623 Se alzó con pausa de leona cuando acabó de implorar, y, sin dejar de llorar, envolvió en uno trapitos los pedazos de su hijito, que yo le ayudé a juntar.

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624 Dende ese punto era juerza abandonar el desierto, pues me hubieran descubierto, y aunque lo maté en pelea, de fijo que me lancean por vengar al indio muerto.

625 A la afligida cautiva mi caballo le ofrecí: era un pingo que adquirí, y, donde quiera que estaba, en cuanto yo lo silbaba venia a refregarse en mí.

626 Yo me lo senté al del pampa; era un escuro tapao (cuando me hallo bien montao de mis casillas me salgo), y era un pingo como galgo que sabía correr boliao.

627 Para correr en el campo no hallaba ningun tropiezo; los ejercitan en eso, y los ponen como luz, de dentrarle a un aveztruz y boliar bajo el pescuezo.

628 El pampa educa al caballo como pa un etrevero: como rayo es de ligero en cuando el indio lo toca, y como trompo en la boca da gueltas sobre un cuero.

629 Lo varea en la madrugada (jamas falta a este deber), luego lo enseña a correr entre fangos y guadales: asina esos animales es cuanto se puede ver.

630 En el caballo de un pampa no hay peligro de rodar, ¡jue pucha!, y pa disparar es pingo que no se cansa; con prolijidad lo amansa sin dejarlo corcoviar.

631 Pa quitarle las cosquillas con cuidao lo manosea; horas enteras emplea, y, por fin, sólo lo deja cuando agacha las orejas y ya el potro ni cocea.