Irritados con la mala fortuna del primer encuentro, convocaron tropas auxiliares y con las flechas teñidas en veneno presentaron segunda vez la batalla, con tanto empeño, que tres dias sostuvieron el combate, hasta que rotos y desórdenados, se huyeron, dejando muchos cadáveres en el campo. Un buen lance lograron sus armas, que por él solo pueden llamarse victoriosas; porque herido Diego Rojas con una flecha, la herida al principio no dió cuidado porque obró remisamente: poco á poco se declaró mortal, y últimamente con suma violencia arrebató con temprana muerte y universal sentimiento al primer conquistador y capitan general de Tucuman.
Es verosimil que los españoles se persuadiesen que entre los indios estaba en uso algun específico contra el veneno de las flechas, y para descubrirlo hirieron levemente á un indio prisionero, y de intento se le dejó libremente buscar el antídoto. El indio cogió dos yerbas, cuyos nombres y calidades no han llegado á nuestra noticia: la una liquidó en zumo, y lo tomó por la boca, la otra aplicó majada á la parte lesa, y con esta diligencia amortiguó el veneno, y no le permitió obrar con la violencia y mortales agonias que violentaron la vida de Diego Rojas.
A peticion de este gefe tomó el baston Francisco de Mendoza primer intruso al gobierno de la provincia. Era Mendoza suspicaz y caviloso, y temió que Felipe Gutierrez y Nicolas Heredia, provistos en segundo y tercer lugar para el gobierno por el Presidente Vaca de Castro, podrian algun dia quitarle el baston, que no tenia mas firmeza que la intercesion, y súplicas de un medianero ya difunto. Como hombre y como apasionado descubrió culpa en la legitimidad del derecho de los dos, y resolvió castigarla mandandolos prender por medio de sus parciales. Ninguno de los dos habia intentado novedades, ni dado muestra de displicencia en el gobierno de Mendoza: pero la mala conciencia aborrece la luz, hace temible las sombras y abre paso á sus intentos con culpables atentados.
Felipe Gutierrez se soltó de las prisiones, y con seis amigos se huyó al Cuzco, donde incorporado á los realistas contra Gonzalo Pizarro, cayó en manos del tirano Pedro Puelles, y coronó los últimos dias víctima de fidelidad en Guamanga. Nicolas Heredia compró su libertad con la renuncia de su derecho á la capitanía, jurando que no reconoceria otro gefe que á Francisco de Mendoza. Asegurado este en el gobierno, emprendió nuevos descubrimientos, y despachó á diversos rumbos algunas compañías, á las cuales no acaeció cosa memorable, y aunque adquirieron noticias vagas de oro y plata, se despreciaron por su incertidumbre. Con esto se convirtieron los ánimos al Rio de la Plata, y tomado el camino de la sierra la cortaron por el valle de Calamochita hasta caer al Rio Tercero, que mas adelante se llama Carcarañal.
Sobre la costa de este, tirando al oriente, siguieron las marchas hasta la ribera occidental del Paraná, último término de sus pretensiones: donde á poco rato descubrieron por el magestuoso Paraná crecido número de canoas, que vogaban hácia la ribera en demanda de los nuevos huespedes: á los cuales el cacique que comandaba las canoas, en lengua castellana preguntó:—“¿Qué gente eran? ¿quienes eran? ¿y qué buscaban?”—“Amigos somos, respondieron los españoles, que venimos de paz, con deseo de adquirir noticias de los castellanos que estan por acá.” Preguntó el cacique:—“¿Quien era y como se llamaba el capitan de aquella gente?” Y oido que se llamaba Francisco de Mendoza, respondió alegre:—“Huelgome en el alma, Señor Capitan, que seamos de un mismo nombre y apellido, porque los mismos tengo yo tomados de un noble caballero que reside en el Paraguay, que fué mi padrino de bautismo: mire pues, Señor, lo que se ofrece, que le sirviré gustoso, y proveeré con abundancia.”
