A la ciudad denominó San Juan de Vera: pero hoy suena poco ese nombre, y ha prevalecido el de Siete Corrientes, por otras tantas en que parece dividirse el rio. Tomada posesion del sitio, erigieron los españoles el sacro-santo madero de la Cruz en parage algo distante del fuerte, que levantaron para reparo contra los infieles. Arrimáronse estos en gran número para desalojar los nuevos huespedes, los cuales con esfuerzo y valor frustraron las diligencias de los indios. Entonces uno de ellos, que acaso descubrió el santo madero, explicó su furia contra él, aplicando fuego para convertirlo en cenizas. Pero las llamas respetaron la Santa Cruz, y el sacrílego cayó muerto de un balazo. Consérvase hasta el dia de hoy el sagrado leño, que en memoria del suceso se llama la Cruz del Milagro.

Tucuman al parecer estaba concebido con infeliz horóscopo de malignos influjos. Estos no eran pasageros de pocos dias: duraban años y mas años, y el golpe principalmente descargaba sobre las cabezas. A Gonzalo Abreu sucedió Hernando Lerma, caballero sevillano, dotado de brillantes prendas y crecidos méritos, que daban esperanza que seria pacifico y prudente gobernador. El era antes de su asumpcion al gobierno semejante á Abreu, y lo que fué despues de empuñado el baston. El primer acto de su autoridad fué prender á Abreu, y con dos pares de grillos encerrarle en estrecho calabozo, diputando guardias de toda satisfacción que veláran sobre su seguridad, con orden de negarle comunicacion con personas que podian aliviar sus trabajos y endulzar sus tristezas.

Clamaba el infieliz inútilmente porque Lerma intentaba con martirio prolongado darle cruel muerte. Al fin á los ocho meses de prisionero, oprimido de miserias y dislocado con tormentos, murió en un calabozo, pagando con fin tan lastimoso la tiranía con que trató á D. Gerónimo Luis de Cabrera. Por este mismo tiempo llegó á su diocesis el Ilmo. Fr. Francisco de Victoria, del órden de Predicadores en la provincia de Lima: religioso de una consumada literatura, virtudes heróicas y singular talento de gobierno. Habia antes despachado á D. Francisco Salcedo, dean de la catedral con título de administrador del obispado. Al principio pasó buenos oficios con el Gobernador, hasta que los malsines con hablillas los malquistaron. El Gobernador lleno de enojo, explicó su cólera, negándole el título de licenciado, que no constaba hubiese recibido en ninguna universidad, y el deanato, porque Su Magestad solo habia concedido licencia para cuatro beneficiados. Con esto se banderizó la ciudad, siguiendo unos al Gobernador por interes, otros al Dean, abrazando la razon. El Dean, conocido el génio arrebatado del Gobernador, se ausentó á Talavera, quedando sus fautores á discrecion de un émulo poderoso. Contra ellos convirtió los aceros de la venganza, tratándolos con sumo rigor en la cárcel, imponiendo al alcalde severo mandato de no sacarlos del cepo, ni avisarle de su muerte hasta despues de tres ó cuatro dias. Su ira se extendía de los culpados (si puede haber culpa en no condescender á injustas pretensiones), á los parientes y conocidos. Los escribanos tuvieron con él mala cabida, y sin mas culpa que no firmar sus instumentos de iniquidad, fueron despojados de sus bienes y puestos de cabeza en el cepo. A Francisco Ramirez, fiel criado suyo, y obsequioso á su señor, porque asistió de testigo ante el administrador del Obispado, le castigó colgándole en un cadalso.

No solo con semejantes personas era el Gobernador atrevido: á los sugetos mas respetables perdia el decoro, y trataba con términos irreverentes. Los Oidores en su boca eran bachilleres ignorantes. El año de 1582, despachó la Real Audiencia provision de algunas ordenanzas para el arreglo de la provincia, que bien lo necesitaba, pues tanto desórden y libertad habia reinado desde el principio. No reparó Lerma en eso, y como cuidaba poco de arreglamiento, escribió á los cabildos de las ciudades que no las obedeciesen. Los excesos del Gobernador llegaron al último extremo, y los fieles frecuentaban las iglesias, suplicando al Señor por la defensa de su causa, y libertad de su rebaño, que lo despedazaba el lobo carnicero, traspasando todos los derechos humanos, natural y divino. El Dean Salcedo, ausente en Talavera, buscó asilo en el Convento de Ntra. Sra. de la Merced, morada de santidad á todos respetable, menos á Lerma, de cuyo órden Antonio Mirabal con algunos injustos ministros de justicia, fué al convento, y entrando en la celda donde yacia enfermo el Dean: Levántese de la cama, le dice, y dése preso por el Gobernador. El Dean con eclesiástica entereza se armó con la inmunidad de su fuero; pero como ese era poco arnés para Mirabal: Levántese, repite, que sino lo llevaré arrastrando. El lo dijo, y lo egecutó, asiéndolo por los cabezones.

