Con ellas resolvieron caminar á España, pretestando reales intereses, y requiriendo una y otra vez á Riquelme por la licencia de irse. Riquelme, mas circunspecto que ellos, y menos crédulo á estas riquezas imaginárias, respondió que no descuidaria de los intereses reales, ni olvidaria sus utilidades; pero que seria prudente determinacion esperar la aprobacion de inteligentes lapidários, y no deferir tan ciegamente á falaces apariencias. Desagradó tanto á los guayreños la respuesta, que aprisionaron á Riquelme, y emprendieron la navegación. Riquelme dió parte á la Asumpcion, y fué despachado Rui Diaz Melgarejo para cerrar el paso á los fugitivos, y darles el condigno castigo. En efecto Melgarejo los alcanzó, y con indulgencia de la pena que merecian los delincuentes, ganó amigos para desterrar al teniente Riquelme y usurpar para sí el gobierno de Guayra.

Los sucesos de Tucuman eran semejantes á los del Rio de la Plata: traiciones, alzamientos y opresiones injustas. Jamas Tucuman admiró eficacia mas operativa, ni justicia mas arreglada que la del general Zurita, cuyas proezas gloriosas llegaron á Chile, y pasaron á Lima á los oidos del Conde de Nieva. Este virey tenia ideado separar á Tucuman del gobierno de Chile; lo que se proyectó desde el principio sin mas efecto que proyectarse, y no ejecutarse hasta fines de 1560 ó principios del siguiente, señalando por gobernador al general Zurita, primero en la serie de los gobernadores.

No duró mucho tiempo en el gobierno, porque la ciudad de Londres, monumento primogénito de su generalato, negada la obediencia á ciertas órdenes suyas, pretendiendo substraerse de su jurisdiccion, se querelló á Francisco de Villagra, gobernador de Chile, ofreciéndole obediencia, si le auxiliaba contra Zurita. Villagra, que deseaba retener en su dominio á Tucuman, nombró á Gregorio Castañeda capitan de un lucido trozo de milicia chilena para deponer á Zurita que actualmente entendia en fundar la ciudad de Nieva en el valle de Jujuí, conocido entonces con el nombre de Xibixibe. Allí lo buscó Castañeda, y al extender las manos para exibir los títulos de su independencia, otorgados por el Sr. Virey, el doloso engañador alargó las suyas, y apellidando la voz del Rey, con el auxilio de su gente, aprisionó al gran Zurita, Gobernador de la Nueva Inglaterra, vencedor glorioso de tantos indios, y fundador ínclito de tantas ciudades, por las cuales poco despues fué paseado en prisiones. ¡Así la instabilidad de fortuna injustamente abate los beneméritos, y levanta indignamente á los culpados!

No fuera pequeña gloria de Castañeda conservar los adelantamientos de Zurita: pero no supo promover la conquista, ni conservar lo conquistado. Antes del año se despoblaron las ciudades de Córdoba, Londres y Cañete, y poco despues la de Nieva. La ciudad de Córdoba experimentó mas vivamente el furor del Calchaquí. Sustentó con gloria tres asedios. En el primero, Castañeda rompió felizmente por medio del enemigo, y metió socorro de gente en la ciudad: el segundo levantaron los sitiados en una salida que hicieron contra los sitiadores; suceso en que tuvieron parte las matronas cordobesas, trayendo prisionera á la hija del cacique Juan Calchaquí; en el tercero, los infieles rompieron los conductos del agua y redugeron los ciudadanos á extrema miseria.

Los Cordobeses arbitraron diferentes medios que inutilizó la proximidad y vigilancia del sitiador, y resolvieron desamparar la ciudad, abriendose camino por un lado que mediaba entre las dos alas de los sitiadores. Lográran sin duda su intento al abrigo de la noche, si el importuno gemido de las criaturas no despertára los Calchaquís para dar sobre los fugitivos. Todos murieron á sus manos, menos seis con el Maestre de Campo Hernando Mexia Mirabal, que salieron á la ciudad de Nieva mensageros de la triste desgracia sucedida en Córdoba, al cuarto año de su fundacion. Poco despues, de órden de Castañeda se despobló Lóndres y Cañete, cuyas reliquias por muchos años fueron monumentos de la desgracia.

