60 Al mandarnos nos hicieron más promesas que a un altar, el juez nos jue a proclamar y nos dijo muchas veces: muchachos, a los seis meses los van a ir a relevar.
61 Yo llevé un moro de número ¡sobresaliente el matucho! Con él gané en ayacucho más plata que agua bendita: siempre el gaucho necesita un pingo pa fiarle un pucho.
62 Y cargué sin dar mas güeltas con las prendas que tenía: jergas, ponchos, todo cuanto había en casa, tuito lo alcé: a mi china la dejé medio desnuda ese día.
63 No me falta una guasca, esa ocasión eché el resto, bozal, maniador, cabresto, lazo, bolas y manea… ¡el que hoy tan pobre me vea tal vez no creerá todo esto!.
64 Ansí en mi moro, escarciando, enderecé a la frontera. ¡Aparcero si usté viera lo que se llama cantón!… Ni envidia tengo al ratón en aquella ratonera.
65 De los pobres que allí había a ninguno lo largaron, los más viejos rezongaron, pero a uno que se quejó en seguida lo estaquiaron, y la cosa se acabó.
66 En la lista de la tarde el jefe nos cantó el punto diciendo: quinientos juntos llevará el que se resierte; lo haremos pitar del juerte, mas bien dese por dijunto.
67 A naides le dieron armas, pues toditas las que había el coronel las tenía, sigún dijo esa ocasión, pa repartirlas el día en que hubiera una invasión.
68 Al principio nos dejaron de haraganes criando sebo, pero después… no me atrevo a decir lo que pasaba… ¡barajo!… Si nos trataban como se trata a malevos.
69 Porque todo era jugarle por los lomos con la espada, y aunque usté no hiciera nada, lo mesmito que en palermo, le daban cada cepiada que lo dejaban enfermo.