613 Para explicar el misterio es muy escasa mi cencia: lo castigó, en mi conciencia, Su Divina Majestá; donde no hay casualidá suele estar la Providencia.
614 En cuanto trastabilló más de firme lo cargué, y aunque de nuevo hizo pie lo perdió aquella pisada; pues en esa atropellada en dos partes lo corté.
615 Al sentirse lastimao se puso medio afligido, pero era indio decidido, su valor no se aquebranta; le salían de la garganta como una especie de aullidos.
616 Lastimao en la cabeza, la sangre lo enceguecía; de otra herida le salía haciendo un charco ande estaba, con los pies chapaliaba sin aflojar todavía.
617 Tres figuras imponentes formábamos aquel terno: ella en su dolor materno, yo con la lengua dejuera, y el salvaje como fiera disparada del infierno.
618 Iba conociendo el indio que tocaban a degüello: se le erizaba el cabello y los ojos revolvía; los labios se le perdían cuando iba a tomar resuello.
619 En una nueva dentrada le pegué un golpe sentido, y al verse ya malherido, aquel indio furibundo lanzó un terrible alrido que retumbó como un ruido si se sacudiera el mundo.
620 Al fin de tanto lidiar, en el cuchillo lo alcé, en peso lo levanté aquel hijo del desierto; ensartado lo llevé, y allá recién lo largué cuando ya lo sentí muerto.
621 Me persiné dando gracias de haber salvado la vida; aquella pobre afligida, de rodillas en el suelo, alzó sus ojos al cielo sollozando dolorida.
622 Me hinqué también a su lado a dar gracias a mi Santo; en su dolor y quebranto ella, a la Madre de Dios, le pide en su triste llanto que nos ampare a los dos.