Así habló Francisco de Mendoza, disimulando la ambicion que le dominaba, como lo mostró luego que fué electo Diego Abreu, caballero principal de Sevilla; pues que, juntando algunos parciales suyos, intentó restablecerse en el gobierno, y prender á Abreu; el cual le previno á él, y aprisionado le sentenció á muerte. Poco antes de morir confesó Mendoza, que por altísimos juicios de Dios pagaba con aquel género de suplicio un delito cometido en aquel dia, matando su muger, y un capellan compadre suyo por ligeras sospechas de que maculaban su honor con ilícita correspondencia. Muerto Francisco de Mendoza, quedó Abreu con el gobierno hasta que llegó de su jornada Domingo Martinez de Irala, cuya presencia serenó los civiles tumultos.
Tucuman por este tiempo era el objeto á que anhelaban los Argentinos y Peruanos, aquellos por abrir paso al Perú, y estos al Rio de la Plata. Estimulaba á los Peruanos una vaga noticia que corrió de que el Rio de la Plata tenia su nacimiento en la laguna de Bombon, formando sus principales brazos del Apurimac y Jauja; noticia en que la credulidad anduvo con mas ligereza que exámen, y creida, estimuló los Peruanos al descubrimiento del Rio de la Plata por la via de Tucuman. Contaba muchos pretendientes la conquista, entre los cuales en calidad y méritos sobresalian Diego Rojas, Felipe Gutierrez y Nicolas Heredia, sugetos hábiles para nuevos descubrimientos.
Tenia á la sazon la regencia del Perú Vaca de Castro, poco antes victorioso contra Diego Almagro el Mozo en la célebre batalla de los Chupas. De la paz que empezó á gozar el imperio peruano, é inaccion de la milicia tumultuante, receló mayores males que de la guerra. Motivo que le obligó á divertir los ánimos en nuevas conquistas, señalando gefes á diversas provincias en que tenia puesta la mira, y la fama de riquezas brindaba para la empresa.
Para Tucuman nombró á Diego Rojas natural de Burgos, noble y honrado caballero, capitan experto y afortunado, constante en los trabajos y sufrido en las adversidades. Militó en la conquista de Nicaragua con valor y crédito; acompañó con increible magnanimidad á Pedro Anzurez en su célebre entrada á las montañas, y con título de capitan se halló en la batalla de Salinas al lado de Francisco Pizarro contra los Almagros; y de órden de Vaca de Castro se apoderó de Jauja y fortificó á Guamanga por los realistas. Grande en todo, Rojas era acreedor de grande prémio, y este le asignó Vaca de Castro en la conquista de Tucuman. Para lo cual alistó trescientos soldados, flor del valor peruano, ejercitados en la milicia y acostumbrados á grandes trabajos.
El coronista general de las Indias, Antonio de Herrera, dice, que Vaca de Castro nombró á Felipe Gutierrez Capitan General de la conquista, á Diego Rojas Justicia Mayor, y Maestre de Campo á Nicolas Heredia. No hay duda que Felipe Gutierrez era merecedor de esta y otras distinciones mas gloriosas. Nacido en la villa de Madrid, se hizo digno con varios servicios de la conquista de Veragua. La empresa no correspondió á las esperanzas, ó por falta de fortuna ó por sobrada desgracia. Pasado al Perú militó á favor de D. Francisco Pizarro con título de Capitan General en la batalla de Salinas, y tuvo el honor de tomar en ancas de su mula al Adelantado Diego de Almagro, prisionero de Alonso de Alvarado en la decisiva batalla de los Chupas. Pero tantos méritos no igualaban á los de Rojas, ni se juzgaron bastantes para preferirle en el cargo de Capitan General.
Lo cierto es, que ambos eran merecedores de este destino, ambos hábiles para la conquista, y á los dos equivoca Herrera con el título de compañeros, y los honra con el de capitanes; sin distinguir quien dirigia las operaciones, y si de dos voluntades distintas procedia una sola determinacion. Rui Diaz de Guzman hace á Gutierrez cabo subalterno, y la capitanía adjudica á Diego Rojas, esto mismo confirman algunos instrumentos antiguos, firmados de los primeros conquistadores, archivados en Santiago del Estero, que no hacen mencion de Felipe Gutierrez, y solo se acuerdan de Rojas: el cual, junta ya la milicia, dejó la mayor parte á Felipe Gutierrez, y él con solos sesenta hombres se adelantó á Tucumanaho en el valle de Calchaquí, y de allí á Capayan, jurisdiccion de Catamarca.
Era señor de Capayan un cacique arrogante y presumido, vano despreciador del egército de Rojas, contra el cual salió con un cuerpo de 1500 guerreros armados de arcos, flechas y un atado de paja en las manos, y ordenó á los suyos tejer sobre el haz de la tierra un cordon con los manojos de paja que llevaban prevenidos para la operacion. El lo dijo, y ellos lo ejecutaron con prontitud, y vuelto el altivo cacique á Rojas y á los suyos: “ningun español, dice, ninguno pase los términos amojonados: los efectos de mi indignacion y de mi justo enojo experimentará el que de allá pase á esta parte de la señal que divide y separa ambos egercitos, y la una de la otra nacion.”
Entonces Rojas en breves términos explicó la comision que tenia del Monarca español de pasar adelante, sentando paces con todas las naciones, y dándoles á conocer el verdadero Hacedor de todas las cosas. Comision á que no podia faltar, ni desistir de su empeño por ninguna dificultad. Que él y su gente venian de paz, y no se les podia negar el paso á las naciones que quisiesen participar el bien que se les ofrecia. Que si intentaba embarazarle el egercicio de su comision, sabria con las armas abrirse camino, castigando severamente el atentado de recibir con guerra declarada á quien entraba solicitando la paz. Que el pequeño número de sus soldados no era para despreciarlo: pues valia cada uno por muchos, y estaban acostumbrados á vencer con menos, multitud mas numerosa que la de los Capayanes.
Mientras duró el razonamiento de Rojas, los indios rodearon los españoles, y empezaron á disparar flechas. Pero á las primeras bocas de fuego que se dispararon, huyeron precipitadamente, y poco despues por medio de embajadores solicitaron la paz y ofrecieron homenage. Entre los Capayanes se detuvo Rojas algun tiempo, mientras venia Felipe Gutierrez, á quien despachó diez de sus soldados con órden de acelerar la marcha á Capayan, donde se conseguian sin escacez los bastimentos. No faltó uno, como muchas veces sucede, que intentó malquistar á Gutierrez con Rojas, fingiendo dolo en los procederes de este. Pero Gutierrez que era muy cristiano, “no permita Dios, dijo, que de caballero tan honrado me persuada intenciones tan reservadas como de él se publican, solo con el fin de malquistarnos y de embarazar la conquista.”
Juntó Gutierrez á Rojas, se avanzó por los Diaguitas al país de Macaxax, territorio de los Juries, que eran muchos en número: gente valerosa y esforzada, los cuales se opusieron á los españoles, pero con tan poca constancia, que á los primeros fusilazos desampararon la campaña.