Pero cuando Garay estaba en pacifica posesion del terreno, y los indios se habian confederado sínceramente, y al parecer nadie le podia inquietar ni disputar el derecho á Quiloasa y sus vecindades, á 19 de Setiembre tocó su gente á arrebato: indios, gritan sobresaltados, indios vienen. La conjuracion es universal, y ellos son tantos en número que inundan la campaña cuanto alcanza á descubrir la vista. Recogíose Garay con solos cuarenta á un bergantin, y ordenó al gaviero que registrára lo que era, ó podia ser. “Señor, respondió el observador desde la gavia, la conjuracion es cierta: los indios vienen armados, la campaña está iluminada de fuegos, señal convocatoria de guerra.”

Garay con breves palabras, puesto que no sufria dilacion la vecindad de los indios, encendió los suyos á la pelea, recordándoles sus proezas, y la debilidad del enemigo que multiplica gentes para magnificar la gloria de vencerlas. Aun no habia dado fin al razonamiento cuando el gaviero: “allí, dice, veo uno á caballo que persigue á los indios.” Suspensos todos con la novedad, gritaron que mirára bien lo que decia. El gaviero, mas pasmado que todos, empezó á gritar, que ya descubria seis, fatigando los enemigos y picándoles la retaguardia. Todos querian subir á la gavia para registrar personalmente el que imaginaban milagro: pero á pocos lances salieron de perplexidades con la llegada de los fugitivos que venian publicando ser españoles.

Recobróse Garay y su gente del pasmo que causaron los caballeros, y luego despachó un embajador que agradeciera en su nombre á aquellos caballeros la oportunidad del socorro en tiempo que tanto lo necesitaban. Con el embajador vinieron los castellanos, los cuales certificaron á Garay ser soldados de D. Gerónimo Luis de Cabrera enviados suyos para señalar puerto en el Rio de la Plata como ya lo habian ejecutado dos dias antes en el fuerte de Gaboto, agregando á su jurisdiccion todas las islas del rio. A poco rato D. Gerónimo Luis de Cabrera, ínclito fundador de Córdoba, se descubrió con lucido acompañamiento de milicia tucumana.

Garay le hizo urbano, pero forzado recibimiento, temiendo que se alzaria con el terreno. Efectivamente, eso queria Cabrera, y con modales corteses le requirió para que no se opusiera á sus designios. “Vasallos somos, le dice, de un Monarca, y á un mismo Señor obedecemos. No es justo convertir contra nosotros las armas que cargamos para vencer enemigos. Las islas del Paraná y el terreno en que estamos, mias son, pues acabo de conquistarlas. La ciudad que está en sus cimientos es de mi jurisdiccion, pues se halla en los límites de mi conquista: su gobierno y mando de hoy en adelante quedan agregados á la provincia de Tucuman. Y pues fué vuestro el trabajo de principiarla, sea también la gloria de llevarla á debida egecucion, pero con el reconocimiento de que la gobernais en “nombre del Rey y mio”.”

Garay se hallaba en la sazon con poca gente, y no le era posible contradecir al glorioso conquistador de Comechingones, liquidando á fuerza de armas su derecho al asiento de Gaboto, á las islas del Paraná y á la nueva ciudad de Santa Fé. El disimulo fué necesario y precisa la condescendencia, admitiendo la tenencia con protestas de fidelidad y de gobernarla en nombre del Rey y suyo. Satisfecho por ahora Cabrera tomó la vuelta de Córdoba, que estaba en los principios y necesitaba el fomento de su actividad para ponerla en estado de defensa contra el enemigo. Bien conoció Cabrera la poca sinceridad de Garay en su protesta: esto le movió á despachar á Nuflo de Aguilar para que Garay le entregára el gobierno de Santa Fé.

Garay que se hallaba con fuerzas superiores á las de Aguilar, le respondió que todo aquel territorio pertenecia á los conquistadores del Rio de la Plata, en cuya pacífica posesion contaban mas de cuarenta años. Aun no habia dado fin al razonamiento cuando descubrió por el rio Quiloasa tres canoas comandadas por Yamundú, cacique guaraní, enviado por el Adelantado Juan Ortiz de Zarate con pliegos para Garay. En ellos le hacia general del gobierno de la ciudad y su distrito, y le comunicaba un traslado de cédulas, en que Su Magestad le hacia merced de todas las ciudades levantadas por cualesquiera capitanes, doscientas leguas al sud del Rio de la Plata, con términos tan expresos que no admitian duda. Con esto se volvió Nuflo Aguilar, y los Cordobeses el siguiente año diputaron procuradores para ventilar en la Audiencia de Charcas su derecho á Santa Fé. Pero el sapientísimo senado declaró, que cuando un superior tribunal manda, el inferior obedece.

Así lo esperó Garay, el cual luego se puso en camino para socorrer al Adelantado Juan Ortiz de Zarate, que se hallaba en lances mortales. El habia tendido al viento las velas desde el puerto de San Lucar, año de 1572, con tres navios, una zabra y un patache. Los infortunios del mar fueron grandes, y mayores los de tierra. Al siguiente año, de arribada ganó la isla de Santa Catalina, tan falto de víveres, que de hambre morian por dia, de cuatro para ocho. Como la calamidad y miseria eran extremas, saltó en tierra el Adelantado con ochenta soldados para rescatar víveres entre los Guaranís, dejando por teniente de la armada á Pablo de Santiago, hombre por extremo justiciero, que egecutó en la gente de la armada grandes excesos de crueldad.

Cuando el Adelantado volvió de rescatar viveres, halló la isla de Santa Catalina llena de cadáveres, y que la armada se habia retirado. Continuó su navegacion en busca de ella al puerto de San Gabriel, cuyas vecindades estaban destinadas para última calamidad, y ruina casi total de la armada. Yapican, cacique Charrua, señor de aquella costa, entretuvo con arte á los españoles, mientras rescataba á Abuyabá su sobrino, prisionero de guerra del poder de los castellanos, suscribiendo facilmente á condiciones gravosas, que jamas cumplió por satisfacer sus deseos de vengaza. Los primeros que experimentaron los efectos de su indignacion fueron algunos soldados, que saliendo á forrage, cercados de Charruas, murieron á sus manos: algunos quedaron prisioneros, entre los cuales un Cristoval Altamirano, noble extremeño, de quien en otra parte se hará mencion. Dos eludieron el peligro con la lijereza de los pies, llevando la triste noticia al Adelantado.

Para castigar al bárbaro Charrua, se destacaron dos compañías de soldados á cargo de un capitan. Encontrados con el enemigo tiñeron en su sangre la campaña; pero fatigados de vencer, murieron á lado de sus víctimas.

No hubo en adelante quien resistiera á Zarate, que siguió su camino con gran tranquilidad. Uno de sus soldados por nombre Carballo, se internó solo á los montes, y se encontró con Yandubayú, cacique guaraní y valeroso, que galanteaba á Liropeya, india sobre hermosa, discreta. Carballo no quizo malograr el encuentro, sin adquirir gloria de esforzado, y tiró un bote de lanza á Yandubayú, el cual divertió el golpe, y cogiendo el brazo de Carballo, intentó quitarsela. La contienda fué reñida y ruidosa, y tanto que Liropeya oyó el combate, y salió de su chozuela para dispartir los combatientes. Carballo revolvió curiosamente los ojos á la india, y prendado de ella, por ser único pretendiente, mató á Yandubayú en presencia de su querida.