Córdoba, monumento honorífico de su antecesor, cuya memoria es gloriosa en la provincia, se vió próxima á fatal disolucion. Y aunque en manos del médico estaba sanarla, reanimando los espirítus de los primeros pobladores, que con varios pretextos extraia para otras partes, solo atendia á debilitar mas su vigor con nuevas extracciones. Pero la defendió con fortuna y valor el ínclito Tristan de Tejeda. Mas fatales consecuencias experimentó la ciudad de Nieva que principiaba el capitan Pedro Zarate, al cual ordenó Abreu que saliera con gente á catear las minas de Linlin en el valle de Calchaquí, prometiéndole entrar á partir las ganancias. Escusóse Zarate con razones aparentes, pero insistiendo el Gobernador en llamarle para Santiago, obedeció, dejando pocos presidiarios para reparo de la nueva poblacion: sobre la cual dieron los bárbaros, y á todos mataron, menos tres ó cuatro que eludieron el peligro con la fuga.

Dícese que Abreu llevaba pesadamente la fundacion de esta ciudad, porque estando en el paso del Perú, facilitaba el tránsito á los informes que se podían remitir contra él al Virey y la Audiencia. Efectivamente, por sus confidentes preocupó los caminos y embarazó el comercio epistolar. Al paso que temia el juzgado de tribunales superiores, publicaba privilegio de excepcion, que le sustraia de la autoridad del Virey y de la Audiencia, por ser electo Gobernador por el Rey. Esto mismo pregonaba su Maestre de Campo, Sebastian Perez, hombre de ínfima suerte, arrogante y presumido, el cual repetia con aire: que en causas del Gobernador solo el Rey entendia, y no los tribunales inferiores. Un dia dijo: “si algun oidor llega por acá, y V. S. me dá dos dedos de papel, saldré al camino, y lo arrimaré á un palo; y esté cierto V. S. que gobernará la provincia á pesar de la Audiencia; por ser Gobernador nombrado por el Rey.”

Estas eran las cantinelas que repetian con desenvoltura sus aliados, los cuales impunemente se arrojaban á toda iniquidad, cobijados de sombra tan maligna. Los eclesiásticos y algunos religiosos se ausentaron de la provincia. Muchos nobles y celosos pobladores se refugíaron al Perú, ó salieron á sus alquerias, temiendo la íra vengadora del furioso Gobernador. El mando y gobierno recayó en los fautores de Abreu, haciendo escala para el ascenso, del arrojo y temeridad. Las ciudades se hallaban sin guarnicion: los indios se alzaban por momentos; todo conspiraba á la ruina de la provincia, y mas que todos, el mismo Gobernador, con el descubrimiento que intentó de la Trapalanda.

Trapalanda es provincia al parecer imaginaria, situada hácia el estrecho de Magallanes, ó por lo menos en la region magallánica, en cuyos términos ponen algunos la ciudad ó ciudades de Césares, por otro nombre Patagones. Desde el principio esta fábula tomó cuerpo, á pesar de hombres juiciosos, y se divulgaron particularidades que caracterizaban plausiblemente la nacion. Hacíanlos cristianos de profesion, con iglesias y baptisterios, imitadores de nuestras ceremonias y costumbres.

Hácia los últimos años del siglo pasado se confirmó con la narracion de uno que decia haber estado en la ciudad de los Césares, hablado y comunicado con ellos. Hacia galana descripcion de la ciudad, y la pintaba hermosa como Sevilla, opulenta en plata, oro, pedrerias y otras preciosidades estimables. Los habitadores en color y modales imitaban á los europeos, de quienes procedian. El autor tuvo la fortuna de hablarles, pero con tanta desgracia suya, que solo entendió estas cláusulas: Nos Dios tener, Papa querer, Rey saber: Palabras fueron estas que llenaron estas provincias; que se oyeron en los reales estrados, en el reinado del Sr. Carlos II, y que dieron motivo para algunas cédulas.

Los eruditos en historias discurren que serian descendientes de los españoles, que naufragaron en el Estrecho, de la Armada de D. Gutierrez Caravajal, obispo de Placencia. Una pieza, que ó por su antiguedad ó por rara conservan los herederos de D. Gerónimo Luis de Cabrera, confirma este sentir. Ella es un testimonio de Pedro Oviedo y Antonio Cobo, marineros del navio náufrago de dicha Armada, moradores algun tiempo de la ciudad de los Césares, pero fugitivos de ella por no sé qué delito. Parece que la curiosidad no puede desear comprobacion mas auténtica de sus discursos. Hay quien oyó las campanas: hay quien comunicó y vió á los Césares: hay finalmente quien asistió á la fundacion de la ciudad y habitó muchos años en ella.

No obstante esto, hay mucho que dudar y examinar. El rumor, primero en las historias índicas, que corrió entre los soldados de Aguirre, desmereció la aprobacion de su capitan, el cual tuvo el mayor incentivo de gloria que hombre cualquiera: pues cuando los mas capitanes se podian gloriar de conquistadores de indios, él podia gloriarse de conquistador de Césares. Este motivo, á la verdad poderoso, no le estimuló á la conquista, desengañado con la incompatibilidad de circunstancias que se discurrian para hacer creible la historia. Estos Césares desde el principio se publicaron por náufragos de la armada de D. Gutierrez de Caravajal, y en poco mas de veinte años que corrieron desde el naufragio hasta la entrada de Aguirre á los Comechingones, les crecieron tanto los pies, que desde entonces se llamaron Patagones.

A proporcion fué grande su fortuna. Césares eran en el nombre, y Césares los describian en magnificencia, soberanía y riquezas: levantados de la mayor desgracia á la mayor opulencia y felicidad que pudo idear la fantasía mas alegre. La significacion que se daba al nombre Trapalanda no ha llegado á mi noticia: pero es creible que se conformaria con la de Césares y Patagones. Esta esplicacion de nombres, habida por señas de los Comechingones, fué de tan poca solidez para Aguirre, que no se sintió movido á emprender la conquista: su milicia lo llevó pesadamente, ó fingió que lo llevaba por antiguos sentimientos con él, y para vengarse de su capitan, le aprisionaron ignominiosamente, coloreando la accion con el motivo de haber malogrado una conquista que felicitaría la provincia.

A este fin se ponderaban mucho, y explicaban galanamente los nombres, de Césares, Patagones y Trapalandistas, y como trascendian la causa de Aguirre, pasaron con el reo á la audiencia de Chuquisaca. No extrañó el integerrimo tribunal ver en prisiones al general tucumano, sino lo peregrino de la causa y la rara novedad de tantos nombres. No obstante el real senado descubrió poco fondo en las ponderaciones de los autores, y calificó prudente la resolucion de Aguirre.

Entretanto la voz del vulgo tomó alas, y de unos años en otros se dilató la fama con novedad de sucesos. Decíase que se habian oido campanas, y conjeturaron que eran de los Césares, que los Césares tenian iglesias, que las iglesias tenian torres, que las torres tenian campanas, y que las campanas se tenian para recoger el pueblo á los sagrados misterios. Raro complexo de predicciones para unos profetas, que hallándose en las vecindades de los Césares, no pudieron atinar con su morada.