba Manes. Si creemos antiguas relaciones tenian muchos pueblos, algunos de seis mil vecinos. Mas se aplicaban al beneficio de la tierra que al manejo de las armas: sin las cuales se hacian respetar, ya por el número crecido de individuos, ya tambien por el concierto de su república.
Empezóse el descubrimiento por tierras, pero como era mucha la espesura de los bosques, el mismo guia perdió el tino y desmayaron los ánimos. Con esto el Adelantado se bajó al puerto de los Reyes, en la isla de los Orejones, donde halló que los paisanos, inducidos por los Guajarapos, intentaban sorprender á los españoles: pero descubierto el artificio de su tramas, fueron aprisionados los caciques principales, y por la humanidad del Adelantado reducidos todos á paz. Como en la expedicion se demoraron mas tiempo del que se imaginó, escasearon los víveres, y para conseguir algunos de las naciones, señaló el Adelantado al capitan Gonzalo de Mendoza, con órden de comprarlos por justo precio sin ofensa de sus dueños.
El capitan Gonzalo se puso en camino con veinte y cinco españoles y sesenta indios, y llegado á los Jaramicosis, que le hicieron resistencia, usó con ellos las armas, y los puso en huida. Discurriose por la poblacion, y llegando á la plaza se descubrió una fuerte palizada de robustos troncos, que permitian por algunos claros el registro de una serpiente, de figura y magnitud extraordinaria. Era monstruo largo veinte y cinco pies, corpulento á correspondencia. El color atezado, menos hácia la cola, donde alternaban varios colores, vivísimos en su especie. Era cuadrada la cabeza, ancha y rasgada la boca, de la cual sobresalian cuatro gandes colmillos. Los ojos pequeños, pero de viveza centellante. Manteníase de humana carne, especialmente de los cautivos que aprisionaban los Jaramicosis en las continuas guerras con otras naciones. Hízose blanco de las balas y flechas, y azotándose contra el suelo, y dando silvos espantosos, acabó desangrado sus dias el monstruo de la tierra.