Algunos notan á Castañeda de omiso, creyendo que con la gente que mandaba pudo no solo mantener en pié las ciudades, sino tambien humillar el orgullo del soberbio enemigo. Lo que no se puede dudar es, que sostuvo algunas campañas con felicidad, deshaciendo los ejércitos del Calchaquí, y reprimiendo su furor. En una ocasion le disputó la estrechura de un paso con muerte de muchos, empeñando con militar estratagema al Calchaquí en sostener la batalla en campaña rasa, donde lo destrozó y obligó á retirarse. Corrió el valle con sus compañias ligeras, deshaciendo juntas, ocupando al enemigo en sus prevenciones, y cortándole los pasos. Se apoderó de Silipica, Yocabil, Acapianta y Deteyem, donde sucedió una cosa particular digna de narracion.

Los Deteyenses, siguiendo la costumbre de su nacion, escondieron las mugeres y párvulos, grémio embarazoso en la guerra. Fenecida la toma de Deteyem, avisaron los corredores que se descubrian señales de enemigo, que enderezaba la marcha hácia el acampamento español. Pusiéronse todos en arma, y cuando la tropa estuvo en competente distancia, se descubrió una multitud de muchachos, que desfilados del lado de las madres, armados de arco y flecha, caminaban á defender sus padres, que suponian todavia en la refriega. Fueron recibidos con amor, y se premió su inocente atrevimiento con algunos donecillos que les sirvieron de agasajo para la vuelta.

No obstante estos buenos sucesos, y otros que podia prometerse de su milicia veterana, resolvió Castañeda desamparar la provincia, y retirarse á Chile, lleno de confusion y envuelto en tristes presentimientos. El gobierno de Tucuman, á quien él llamó Nuevo Extremo, ceñido á sola la ciudad de Santiago del Estero, dejó al capitan Manuel de Peralta, á quien sucedió en breve Juan Gregorio Bazan, y á este, el año de 1564, Francisco Aguirre, nombrado por D. Lope Garcia de Castro, virey del Perú; el cual le entregó una real cédula de 1563, en que el Señor Felipe II separaba la provincia de Tucuman del reino de Chile, y la sometia al tribunal de Charcas.

Para promover la conquista, despachó á Chile al teniente Gaspar de Medina, sugeto recomendable por su valor, fidelidad y servicios en Chile y Tucuman, para conducir de aquel reino soldados con esperanza de pingues encomiendas. En efecto Gaspar de Medina juntó alguna milicia chilena, y con ella, su consorte y sus dos hijos, se restituyó á la provincia. Con este socorro el gobernador Aguirre metió en Calchaquí la guerra, destrozó al enemigo y puso yugo de servidumbre al rebelde, con una ciudad que levantó Diego Villarroel el año de 1565, casi en derecera del elevadísimo cerro de Anconquija, en llanura deliciosa y amena. La ciudad se llamó San Miguel, la cual subsistió muchos años en este sitio, hasta que se hizo necesaria su traslacion, parte porque muchos nacian lesos en el órgano de la voz, que por acá decimos opas; parte porque se criaban en la garganta ciertos tumores, que se llaman cotos, que agravaban sobradamente y dificultaban la respiracion.

Fundada la ciudad de San Miguel, corrió el Gobernador la provincia, castigando rebeldes, y obligándoles á la paz é yugo del servicio. Publicó la jornada de los Comechingones, y paseó las armas victoriosas hasta su pais. Aquí adquirió noticias de tierras opulentas sitas al sud-oeste, que se empezaron á llamar Trapalanda, Césares y Patagones. Tan envejecida es la fábula, cuento antiguo del vulgo, que se renueva diariamente con fingidas novelas. En otra parte se acrisolará la materia: porque al presente provocan la atencion los malos efectos que produjo la narracion de los Comechingones sobre la Trapalanda. El vulgo militar se inclinó á la conquista de los Césares; Aguirre por no desamparar la provincia en tiempo que se podian alterar los humores, resolvió dejar para otra ocasion la jornada de Patagones.