Al ruido y tropel salió de su celda el Padre Felipe de Santa Cruz, varon autorizado, comendador del convento, y convertido al ministro sacrílego:—Así, Mirabal, le dice, ¿se trata á un Dean y Administrador del Obispado?—Mirabal, nada embarazado con la gravedad respetable del padre Comendador, respondió en pocas palabras una desenvoltura, que no se explica con muchas:—Esperad, perro, le dice, que luego volveré por vos. Asegurado á satisfaccion el Dean, volvió al convento con el mismo tropel, y prendió al Comendador con otros religiosos y clérigos, cuyo encarcelamiento duró hasta que Lerma salió preso para Chuquisaca. Entretanto se consumia el Obispo, y el celo de la casa de Dios abrasaba su corazon. Las ciudades envueltas en disturbios; los tribunales sin justicia; el gobierno en manos de un tirano; las iglesias profanadas, las inmunidades invadidas; los ministros del Señor en prisiones, y las armas eclesiásticas sin vigor, hacian en su piadoso corazon eco lastimoso, que avivaba el dolor con la memoria del mal que cundia y la imposibilidad de remediarlo.

A los dos años de su gobierno, Hernando Lerma fundó una colonia en el valle de Salta, sacando para el efecto los principales pobladores de las ciudades. Al principio se dificultó sobre el sitio donde se debia plantear la ciudad, y se resolvió colocarla en un ameno valle al oriente de Calchaquí, medio entre los rios de Arias y Siancas, sobre unas cienegas que por allá llaman tagaretes, de calidades nocivas, y que hacen el sitio poco apetecible.

Dióse principio á la ciudad á diez y siete de Abril de 1582, y se llamó ciudad de Lerma en el valle de Salta de la provincia de Tucuman. No cuidó Lerma de señalar patron á la colonia, satisfecho al parecer con tenerla á la sombra de su nombre. A los seis meses se sortearon algunos santos por mano de Petronilla, niña de pocos años, la cual sacó al glorioso San Bernardo, cuya fiesta solemnizan en una capilla que está fuera de la ciudad, la cual reconoce por su principal patron á San Felipe Apóstol, y de su nombre se llamó la ciudad San Felipe de Lerma, asiento de los Gobernadores de esta Provincia.

La situación fué en los principios útil por el reparo de los tagaretes que dificultan la entrada, y solo la franquean por estacadas que ingenió la industria. Los Cochinocás, los Humaguacas y Calchaquís molestaron con frecuentes asaltos la nueva poblacion: pero solo sesenta españoles la defendian vigorosamente. ¡Tanta era la valentia de los primeros conquistadores, los cuales pocos en número, vencian grandes ejércitos de indios! Al fin se rindieron á capitulaciones de paz con la ventaja de condiciones, que prescribe el vencedor al vencido.

Cuando el capitan Tristan de Tejeda volvió á Córdoba de la fundacion de Salta, halló que se habian alzado los indios de Tintin, los de Cosle, los de Conlara y Tulian, los de Nondolma, Conchuluca, Qaisquizacat, Tunun y Cantacalo, conspirando todos contra los pobladores de Córdoba; dando principio al alzamiento con la muerte de un religioso y de algunos yanaconas de servicio. Tenian varias emboscadas, y su acampamiento en el Morro, camino de Chile, á donde lo buscó el capitan Tejeda; y presentada la batalla, derrotó al enemigo con tanta felicidad, que sin daño de su milicia, puso en huida el principal ejército y á los que estaban en celadas.

Casi por el mismo tiempo el Gobernador Lerma efectuó la prision del reverendo P. Fray Francisco Vasquez, del órden de Predicadores, á quien el ilustrísimo Victoria nombró administrador del Obispado. Refugióse el Administrador á la catedral, pensando hallar amparo en el acatamiento al venerable Sacramento del altar. Mas ¡cuando un sacrílego respetó á Dios! Intentó sacarlo con osadia; y porque los primeros ministros de justicia que citó respetaron la santidad del lugar, los mandó reemplazar por otros mas de su genio, que prendieron ignominiosamente al Administrador.