Alegres los españoles con el encuentro de los indios, se detuvieron algunos dias sobre la embocadura del Carcarañal, esperando á Nicolas Heredia con los caballos que seguian lentamente los pasos de Mendoza. Algunos interpretaron siniestramente la tardanza, persuadidos que maliciosamente se demoraba en las marchas. Entretanto Mendoza costeó el Paraná, y enderezando al norte, llegó á una barranca, en cuya eminencia descubrió una cruz de superior elevacion. Adoróla con profundo acatamiento, y despues de él, los españoles. Al besar el pedestal se observó un letrero, que decia: Cartas al pié. Cavaron, y se halló en una botija una carta de Irala, que manifestaba el presente estado de la provincia, previniendo á los pasageros de qué naciones debian cautelarse, y en cuales podian tener confianza.
Con estas noticias determinó Mendoza, sin esperar á Heredia, proseguir por tierra su camino hasta la Asumpcion. Pero atajado á las trece jornadas, de inundaciones y pantanos, retrocedió en busca de Heredia, de quien tuvo noticia que se hallaba en el pais de los Comechingones. Llámanse Comechingones los indios que habitan la serranía de Córdoba, tomando la denominacion, en lengua Sanabirona, de cuevas subterraneas que habitaban; fábricas algunas mas de la naturaleza que de humana industria, y no pocas tan proveidas, que en lo interior estan socorridas de aguas, que destilan de las paredes, como se ven hoy dia en la Achala. En este sitio se demoró con su gente tomando descanso, mientras los caballos, imposibilitados á proseguir por falta de herrage, se recobraban. Francisco de Mendoza lo llevó á mal, y depuso á Heredia del cargo, substituyendo en su lugar á Rui Sanchez de Hinojosa; y lo sintió tan vivamente Heredia, que apadrinado de algunos amigos, mató á puñaladas á Hinojosa y á Mendoza, mandando publicar que los difuntos usurpaban la real jurisdiccion y eran transgresores de las órdenes de Vaca de Castro.
Removidos los émulos, se alzó con el gobierno, y confirió título de Maestre de Campo á D. Diego Alvarez, jóven intrépido, arrebatado, bullicioso y turbulento. El mismo Heredia, antes de apacible génio, y condicion suave, asumpto al empleo de capitan, se hizo caprichoso é insufrible á los suyos. Hubo de ambas facciones palabras de mucho sentimiento, y al nuevo capitan se le digeron indecorosas verdades sobre la imprudencia de su gobierno y caprichosa tenacidad con que insistia, contra el dictamen comun, en continuar el descubrimiento, cuando suspiraban todos por la vuelta, apercibidos de que esta provincia era mas fértil de trabajos, que rica en minerales de oro y plata. Sobre lo cual le hablaron con tal resolucion, que temiendo mayores alborotos tomó la vuelta del Perú.
En Sococha, lugar célebre en los Chichas, se consiguieron noticias confusas del estado del Perú, á la sazon dividido en bandos por los disturbios de Gonzalo Pizarro. Al principio balanceó la fidelidad contrapesada de la codicia, inclinándose al partido de mayor conveniencia y utilidad. Pero Gabriel Bermudes los inclinó al de los realistas, prometiendo obediencia á Lope de Mendoza, á quien perseguia Francisco Carabajal, capitan de Pizarro. “Eran por todos, son palabras del Inca Garcilaso, ciento y cincuenta hombres casi todos de caballo”: gente valerosa, dispuesta á sufrir y pasar cualquiera necesidad, hambre y trabajo, como hombres que en mas de tres años continuos, descubriendo casi seiscientas leguas de tierra, no habian tenido un dia de descanso, sino trabajos increibles, fuera de todo encarecimiento. Algunos murieron en servicio del Rey, otros repitieron la entrada á Tucuman.
Provisto Diego Centeno al Gobierno del Rio de la Plata, instado de sus amigos, pasó á Chuquisaca para solazarse algunos dias, y despedirse de sus familiares. Algo discuerdan los autores sobre el motivo; pero convienen en referir fatales pronósticos que le anunciaron los indios de su encomienda, y confirmaron los Charcas. El tenia ocultos émulos, y debió recelar alguna sorpresa traidora á su vida, y elevacion al gobierno del Rio de la Plata; pero despreciando supersticiones de vanos agoreros, llegado á Chuquisaca, entre los regocijos de un convite tragó un bocado de ponzoña que le quitó la vida al tercer dia. Con su muerte perdió el Rio de la Plata uno de los mas expertos y prudentes capitanes de que se pueden gloriar las Indias: fué sentida y llorada de los hombres de buena razon, pero no de Irala que se consideró asegurado en el gobierno.